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Atrapado ayer

   /  23/05/2010  /  3 Commentarios

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En el Teatro Cine Goya

Miren detenidamente el atril y observen cuidadosamente, verán algo que no estaba, aparece, asoma y sin percibirlo desaparece o queda escondido detrás del atril. Revisando las grabaciones ¡ahí estaba!, ¿efecto óptico?, ¿ilusión óptica?, ¿algo material o inmaterial?. (*)

(*) No hay ninguna manipulación, ni montaje en el video

La historia del “Teatro-Cine Goya” es muy amplia, en aquellos tiempos pasados que personalmente recorrí todos sus rincones, –desde los fosos, patio butacas, palcos, cuartos, tramoyas, cuarto de los focos, camerinos de arriba y de abajo, calderas, taquilla, sala de proyección hasta el tejado– puede decirse que he mamado el “Teatro-Cine Goya” y  el “Casablanca” desde dentro, pase una buena temporada en cada uno de sus diferentes puestos aprendiendo, fue en la sala de proyección o cabina, donde me quede en alguna que otra temporada larga en solitario –eran los tiempos que en Caspe, adolecía de operadores de cinematografía, siendo el contratado de Zaragoza con el que aprendí– .

Subir a la sala de proyección o cabina. 

Fue en aquellos años en que el gallinero o la general, no era usada por el público, subías a oscuras, a “palpón” alguna vez que otra, al recorrer el pasadizo de general, se sentía una presencia, ruidos y cierre de postigos con golpeteo de puerta, frío y una suave corriente en la nuca – un aliento de respiración-, yo me habitúe a dicha sensación con el tiempo.

Una vez abierta la puerta de abajo sin luz –acertando la cerradura-, subías cerrando alguna que otra ventana o contraventana, dabas al interruptor y al tajo, a montar la película para dejarla preparada para la proyección. Bajaba nuevamente y ya con luz, era cuando te dabas cuenta, que existía una gran carga de historias en aquellas estancias, y ya no eran las tenues corrientes de aire, eran las sombras, las luces que habitaban entre aquellos muros.

Me gustaba después de dar luces asomarme desde general y ver que todo estaba como lo había dejado al cierre del día anterior, –en una soledad absoluta– como al finalizar la última sesión era obligatorio quedarse un tiempo, tanto con luz como a oscuras, por seguridad –se fumaba, aún estando absolutamente prohibido-, para cerciorarse de alguna colilla mal apagada y poner a veces las ratoneras –estas eran como conejos, con muy malas pulgas y hasta a los gatos hacían frente-. Una vez encontré a un caspolino dormido plácidamente –desapercibido entre las butacas– y,  después de apagada la luz y cerrando,  entonces grito: ¡Que estoy, aquí! , ¡No cerrar!.

Reformado y todo acondicionado, su historia con sus presencias conviven aún en sus viejos muros.

