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PACTO EDUCATIVO

   /  02/01/2010  /  Comentar

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El Ministro de Educación dice que pretende llegar a un pacto educativo. Falta hace buscar caminos que mejoren el desastre en que nos movemos en esta materia, pero será insuficiente cambiar unos planes de estudios por otros si no se aborda de raíz el problema que comienza en la familia. 

Llevamos varias generaciones en las que se viene inculcando a los niños, desde la cuna, que tienen multitud de derechos y están exentos de cualquier obligación o esfuerzo. Se repite por muchos padres que, como quieren lo mejor para sus hijos, pues qué no les falte nada, que tengan todos los juguetes, aparatos y caprichos que se ofrecen a través de todos los medios, que hagan lo que les parezca y que a nadie se le ocurra castigarlos ni siquiera regañarles, que allí están ellos, los padres, dispuestos a defenderlos hasta partirse la cara con cualquier atrevido profesor o vecino que se atreva a censurarlos. Efectivamente los niños pueden tener de todo, menos educación. 

Si la educación era una tarea de la familias y los colegios en la misma dirección, ahora también, pero en una dirección equivocada. Sesudos, pero descerebrados expertos, han decidido que para facilitar la solidaridad y la igualdad todo se ponga al nivel del más inepto de la clase. Nadie tendrá que esforzarse demasiado, podrán pasar de curso sin aprobar todas las asignaturas, a nadie se le calificará con un cero. 

Con el engañoso nombre de educación para la ciudadanía, se trata de sustituir los valores de honestidad, esfuerzo, dominio de sí mismo, respeto y moralidad por la ideología de género, los derechos sin deberes, la libertad sin límites ni responsabilidad, fuera la religión. El único valor en alza es el disfrute del placer sexual lo más pronto posible y por si hay alguna resistencia en los educadores, que sean agentes sanitarios los que informen a los alumnos sobre salud sexual y reproductiva, es decir, el placer al alcance de la mano, ejercicio precoz de la actividad sexual, pero sin responsabilidad ni consecuencias. Promiscuidad alentada desde diversos ministerios. Lo único prohibido es el tabaco. El alcohol y el porro gozan de bula. 

Aunque toda Europa está sufriendo una aguda crisis de valores, España por desgracia se ha puesto a la cabeza del desastre. La crisis económica y financiera que nos azota puede dar al traste con nuestra sociedad que alegre y confiada ha estado viviendo mucho tiempo por encima de sus posibilidades, alardeando de progreso, de nuevas falsas libertades y de nuevos falsos derechos. 

Esta Navidad el Papa ha dicho que en las preocupaciones de los hombres de Occidente Dios ocupa uno de los últimos lugares. En el fondo mucha gente preferiría que Dios no existiese y por tanto a nadie tendríamos que dar cuenta de nuestros actos. Esa urgencia por borrar las huellas religiosas de la sociedad refleja el miedo de los gobernantes a que pueda serle discutida su sospechosa autoridad. 

Tuvo cierto éxito la frase que afirmaba que Europa se había edificado sobre la filosofía griega, el derecho romano y la tradición judeo-cristiana. No me gustó que el mensaje de salvación de Jesús para todos los hombres y todos los tiempos se redujera a una simple tradición paralela a los Diálogos de Platón o la recopilación del derecho de Justiniano. Dios es Aquel en quien vivimos, nos movemos y existimos, cuyo amor nos ha revelado Jesús, su Hijo, el que era, el que es y el que viene. Dios dueño del universo respeta la libertad de todos los hombres mientras viven, pueden amarlo o rechazarlo, pueden aceptar sus mandatos o inventarse otros nuevos. Pero la vida de cada hombre tiene un fin, la muerte inexorable y después si no hubiera nada, todo carecería de sentido, pero si hay premio o castigo en una vida sin fin, muchos lamentarán no haberlo tenido en cuenta. 

Educar para la nada en una frenética búsqueda de placer o educar para la virtud,  el amor y la eterna felicidad con Dios son los dos caminos que siempre han estado abiertos ante nosotros. No espero demasiado de otra reforma educativa impulsada por estos gobernantes, pero confío en que un número creciente de familias encuentren en el mensaje de Jesús la fuerza para educar a sus hijos y vivir su fe a contracorriente. 

Francisco Rodríguez Barragán 

 
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