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LÍBRANOS DEL MAL

   /  26/11/2009  /  Comentar

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La mentira trata siempre de presentar como bueno y deseable lo que es malo y destructivo para las personas. Una y otra vez caemos en el engaño. En vez de asumir el papel de criaturas obedientes a su Creador, aceptamos el viejo embuste de la serpiente que nos dice que somos como dioses, conocedores del bien y del mal.

Hemos llegado a negar la misma existencia de Dios, adjetivándola como hipótesis innecesaria. Hemos abolido la trascendencia, no hay nada más allá, solo queda gozar de la vida con una libertad sin fronteras.

Pero hemos de reconocer que el mal está presente en nuestro mundo y sigue utilizando la poderosa arma de la mentira para extraviarnos. Lo bueno y lo malo ya no lo decide Dios, ni la religión, ni siquiera nuestra conciencia. Lo deciden la patulea de “expertos” que han ido ocupando los organismos internacionales, los parlamentos de cada país, los medios formadores de opinión, los poderosos grupos de presión, logias, clubes, o como se llamen.

Nos dicen que la humanidad no es lo más valioso de la creación sino una especie de cáncer que le ha salido al planeta tierra. Para salvar a la tierra, la Pachamama, hay que reducir la población ¡como sea! Han encontrado medios. Han roto la conexión entre sexualidad y matrimonio, entre sexualidad y procreación. La sexualidad es solo un objeto de disfrute ilimitado. Un “nuevo derecho emergente”: gozar del placer sexual desde la misma infancia, sin limite ni responsabilidad. Hay que evitar la concepción de nuevas vidas pero si se producen ¡a eliminarlas!. Un nuevo derecho de la mujer: el derecho a abortar, a matar en su vientre cualquier vida. A esto llaman el derecho a la salud sexual y reproductiva.

Si alguien se opone se le moteja de ser de extrema derecha, carca, desfasado, o enemigo del progreso. Si alguien en nombre de su conciencia quiere hacer valer su objeción a todo esto, pues se le persigue, su nombre se incluye en la lista negra de quienes se encontrarán con toda clase de dificultades. La Iglesia que contra viento y marea denuncia la perversión de llamar bien al mal hay que hacerla enmudecer, reducirla al silencio, ¡prohibirle que toquen las campanas! Amenazarla con una ley que, para mayor escarnio, llaman de libertad religiosa.

La libertad que era nuestra gran conquista, la que nos posibilitaba la elección de nuestro propio camino, la de llegar a ser más persona mediante el estudio y el esfuerzo sostenido, se tacha de actitud insolidaria, pues hay que enseñar al nivel del más torpe. Si hay que sobresalir en algo, que sea en algún deporte. La gran “libertad” que nos ofrecen es para copular, para beber, para drogarse, (fumar debe ser cosa distinta), para vivir del cuento, sin hacer nada útil, a costa del subsidio o la subvención, y en último caso de la caridad. La libertad de iniciativa, de empresa, de innovación, está exhaustivamente regulada y habrá de ser administrativamente concedida.

Cuando ante todo esto defiendo mis convicciones con ardor, me encuentro que el mal que denuncio también me está corroyendo. Veo a los adversarios como enemigos y siento hacia ellos rabia, rencor, quizás odio. No estoy libre de la naturaleza corrosiva del mal.

Reflexionando sobre ello he recordado a Kipling que advertía a su hijo que para ser un hombre, hay que ser capaz de “no añadir más odio al odio que te tengan y a pesar de todo luchar y defenderse”. He recordado también a un olvidado Carlos María, que en la guerra civil pedía a su pelotón de soldados: “tirad, pero tirad sin odio”. He recordado las veces que he sufrido injusticias de otros y mi reacción de desearles a los causantes males y castigos.

Al rezar por la noche el Padre nuestro comprendí las dos últimas peticiones que hacemos a Dios los cristianos: que no nos deje caer en la tentación y nos libre del mal. Por nosotros mismos no somos capaces de resistir a las tentaciones de plegarnos a lo que aparenta ser verdad y es mentira, ni de librarnos de ese mal ubicuo que nos envuelve, que se nos presenta engañador, que convierte en enemigos a odiar a los adversarios y nos impide amarlos, a pesar del mandato de Jesús de amar a nuestros enemigos. La fuerza del mal nace del odio y la mentira y solo puede oponérseles la verdad y el amor pero ambas cosas hemos de recibirlas como dones de Dios si las buscamos con humildad.

Francisco Rodríguez Barragán

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