Luis Ignacio Tapia Catalán

(*) No hay ninguna manipulación, ni montaje en el video

(*) Constatar que la vista es el sentido que más nos puede engañar

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3 Commentarios

  1. Alejo Loren Ros dice:

    EL FANTASMA DEL TEATRO GOYA

    Algo de lo que no dieron cuenta en su día los periódicos del mundo en febrero de 1994 fue el pánico, desconcierto, y posterior dispersión y éxodo, que produjo, entre sus fantasmas, el incendio del Teatro del Liceo de Barcelona. Huyeron asustados -viejos y achacosos la mayoría- en la dirección de los cuatro puntos cardinales.
    Uno de ellos, remontando el Ebro, dio en parar en Caspe. Con buen olfato percibió que había un viejo teatro cerrado en el que podría, al menos, pernoctar unos días. Así es como Ramonet Ulbión Torresaltas dio con sus huesos, mondos y ensabanados, en el teatro de la calle Lorenzo Pardo, y lo que parecía iba a ser estancia breve se convirtió, por causas azarosas, en estable.
    Viniendo como venía del Gran Liceo, las primeras noches todo fueron lloros, lamentos y añoranzas. Pero, cuando pensaba en lo destruida que había quedado su antigua lujosa morada, y en la humillante vida que allí llevaba, no podía por menos que alegrarse de haber encontrado otra, muy humilde, pero tranquila y solitaria.
    A los pocos días de estancia en Caspe, acomodado en el lúgubre y angosto foso del escenario, comprendió que no tenía sentido seguir buscando hogar sin rumbo, y que en el teatro que había encontrado podría ser “fantasma mayor”, sin tener que dar cuenta a nadie. Porque Ramonet era en Barcelona el más viejo espíritu del Liceo, pero no uno de los que habían adquirido con el tiempo mayor notoriedad. Los fantasmas de los teatros tienen también un escalafón, y a veces algunos quedan rezagados, sin que su noble prosapia les sirva para remontar la mala situación.
    Ramonet había sido en vida mortal hijo de un muy rico mercader en sedas del Rosellón, y desde adolescente sintió la llamada de las musas, por lo que se hizo juglar. Vestía calzas largas de algodón, camisas de seda de mangas acuchilladas, se tocaba con sombreros de plumas de faisán y calzaba borceguíes de blanca lana de cordero. Recorría castillos y palacios recitando poemas de amor y gestas gloriosas, tañendo una mandolina veneciana que le había regalado su tío Armengol, astrólogo real. Todo esto ocurría a finales del siglo XIV, cuando reinaron en Aragón Pedro, el Ceremonioso y su hijo Juan, el Cazador.
    Pero el pasado, pese a lo que podría pensarse, no es del gusto de los fantasmas. Su estado se debe a una falta irredenta, y la culpa pesa en el recuerdo. Condenados a vivir eternamente, el tiempo no tiene sentido para ellos, por lo que tienden a mezclar los acontecimientos y a no pensar en el devenir de la historia, de manera que cuando un fantasma cuenta algo es muy probable que confunda y mezcle fechas y lugares. Ramonet no se percató, hasta muy avanzada su estancia en Caspe, de que era el lugar en que se había escogido como Rey al sobrino de Martín, monarca ante el cual había continuado mostrando sus dotes de rapsoda, al igual que lo hiciera con su hermano Juan. El destino había querido que su espíritu errante encontrase acomodo donde había sido electo el que fue en vida su último Rey, don Fernando de Antequera.
    Ramonet había llegado al Liceo, precisamente, el día de su apertura, en 1847, espoleado por la curiosidad de que la obra con que se estrenaba el coliseo barcelonés se titulaba “Don Fernando de Antequera”, de un tal Ventura de la Vega. Fiel servidor en vida de los Reyes de Aragón y Condes de Barcelona se sintió obligado a hacer acto de presencia. Quedó tan fascinado por el lugar que decidió quedarse a vivir en él. Fue pues el primer “espíritu” que se acomodó en el Liceo. Hasta entonces Ramonet había vagado por viejos palacios del Barrio Gótico, sin encontrar en ninguno acomodo feliz.
    Pero dejemos éstas disquisiciones históricas, que ya dijimos no son precisamente apreciadas por los fantasmas.
    Nada más llegar Ramonet al desangelado teatro de Caspe, se durmió. Estaba tan cansado que ni siquiera le echó un vistazo. Se acurrucó bajo el escenario y comenzó a soñar. A media noche se levantó, adormilado, creyendo que estaba en el Gran Liceo, y se dirigió a tientas hacia el ‘foyer’, agradable saloncito donde solía pernoctar su amigo el fantasma Sietededos. En duermevela, como un sonámbulo, recorrió el patio de butacas, hasta que se dio contra una columna, al fondo de la sala. Las dimensiones del teatro que lo acogía por vez primera eran mucho menores de las que estaba acostumbrado, sus trazas también, por lo que el atolondrado y adormilado paseo terminó en un tremendo golpe, y así es como reparó en que su morada era otra de la habitual. Recordó entonces, de pronto, las llamas, el humo, las brasas y las cenizas. Volvió a ver las mangueras y extintores de los bomberos de la noche anterior, sintiendo de nuevo sus chorros húmedos y olores de químico perfume. Su corazón de marfil se puso a latir con el recuerdo. Apesadumbrado, lanzó un largo, hondo y sentido suspiro: ¡aaaaayyyyy! Pero nadie se asustó ni nadie le respondió. Aquel teatro estaba vacío. Vacío de humanos, vacío de fantasmas y vacío de actividad. De nuevo se sintió solo. Muy solo. Sus pensamientos vagaron por el pasado sin orden ni concierto. Recordó antiguos tiempos, cuando, siendo trovador, estaba enamorado de Rosalinda, hija de un acaudalado caballero Lusitano embajador ante la Corona Aragonesa, y llevaba una vida llena de lujo y felicidad, siempre al arrimo de los nobles.
