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QUERER A QUIEN NO TE QUIERA

   /  24/03/2010  /  Comentar

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Querer a quien no te quiera

a eso se llama querer,

pues querer a quien te quiera

se llama corresponder

y eso, lo hace cualquiera. 

Escuché esta vieja copla hace unos días en un Festival de Flamenco y medité que, más allá de hablar de amores no correspondidos, lo que expresa tiene un claro paralelismo con las palabras de Jesús, que podemos leer en el Evangelio, cuando nos dice amad a  vuestros enemigos y rogad por los que os persiguen pues si amáis a quienes os aman o hacéis el bien a los que os lo hacen a vosotros ¿qué mérito tenéis? Eso lo hacen los pecadores, los publicanos, –¡eso lo hace cualquiera!– 

Pero ¿es posible amar a los enemigos, a los que nos persiguen, a los que nos combaten porque pensamos de forma diferente? Nuestros sentimientos nos llevan a sentir antipatía, aversión, incluso odio a nuestros enemigos por lo que hacen y aquí es necesario que distingamos entre las acciones que consideramos malas y quienes las ejecutan. Amar al enemigo no significa que aceptemos como bueno lo que hace, ni que cambiemos nuestra aversión en simpatía, ni que tengamos que sentir cariño, sino una decisión consciente por la cual queremos buscar su bien en la medida en que podamos. 

Amar al prójimo como a nosotros mismos significa que el bien que deseamos y buscamos  para nosotros, tenemos que desearlo y buscarlo para los demás, amigos o enemigos. El problema se plantea cuando lo que deseamos para nosotros no es nuestro propio bien, sino la satisfacción de nuestro egoísmo, de nuestra codicia, de nuestra vanidad o de nuestra soberbia. Todo esto no es el bien y nos enfrenta con los demás. 

Pero si entendemos que nuestro propio bien es el pleno desarrollo de todas las potencialidades que Alguien puso en nosotros, podemos desear y buscar lo mismo para los demás, incluidos nuestros enemigos. Lograr nuestro pleno desarrollo como personas exige dominar nuestra naturaleza, que tenderá a satisfacer los bajos instintos, en una lucha en la que a menudo resultaremos derrotados. Tomar conciencia de nuestras caídas, de nuestros errores, de nuestros pecados nos llevara a ser humildes y necesitados de perdón. Creernos buenos y perfectos es la mayor de las equivocaciones. 

¿Si nos descubrimos frágiles y pecadores, cómo condenamos a los demás? La oración del Padre nuestro incluye una petición de perdón, que estamos seguros de obtener en la misma medida que perdonemos a los demás. 

Por otro lado Jesús nos advierte de que no debemos juzgar a los demás. Pero ello no nos impide juzgar los hechos y rechazar los que consideremos malos. Nos resulta difícil condenar un hecho o una situación, sin condenar al mismo tiempo a sus causantes, pero eso es lo que se nos pide. Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen y estaban clavándolo en la cruz. 

Amar a los enemigos, sin juzgarlos ni condenarlos, no significa que dejemos de luchar por la verdad, el bien y la justicia, pero sin olvidar nunca nuestra íntima relación con ellos: todos pecadores, todos necesitados de perdón. 

Es difícil, no cabe duda, pero el amor de Dios, que es don y regalo, vendrá en nuestra ayuda si aceptamos las palabras de Jesús y lo seguimos. 

Francisco Rodríguez Barragán

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