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TEATRO DE MARIONETAS

   /  20/07/2010  /  Comentar

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Pasé buena parte del día viendo el debate sobre el estado de la nación con un creciente desencanto. Hablaban y hablaban de economía, de responsabilidad y de arrimar el hombro a no sé qué tarea que nadie explicaba. Otro habló del famoso estatuto dándose gran importancia.

Nadie habló de honestidad ni de decencia. La crisis que padecemos era algo así como una catástrofe que otros habían provocado, sin culpa alguna de los que nos gobiernan.

No me sentía representado por nadie de los que ocupaban el hemiciclo, cuya única misión era la de aplaudir a su líder o incordiar cuando tomaba la palabra algún contrario. Acerca del estado de la nación sólo escuché lo que ya sabemos de sobra, que estamos mal, que estamos endeudados, que hay millones de personas sin trabajo. Pero soluciones, objetivos, empuje, esperanza, nada de nada.

Se pidieron elecciones anticipadas, aunque, si es con la misma ley electoral, lo más seguro es que partidos minoritarios trapicheen con sus votos para otorgar inestables mayorías sobre las que decidir, no solo sobre la administración del país, sino sobre el bien y el mal, ¡nada menos! Volveremos a votar unas listas cerradas y bloqueadas, elaboradas por las cúpulas de cada partido, cuyos nombres olvidaremos de inmediato, si alguna vez los supimos.

Como me aburría tristemente con el espectáculo del Congreso, vino a mi imaginación el teatro de guiñol, el teatro de marionetas, al que acudía de niño, que se instalaba en la plaza en las ferias de cada año, en el que unos personajes de trapo, manejados por manos ocultas, se peleaban y atizaban escobazos, mientras la chiquillería aplaudía y gritaba.

Los personajes que iban subiendo a la tribuna del Congreso eran aquellas previsibles marionetas, aquellos títeres de cachiporra y los diputados que ocupaban los asientos, que aplaudían por turnos, el público infantil de aquellas sesiones. También los que prestan su voz y movimiento a los muñecos siguen ocultos para nosotros, aunque sepamos que existen, manipulan y manejan el espectáculo.

Esta sesión sobre el estado de la Nación, más que un acto democrático, me resultó un aburrido teatro de guiñol. El anuncio del protagonista de que seguirá al frente del cotarro otros dos años más –quizás prorrogables por otros cuatro- “cueste lo que me cueste” no es esperanzador para quienes en verdad nos cuesta y padecemos el mal gobierno.

El otro protagonista tampoco me entusiasmó. No hizo referencia alguna a los valores que quiero ver reflejados en la política, sólo habló de economía y de poder y, según dicen, preguntó a su tramoyista si hablaba o callaba sobre el Estatuto de Cataluña.

Francisco Rodríguez Barragán

 

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