    Se le ocurrió, de pronto, que estaba de nuevo en la mazmorra de sus últimos días. Lugar donde fue castigado por seducir con sus canciones a la dama del Conde don Froilán. Las lisas paredes de aquel teatro de pueblo se lo hicieron imaginar. Ni estucos, ni estofados, ni yeserías, ni barandillas, ni pinturas, ni terciopelos, ni telones. ¡Aquel era una calamidad de teatro! Los palcos no eran tales, sino unos departamentos laterales elevados llenos de sillas ‘tonet’, más propios de un corral de comedias que de un teatro italiano. El foso, atelarañado lugar con olor a bodega húmeda, le pareció horrible, acostumbrado al enorme y limpio del Liceo. El escenario, trapezoidal, de vieja tarima carcomida y que amparaba un telar desecho, pequeño y pobre. Tan solo un piano romántico que descubrió abandonado en un rincón, cubierto con una vieja cortina de terciopelo rojo, le hizo soñar al exquisito Ramonet en sus antiguos lujos.
    Más de una noche lo hizo sonar con extrema melancolía, porque Ramonet continuó durante mucho tiempo triste y alicaído.
    Meses más tarde de todo esto, un sábado a eso de las siete, escuchó ruidos en el vacío recinto; eran los encargados del teatro que lo habrían para una sesión de cine.
    ¡El cine!, ni se acordaba ya Ramonet de lo que eso era. Vagamente su memoria se avivó, y recordó cosas que fantasmas sin prosapia le venían contando desde finales de 1895. Le habían hablado de locales en los que en lugar de sopranos y tenores, de orquestas y figurantes, se proyectaban en un gran lienzo blanco sombras enormes que hablaban y se movían. Nunca los había creído. Decían aquellos insensatos que en lugar de una orquesta acompañaban a las sombras ora un piano solitario, ora un desamparado violín, ora un afónico explicador; o, más modernamente, una estruendosa mezcla de voces, músicas y ruidos que salían de una pequeña caja con bocina. Incomprensible hasta que lo vio en Caspe. Ese espectáculo fue para él una novedad. Se puede decir que Ramonet conoció el cine en Caspe, en 1985, ¡cien años después de haberse inventado!.
    Como desde que se convirtió en “fantasma de teatro” nunca se había movido de las salas con escenario, la pantalla, los altavoces y el proyector le eran desconocidos. Se asustó cuando un tropel de chiquillos inquietos penetraron en la sala; desconocía, también, al público del cine, tan diferente al de la ópera: algunos tomaban asiento, sin ningún cuidado, cuando ya se habían apagado las luces; y comprobó cómo, sin ningún remilgo comían y mascaban cosas extrañas, mientras sus caras se iluminaban con intermitencia por una luz que, en forma de chorro, fluía desde lo alto. Le llamó la atención el intermedio, en el que unas proyecciones fijas estimulaban visitar algo llamado “ambigú”. Echó en falta los trajes de noche, las joyas, las pieles y los trajes de etiqueta. Es decir, la atildada y exquisita fauna que tiene abono en los teatros de Opera del mundo.
    Después de aquella inquietante experiencia, recorriendo con más detenimiento las vacías estancias del teatro, se enteró por una cartelera de que el lugar se llamaba ‘Teatro Cine Goya’. Le gustó el nombre, y es que Ramonet era un fervoroso admirador de aquel afamado pintor.
    Los fantasmas -sobre los que existe un gran desconocimiento y confusión- tienen vida social y cultural y Ramonet -en Barcelona- no perdía el tiempo en asustar turistas, empresarios, espectadores, divas o músicos de frac, si no en visitar exposiciones, museos y bibliotecas. Las horas que eligen estos seres espirituales para tales actividades son las de la madrugada, cuando aquellos establecimientos están cerrados y sus vigilantes descansan, confiados en las modernas medidas electrónicas de seguridad, en la plácida tranquilidad de la noche.
    Durante sus primeros meses de estancia en Caspe Ramonet se limitó a contemplar las carteleras que adornaban el vestíbulo y algún pasillo. No se atrevió a salir de su reducto. Tenía miedo a que un encuentro prematuro con mortales frustrara su lograda tranquilidad. Recorriendo la platea accedió a sus bajos y a la falsa del tejado, y allí surgió la sorpresa que le deparó el teatro Goya: descubrir unas criaturas llamadas Ulos, pequeños espíritus de la familia de las Hadas y los Elfos que suelen ser muy divertidos y dicharacheros.
    Los Ulos del teatro de Caspe tenían su origen en acontecimientos que habían tenido lugar entre sus paredes. Los más viejos e interesantes procedían de los años veinte, eran Ulos particularmente alegres, cultos y optimistas, pues bailaban charlestón, sabían de vanguardias artísticas, y todavía pensaban que el mundo tenía remedio. Así, con el descubrimiento de esas criaturas tan afines con los fantasmas, Ramonet salió de su aislamiento forzoso y estableció de nuevo vida social de fantasma. Y aquí si que era el principal, el de más categoría, el ‘Fantasma Mayor’.
    Había un Ulo femenino, pizpireto y presumido, que había tomado la figura de una tal Conchita, de proverbial belleza, muchacha proclamada en ese escenario Reina de unos Juegos Florales en 1930. A Ramonet, juglar medieval, contar con una reina, además hermosa, le suponía gran satisfacción; y se hizo su fiel servidor.
    Conoció pronto al hablador Torrente, el Ulo de un autonomista aragonés de 1936, que también le resultó muy grato. Como ambos habían vivido en Barcelona podían entenderse en catalán y recordar la bella ciudad mediterránea; quiérase o no, la nostalgia acudía muchas noches en su compañía.
