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DE ENGAÑOS Y ENGAÑADORES

   /  07/05/2010  /  Comentar

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“Las grandes masas de gente caen más fácilmente víctimas de las grandes que de las pequeñas mentiras”

Adolph Hitler

Militar y político alemán de origen austriaco

 

La serpiente era el más astuto de todos los animales del campo que Yahveh Dios había hecho. Y dijo a la mujer: “¿Cómo es que Dios os ha dicho: No comáis de ninguno de los árboles del jardín?” Respondió la mujer a la serpiente: “Podemos comer del fruto de los árboles del jardín. Mas del fruto del árbol que está en medio del jardín, ha dicho Dios: No comáis de él, ni lo toquéis, so pena de muerte.” Replicó la serpiente a la mujer: “De ninguna manera moriréis. Es que Dios sabe muy bien que el día en que comiereis de él, se os abrirán los ojos y seréis como dioses, conocedores del bien y del mal.” Y como viese la mujer que el árbol era bueno para comer, apetecible a la vista y excelente para lograr sabiduría, tomó de su fruto y comió, y dio también a su marido, que igualmente comió. Entonces se les abrieron a ambos los ojos , y se dieron cuenta de que estaban desnudos; y cosiendo hojas de higuera se hicieron unos ceñidores. Oyeron luego el ruido de los pasos de Yahveh Dios que se paseaba por el jardín a la hora de la brisa, y el hombre y su mujer se ocultaron de la vista de Yahveh Dios por entre los árboles del jardín. Yahveh Dios llamó al hombre y le dijo: “¿Dónde estás?” Este contestó: “Te oí andar por el jardín y tuve miedo, porque estoy desnudo; por eso me escondí.” El replicó: “¿Quién te ha hecho ver que estabas desnudo? ¿Has comido acaso del árbol del que te prohibí comer?” Dijo el hombre: “La mujer que me diste por compañera me dio del árbol y comí.”

La Biblia. Génesis III, 1-12

Como claramente se puede apreciar por este pasaje de las sagradas escrituras, el pecado original del hombre se debió a la inocencia de nuestros padres dada la inexistencia del mal en el paraíso. Tan inocentes eran, que ignoraban que estaban desnudos y como consecuencia del espíritu puro que hasta entonces poseían, creyeron de buena fe las palabras de la sierpe, ignorando la gravedad que encerraba la violación del mandato divino.

Si analizamos el hecho con rigor, observaremos que esa violación, no fue una pretensión, propósito o intención que germinase en su interior de forma instintiva y voluntaria, sino que se originó como consecuencia de un argumento falso, aunque aparentemente verdadero, que les indujo a error o engaño: una mentira: La mentira de la serpiente. ¿Acaso no será ese el verdadero pecado original de la humanidad, el cual arrastraremos hasta final de los tiempos?

La disyuntiva de esta hipótesis podría ser merecedora de una profundización filosófica mucho más amplia que por el momento no es el objeto de este trabajo. Sin embargo, lo que sí nos revela de forma incuestionable este pasaje del Génesis, es que la mentira —el arte de jugar con la verdad— el empeño del mal, encuentra su razón de ser en la destrucción del bien y desde la noche de los tiempos, constituye el origen de todas las desventuras sobrevenidas posteriormente al género humano.

A partir de aquel momento bíblico —asimílese esta referencia a los orígenes antropológicos de la humanidad— las sociedades humanas serán ya propiamente políticas y bajo la institucionalización y generalización de la verdad como instrumento de relación entre los hombres, la mentira queda establecida, pudiendo ya impregnar con amplias texturas, todas los capas de la sociedad.

El comportamiento de la serpiente, pone de manifiesto lo que hoy se denomina como ‘inteligencia maquiavélica’, es decir: la aptitud para el engaño y el contraengaño, que a partir de ese momento, constituiría un poder capital en la transformación de la conducta del hombre al inducirle tanto a imaginar mundos irreales, como a representarse el mundo desde un punto de vista distinto al existente. Es un comportamiento nuevo destinado a derrotar un esquema previo de conducta, una situación establecida o una realidad histórica.

