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Sentirse bien

   /  21/07/2010  /  Comentar

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Hace bastantes años, cuando era joven, si se hablaba de voluntarios nos referíamos a los mozos que comenzaban el servicio militar antes de ser llamados a filas por su edad. La palabra voluntario para designar a quienes colaboran de forma altruista con cualquier organización benéfica, asistencial, ecológica o ciudadana, vino mucho después.

Atender a los pobres, los ancianos, los enfermos, los huérfanos o los leprosos era tarea de las parroquias, de instituciones religiosas o de beneficencia, en las que podían colaborar los particulares con aportaciones económicas. También colaboraban mujeres, señoras se decía, en los roperos parroquiales y algunos hombres en las conferencias de San Vicente, que fundó Federico Ozanan, para visitar y ayudar a los pobres.

Quizás la llamada a la colaboración más importante se produjo cuando la Iglesia Católica organizó Cáritas como una red asistencial  más amplia, pero sus colaboradores no se comenzaron a llamar voluntarios hasta mucho más tarde, cuando fueron apareciendo nuevas asociaciones y organizaciones, no vinculadas a la Iglesia, que buscaban sus recursos humanos en el compromiso social o ciudadano no específicamente religioso.

El deber de caridad, de amor al prójimo, lo concretaba la Iglesia en las obras de misericordia, de las que poco se habla y casi nadie recuerda. De cualquier forma, si a los pobres, los marginados, los excluidos, se les hace llegar una ayuda solidaria, estupendo, la Iglesia no ha pretendido nunca la exclusividad de las tareas asistenciales, aunque habrá que reconocer que siempre fue pionera en detectar las nuevas necesidades que iban apareciendo.

El estado providencia, el estado del bienestar, no ha conseguido extirpar de la sociedad zonas más o menos amplias de pobreza, de exclusión, de marginación, que demandan atención y solidaridad.

Aunque hay voluntarios de todas las edades, quizás el sector más numeroso es el de los mayores, que una vez jubilados y con una amplia esperanza de vida, han decidido colaborar de forma altruista con toda clase de asociaciones y organizaciones surgidas con finalidad social.

El voluntariado ha llegado a tener tal importancia, que ha obligado a los poderes públicos a legislar sobre ello. Se ha establecido legalmente el concepto de voluntario basado en la absoluta gratuidad de su colaboración y obligado a las entidades en cuyo seno trabajan a cubrir seguros de accidentes y responsabilidad civil, pero ha establecido que, en ningún caso, el voluntario pueda sustituir al profesional.

Quizás pueda parecer contradictorio el crecimiento del voluntariado en una sociedad individualista y consumista que reclama constantemente derechos y muestra su renuencia hacia la imposición de deberes. Lipovetsky, un autor que ha estudiado el fenómeno, dice que aparentemente el voluntariado se inscribe a contracorriente de los valores dominantes de nuestro tiempo, pues aunque los voluntarios declaren actuar en nombre de grandes ideales humanistas, más allá hay la necesidad de sustituir las redes sociales que se han ido disolviendo y aislando a los individuos, por otras formas de participación e integración donde encontrar al otro, sentirse reconocido, emplear el tiempo libre y llenar un vacío.

Por tanto el voluntariado puede ser una forma de confort personal, de sentirse bien porque está haciendo gratis algo valioso y sobre todo porque los deberes que pueda implicar han sido asumidos voluntariamente, en un compromiso débil que puede abandonarse en cualquier momento.

Para aquellos voluntarios que se consideran cristianos, les propongo una serena reflexión sobre su acción voluntaria para determinar si nace de la caridad que obliga sin rebajas ni subterfugios a amar al prójimo como Dios nos ama, si nace de una filantropía laica, sin duda humanamente valiosa pero no sobrenatural, o si nace tan sólo del deseo de sentirse bien, lo mismo que se puede uno sentirse bien haciendo deporte.

Francisco Rodríguez Barragán

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