    En aquellos momentos de “saudade” y melancolía es cuando le gustaba a Ramonet hablar también con Acheache, el Ulo más joven del “Teatro Goya”; Ulo emanado del que fuera su empresario don Hermógenes Herrero, un zaragozano cabal dedicado a regentar cines y teatros, que poseyó el Goya durante más de quince años. Joven al fin, Acheache atemperaba la tristeza de Ramonet contándole chistes de La Codorniz.
    Pero el Ulo más divertido -y antiguo- era sin duda el Ulo Campanales, transfiguración del propio creador de ese teatro. Era un Ulo dicharachero y alegre, amigo de la buena vida, soñador y fantasioso. Y todo eso a un fantasma tan tímido y antiguo como Ramonet, le fascinaba.
    El Ulo Campanales siempre andaba de juerga y buen humor. Amigo de invitar, se gastaba una fortuna con sus compañeros, y Ramonet pronto pasó a formar parte de ellos; más bien llegó a desplazarlos en su favor. Consciente el fatuo Campanales de la importancia de Ramonet no dejaba de repetir a todo el que le quería escuchar: “Por fin mi teatro tiene un fantasma, y de categoría, como se merece”. A su vez le sorprendía al espíritu catalán el ingenio del Ulo caspolino; así cuando, tras la proyección de una película americana llamada “Casper”, le hizo notar el anagrama que resultaba de su inicial y el nombre de Caspe. Desde entonces a Ramonet le divertía ser el ‘Casper de Caspe.
    Por todas estas razones, y otras que sería prolijo enumerar y que no vienen a cuento, a Ramonet le acabó gustando mucho el “Teatro Goya” de Caspe, y era feliz entre su fauna secreta y oculta de Ulos variopintos.
    Pasado más un año desde su instalación, asistió a un nuevo cierre del teatro, y a su compra posterior por el Consistorio. Se quedó así, un mal día, sin la presencia de aquel público chillón, comedor de pipas y masticador de chicles, al que ya había comenzado a comprender… y a asustar con pequeñas bromas y rechuflas.
    Durante ese periodo los Ulos, ejerciendo esta vez de malévolos, le hablaron de un teatro que estaban reformando en la vecina Alcañiz. Una noche, después de su ronda diaria por el foso, la sala y la platea, tomó Ramonet rumbo a esa ciudad. Visitó su teatro, y tentado estuvo de quedarse en él. Su estilo le recordaba vagamente su añorado Liceo, con sus palcos, su techo con lamparas, sus planteas y su planta en herradura.
    Regresó a Caspe cabizbajo, pensativo, rumiando qué hacer. Por primera vez en tres años le entraron dudas. Esa noche ni siquiera fue a visitar a los Ulos amigos. Y así, caviloso, paso varios meses, pues los fantasmas, que son muy conservadores, raramente precipitan sus decisiones. Le dió tiempo a enterarse de que aquel al que llamaba ya ‘su teatro’ iba a ser modificado. Después de meditarlo como tan solo los fantasmas saben hacerlo, decidió con firmeza quedarse en el teatro de Caspe. Pensó que en uno de hechuras modernas rejuvenecería su achacoso y vetusto espíritu, cansado ya de empalagoso teatro italiano. Se dio cuenta, además, de que, acostumbrado durante muchos lustros al Liceo, la estrechura del de Alcañiz, pese a su encanto romántico, le produciría claustrofobia.
    Comenzaron las obras, y a Ramonet le vinieron nuevos temores. ¿Tendría que marchar forzado por las circunstancias ahora que ya había decidido quedarse en Caspe? Se asustó de nuevo. Fue un largo año de tragar polvo, de no tener lugar fijo dónde descansar, y de esconderse en rincones inusitados, pues nada dejaban de hurgar, cambiar o derruir los albañiles, electricistas y fontaneros que con diligencia se movían por la sala y aledaños.
    Se alegró, sin embargo, cuando vio que le agrandaban el foso, ponían escaleras metálicas al escenario para subir al nuevo telar, ampliaban los camerinos, creaban espacios, embellecían todo dentro de una sobriedad nada remilgada. En fin, dejaban un teatro moderno, sencillo y en condiciones: para los actores, para el público y para los fantasmas.
    Se alegró definitivamente, visto el resultado, de haber llegado a Caspe aquel frío día de febrero de 1984; donde, sin saberlo, iba a ser rey y señor de un nuevo teatro, en el que, además, el arquitecto, seguramente sin pretenderlo, le había creado un lugar perfecto en lo alto de la fachada rosa, con un gran mirador circular, justo al lado de sus queridos Ulos, inaccesible a casi todos, pero desde donde se puede escudriñar la ciudad, salir a los tejados y permanecer tranquilo. Cosas todas, la curiosidad, el pasear por los tejados y la tranquilidad, que aman los fantasmas.
    Ramón Ulbión alterna ahora, pues, el foso limpio y agrandado del escenario con el alto mirador de la fachada, y se ha hecho amigo de las cigüeñas de la vecina torre del Convento de Santo Domingo, con las que cada primavera habla en su idioma común. Y esas cigüeñas llevan por el mundo la buena nueva de que Ramonet, el noble y antiguo fantasma venido a menos del Liceo de Barcelona, es ahora el “fantasma oficial” del Teatro Municipal de Caspe. Tal es así que acaba de renunciar, oficialmente, a volver al Liceo, ahora que ya está reconstruido y otros fantasmas han regresado contentos.
    Ramonet –ahora le llaman “Ramoné”- es feliz en Caspe, pues ciertamente ha rejuvenecido al tiempo que su teatro; y lo pasa bien con los Ulos, las cigüeñas y el recuerdo de esos reyes a los que sirvió en vida y con los que su nueva Ciudad de adopción tuvo históricos lazos.
    Pero cuida, incauto visitante del “Teatro Goya”, sábete que un antiguo y astuto fantasma habita en él, y que los fantasmas son amigos de bromas y chirigotas. Cuídate sobre todo, visitante gentil, de cabrearlo. Si, en cambio, te haces su amigo, te será fiel y te ayudará de esa forma especial como solo saben ayudar los fantasmas.