No obstante, la mentira como acto social, no puede prescindir de la aberración del que, creyéndose poseedor de la verdad, la ignora. La mentira tiene las patas cortas ante la verdad dominada por el otro, pero camina ligera en los vastos campos de la credulidad del engañado, mostrando vislumbres de un inexistente resplandor proyectado; sombras interpretadas a la luz de una imagen falsa y deformada de la verdad, pero que no es la verdad misma. Solo al poeta, le es lícito usar la farsa por su carácter flexible para hacer entender lo que él imagina mas allá de los hechos ciertos.

Este comportamiento de alteración artificiosa de la verdad, como hace el enredador ilusionista, de hecho tiene por objeto inducir a las mentes menos ilustradas de la sociedad, a dar por cierto un contradiseño destinado a transformar la situación existente. Tal conducta, concebida con el fin de engañar a los demás, al igual que el camaleón, precisa de un gran poder de adaptación a las circunstancias cambiantes, con el fin de desactivar una realidad palpable por una situación irreal y engañosa.

Conviene señalar que el engañador, no sólo se finge ante los demás, sino también ante sí mismo, un acontecimiento inexistente. Pero distingamos que el hecho de fingir ante uno mismo, es por completo distinto a la de engañarse a sí mismo. Manejar una hipótesis cualquiera significa fingir durante cierto tiempo la verdad de una declaración cuya certeza desconocemos o se nos antoja improbable; sólo que, a diferencia del autoengaño, en todo momento sabemos que estamos fingiendo.

La impostura es una actitud embaucadora y charlatana propia de tahúres, fulleros y tramposos que exige una sobreactuación, al tiempo que presenta una imagen ennoblecida de sí mismo. Paralelamente y en un orden inverso, precisa de la ocultación de aquellos aspectos íntimos que pudieran mostrar una imagen negativa, depreciada, incluso opuesta a la que se ostenta, hasta el punto de que si estos se descubriesen, la persona que así actúe, sería irremisiblemente condenada a la inaceptación. Por ello y como blindaje de autodefensa ante este posible riesgo, es harto frecuente comprobar, como la cara más oculta e innoble del impostor, este la atribuye impúdicamente a personas de su entorno, normalmente rivales, adversarias o competidoras del mismo.

En el guante de Doña Blanca, Lope de Vega dice: “Que no hay tan diestra mentira, que no se venga a saber”. Y lo peor es que las mentiras de estos pagados de sí mismos, con harta frecuencia no solamente no son diestras, sino que revelan una tosquedad, que si no fuera  por la gravedad de las consecuencias que pueden acarrear, moverían a una hilaridad delirante.

Pero no nos engañemos, porque más allá de toda consideración moral, aquellas personas que hacen de la mentira la base y sustento de su proceder, han de ser maquiavélicamente inteligentes en su puesta en escena. Quien miente ha de pensar más que quien dice la verdad, pues por fuerza debe afianzar la coherencia de sus argumentos, controlar sus emociones y prestar atención a sus propios movimientos para no delatar su verdadero pensamiento, ya que de no acertar en el elogio de sus maniobras y jugarretas sin que los demás se aperciban de su hipocresía, sus palabras y sus actos pueden causar un efecto contrario de rechazo y terminar siendo objeto de la rechifla y mofa de quienes les escuchen, con el consiguiente descrédito y deshonra de su persona, pues quien miente en una cosa, faltará a la verdad en todas.

Generalmente estas actuaciones las protagonizan aquellas personas que están obsesionadas en negar deliberadamente la verdad efectiva y hacen de la mentira su afán cotidiano con la intención de cambiar un determinado estado de opinión.

