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El despotismo democrático

   /  31/03/2010  /  Comentar

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No fue Nostradamus quien profetizó sobre nuestra situación actual en una cuarteta apócrifa que anda circulando por el correo electrónico, fue Alexis de Tocqueville quien, en 1840, anticipó la deriva de las democracias hacia el despotismo. Merece la pena leer su obra “La democracia en América II”  en cuya parte cuarta reflexiona sobre la influencia que ejercen las ideas y los sentimientos democráticos sobre la sociedad política.

Dice Tocqueville que las opiniones de los pueblos democráticos en materia de gobierno favorecen la concentración de poderes. El sentimiento igualitario hace que los individuos aparezcan cada vez más pequeños, más perdidos en la masa, y al mismo tiempo más inclinados a invocar a un poder único y providencial que intervenga y resuelva todos los problemas. Esto es lo que estamos viviendo. La soberanía del pueblo se reduce a que la masa de los individuos es llamada cada cierto tiempo a emitir un voto, pero esa misma masa espera que el gobierno lo resuelva todo: relaciones de trabajo, salarios, vivienda, sanidad, educación, industrialización, finanzas, justicia…

El Gobierno lo es todo, aunque se fraccione en un gobierno central y diecisiete gobiernos autonómicos, el poder total esta concentrado en cada uno de ellos a través de un intervencionismo creciente. Los ciudadanos son nada más que un voto, que cada vez utilizan menos. Entre gobierno y gobernados la distancia es inmensa. Los poderes intermedios desaparecen absorbidos o controlados por el poder.

También advirtió Tocqueville que en los estados democráticos aumenta el número de tribunales, pero el gobierno escapa de legitimar su poder con otro poder que le sirviera de contrapeso, escogiendo él mismo a los jueces. No hay duda de que acertó.

En la misma medida que crece el poder del gobierno los ciudadanos van siendo despojados de sus derechos. Sin ninguna revolución sangrienta, de forma paulatina, se va imponiendo el despotismo. El gobierno legitima sus acciones proclamando que lo hace en beneficio del pueblo, pero realmente actúa sin el pueblo. Pensemos que invocando la seguridad se intervienen conversaciones telefónicas, o hay que someterse a registros crecientes en los aeropuertos, o a ser filmados sin nuestro consentimiento. Invocando el derecho a la educación se priva a los padres de elegir la educación que desea para sus hijos mientras se imponen asignaturas adoctrinadoras, etc. El gobierno presume de extensión de derechos y de nuevos derechos, pero en realidad se recortan los derechos de los padres, de la familia, de las instituciones no dependientes del Estado.

El despotismo, escribió Tocqueville, me parece el mayor peligro que amenaza a  los tiempos democráticos, pues por encima de los ciudadanos se alza un poder inmenso y tutelar que vela por nuestra felicidad y nuestra suerte, pero que en lugar de preparar a las nuevas generaciones para la responsabilidad y la independencia, los fija irrevocablemente en la infancia; este poder quiere que los ciudadanos gocen, con tal de que no piensen en otra cosa que en gozar. Tocqueville quizás no imaginó las acciones de nuestro gobierno para difundir el hedonismo de una sexualidad promiscua e irresponsable y el reparto masivo de preservativos, pero acertó plenamente en su diagnóstico.

En esta tarea de hacer felices a los ciudadanos, añade Tocqueville, el poder quiere ser el único agente y juez exclusivo; provee a su seguridad, atiende a sus necesidades, pone al su alcance los placeres, conduce sus asuntos y se pregunta si no podría librarles por entero de la molestia de pensar y del derecho de pensar y del trabajo de vivir. ¿No es acaso todo ello lo que está ocurriendo aquí y ahora?

El camino de servidumbre hacia el despotismo está bien avanzado, pero los ciudadanos no parecen percatarse de que están siendo despojados de sus derechos fundamentales a cambio de que se le asegure la vida desde la cuna a la tumba. Cuando el llamado estado del bienestar hace aguas por la crisis, quizás es el momento de despertar para tomar cada cual la responsabilidad de su propia vida, rechazando la intromisión asfixiante del poder y sus designios de cambiar a su antojo nuestras vidas. El aviso de Tocqueville no debemos ignorarlo.

Francisco Rodríguez Barragán

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