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EL MUNDO Y LOS CRISTIANOS

   /  12/06/2010  /  Comentar

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Todos los regímenes políticos tienden a ampliar su poder sobre los ciudadanos a través de un imparable intervencionismo, que en realidad es puro despotismo, aunque se guarden las formas democráticas. En nuestro caso se ha llegado a forzar el espíritu y la letra de la Constitución, vulnerando principios,  derechos y libertades, buscando cambiar de arriba abajo la sociedad, embruteciendo a las nuevas generaciones con la adición al sexo, desde la infancia, para hacerla más manipulable, más dependiente del Estado, en un camino que califican de avance progresista pero que lleva a la servidumbre.

Frente a esta funesta deriva, la Iglesia continúa repitiendo el mensaje de Jesús que no se aviene al espíritu del mundo. Él dijo que quien quiera ser el primero sea el último, el servidor de todos, que sólo la verdad nos puede hacer libres, que amemos a los demás hasta dar la vida por ellos, que para seguirlo cada uno ha de tomar su cruz, llamó dichosos a los pobres, a los perseguidos, a los que buscan la paz, a los que tienen hambre de justicia, a los limpios de corazón. También advirtió a sus seguidores que serían perseguidos por el mundo porque entre el mundo y ellos no puede haber ninguna componenda. 

No hay ninguna duda de que los cristianos, aquí y ahora, estamos siendo acosados y perseguidos, aunque la persecución sea solapada y sibilina, pasito a pasito, sin tregua ni pausa. Quieren sacarnos de la vida pública a base de ridiculizarnos, de atacar a la Iglesia, de eliminar nuestros símbolos o rebajarlos a mero folclore costumbrista. 

En esta situación hay cristianos que quisieran llegar a algún tipo de acuerdo o transacción con el mundo, otros acusan a la propia Iglesia de tener la culpa por no haberse modernizado, de no ser progresista, y reclaman cambios y reformas para conseguir un mayor reconocimiento por parte de los poderes del mundo. Todo esto te daré si me adoras, dijo el demonio a Jesús. 

Es la gran tentación: querer manipular el mensaje de Jesús, adobarlo con las doctrinas que en cada momento parecen triunfantes en el mundo, ya sea la gnosis de los primeros siglos o el marxismo de los últimos. Durarán más o menos pero todos pasan mientras el evangelio permanece. Pero no se puede leer y entender el mensaje redentor de Jesús desde ninguna filosofía ni doctrina humana, sino más bien es su mensaje el que ilumina todo el acontecer del mundo, la luz que las tinieblas no quisieron recibir y que la Iglesia anuncia desde hace dos milenios. 

En la segunda carta de San Pablo a Timoteo le dice que vendrá un tiempo en que la gente no soportará la doctrina sana, sino que, para halagarse el oído, se rodearán de maestros a la medida de sus deseos y, apartando el oído de la verdad se volverán a sus fábulas. Las fábulas de hoy son el progreso, la reducción de la natalidad para salvar el planeta, la alianza de civilizaciones, el culto a la madre tierra, el gobierno mundial y tantas otras. Los maestros a medida son los que oscurecen el mensaje de Jesús, proponiéndonos ideas mundanas en lugar del supremo ideal: sed santos como Dios es santo. En esta misma carta también se nos dice que todo el que se proponga vivir piadosamente en Cristo Jesús será perseguido. 

Esto de ser perseguidos y ninguneados por el mundo quizás desanime a muchos de seguir a Cristo, pero hay que optar entre Dios que nos ama, que quiere que amemos a los demás, que vivamos de forma honesta y virtuosa y nos ofrece una vida bienaventurada más allá de la muerte, o el mundo que nos incita al egoísmo del tener,  a vivir y gozar del placer sin limitaciones,  pero  que no tiene respuesta alguna para el dolor, el sufrimiento y la muerte. 

Vivimos tiempos recios, tiempos de dificultades y luchas, pero los que nos sentimos cristianos, aunque estemos atribulados no estamos aplastados, perplejos, pero no desesperados, perseguidos, pero no abandonados. Si seguimos a Jesús se manifestará en nosotros su muerte, pero también su vida y su resurrección gloriosa. Vamos a seguir proclamando la Palabra, vamos a insistir a tiempo y destiempo, vamos a exhortar y reprochar, con paciencia y con el deseo de instruir en la Verdad, en la Iglesia y con la Iglesia. 

Francisco Rodríguez Barragán

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