Desde que Odiseo concibió la estrategia engañosa que encerraba el caballo de Troya, con la que los crédulos troyanos introdujeron al enemigo dentro de sus murallas causando con ello su propia destrucción, durante tres milenios y hasta nuestros propios días, los astutos y malintencionados cabecillas de la sociedad, han venido aplicando con notorio éxito por cierto, el elogio de un meditado y fraudulento talante bondadoso —como medio de enmascarar los intereses propios— y de este modo conseguir engañar a los ingenuos faltos de reflexión. Es la eterna emboscada de la astucia hipócrita, frente a al cándido e inconsciente idealismo.

Aparentemente, estas artimañas nos pueden parecer tan burdas como inverosímil el hecho de que puedan dar resultado, pues ‘pensar lo que no es’ resulta tan irreal como ‘ver lo que no hay’. No obstante, no debemos perder de vista de que sobre base tan tosca, pueden construirse sin embargo verdaderas obras de arte que nos hagan ver el día, noche y lo blanco, negro. Los hombres astutos como Odiseo son engañadores, no por simplicidad o insensatez como a primera vista, cándidamente pudiésemos creer, sino sobre la base de su maligna inteligencia. En este punto, no nos debe caber la más mínima duda de que saben perfectamente lo que hacen, y por eso obran taimadamente en punto a veracidad.

Es frecuente escuchar como a estas personas que niegan la realidad palpable y de forma impúdica y desvergonzada la sustituyen por la más grotesca e increíble de las mentiras, se les califica de forma irreflexiva de locos, ignorantes, incapaces o ineptos. Pienso que esta una forma instintiva y precipitada de apreciación. Sobre este punto, no estaría demás recordar el diálogo entre Sócrates e Hipias, cuando éste último, ante la afirmación socrática de que el mentiroso es un hombre inteligente y superior, se rebela, indignado y pregunta: “¿Cómo es posible que los que cometen injusticia voluntariamente, los que maquinan asechanzas y hacen mal intencionadamente, sean mejores que los que no tienen esa intención?” “Sería horrible, Sócrates, que los que obran mal voluntariamente, fueran mejores que los que obran mal contra su voluntad”

Sócrates al confesar su indecisión sobre la cuestión planteada, no solo no resuelve el dilema, sino que lo ahonda.

El aspecto más turbador de este callejón sin salida es su conclusión lógica: admitir la superioridad de quien miente con ocultas y taimadas intenciones, sobre quien simplemente se equivoca.

El aparente contrasentido de la conclusión a la que llegan Hipias y Sócrates, radica en que tanto uno como otro, al aceptar el concepto de superioridad, no distinguieron entre la supremacía intelectual y la excelencia moral, hecho que tan decisivo resulta en el caso que nos ocupa.

Al obrar como lo hizo la serpiente del paraíso, se revela la superioridad inmoral de quien actúa mal a conciencia, a diferencia de quien actúa mal por ignorancia. Es ésta una conclusión certera, aunque de inaceptables consecuencias éticas y morales. Esta diferenciación, hemos de tenerla muy presente en el momento de analizar las palabras y los hechos de las personas que así obran, ya que seducir a los hombres que no poseen la capacidad suficiente de apreciar el intelecto, sea propio o ajeno, es una práctica corriente cuando la incultura consigue su exaltación gracias al apoyo de quienes gobiernan un país.

Hay una sentencia que dice que la rosa no florece en el pantano, lo que nos viene a indicar que la miseria, es el campo fértil en el que anida el mal. El mal, hijo poderoso del rencor, es la peor consecuencia de la propia incapacidad y del conocimiento de nuestra propia insolvencia, nace el miedo. De ahí que quienes causan el mal conscientemente, no lo hagan porque sean fuertes, sino por todo lo contrario. Es entonces  cuando para lograr los intereses bastardos perseguidos, sustituimos nuestra insuficiencia por la hipocresía y la falsedad, ocultándolas tras la máscara de la ingenuidad, que es la mayor de las maldades.

PD.- Cualquier semejanza o paralelismo que de las ideas expresadas en este artículo pueda establecerse con situaciones o personas conocidas, obedecerá a la exclusiva interpretación que el lector haga de las mismas.

César Valdeolmillos Alonso

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