    Caspe, marzo de 1999.

    Alejo Rafael Lorén Ros

  2. Marieta dice:

    buenas tardes

    se piensa colgar el video de la entrega de premios de asadicc?

    gracias

    • elguadalope dice:

      Marieta, no creas que nos hemos olvidado de la entrega de premios, todo lo contrario, como has podido observar. Esta ultima quincena de mes, ha sido superior en contenidos y la información ha superado otros tiempos, las citas han sido abrumadoras y constantes.

      Accidentes ocurren todos los días, ajenos a nuestra voluntad, más en los soportes digitales, -por eso grabamos en varios soportes-, pero aún con esas, después de encarpetar, cortar, visionar y oir varias veces, salvaguardar el trabajo, etc,; puede que con un simple error con el ratón o sufrir una simple perdida de contenidos en un disco externo de 300 Gbytes , puede dar al traste, varios días con sus noches de trabajo y el consiguiente retraso posterior en nuestros contenidos e información. Somos humanos y erramos.

      La recuperación ha sido muy lenta como manual, y no todo ha podido ser recuperado. No por ello queremos dejar de asumir nuestra responsabilidad y os pedimos disculpas, pero que entiendas que el disgusto es mutuo.

      Te hemos contestado con anterioridad por correo, pero parece ser que no es valido, cosa que nos parece inadecuada.

      Gracias de todos modos por tu interés y preocupación.

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