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LA VIRGEN

   /  19/09/2010  /  Comentar

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Como todos los años se ha celebrado la ofrenda floral a la Virgen, con una asistencia masiva de granadinos que durante toda la tarde y parte de la noche han formado largas colas para dejar su ramo de flores.

Según las encuestas más de las tres cuartas partes de los españoles se declaran católicos, aunque no son más allá del quince por ciento los que participan en la eucaristía de cada domingo. Son los que se dicen creyentes pero no practicantes. No obstante, el porcentaje aumentaría muchísimo si le preguntaran los encuestadores acerca de su devoción a la Virgen. Alguien dijo que muchos españoles quizás no crean en Dios, pero creen en la Madre de Dios.

A pesar de la indiferencia y el relativismo religioso presente en nuestra sociedad, la Virgen sigue siendo un referente emocional para mucha gente, el rescoldo de una fe que se resiste a desaparecer de nuestro horizonte.

Pero la palabra: virgen, no es sólo el hermoso título de María, la Madre de Jesús, también es un sustantivo común referido a las personas que se abstienen de las relaciones sexuales, bien de forma permanente o hasta el matrimonio. En este sentido es una de las palabras excluidas, proscritas, ridiculizadas en nuestra sociedad.

El control de nuestra sexualidad, uno de nuestros más poderosos instintos, exige la educación en el dominio de sí mismo, que choca fuertemente no ya con un ambiente permisivo, sino con una campaña de permanente incitación a la práctica sexual desde la misma infancia, dirigida desde los poderes públicos.

Ser virgen no es sólo conservar un himen intacto, lo que haría referencia exclusiva a las mujeres, también son vírgenes los varones que conservan su cuerpo íntegro para entregarlo “de estreno” a su esposa.

Quien se atreve a hablar de virginidad o de castidad es mirado como un bicho raro, una antigualla, un retrógrado o un facha. Ahora los y las adolescentes que no comienzan a tener una sexualidad activa se consideran desgraciados y se burlan de ellos.

El amor como fuerza, como energía, como decisión libre y responsable de buscar el bien de quien se ama, no se entiende. Hacer el amor no es más que simple cópula ocasional, en el que cada uno utiliza al otro como simple objeto de placer, recambiable, sustituible.

Recuperar el respeto al propio cuerpo y al ajeno como algo sagrado, algo que nos ha sido dado para elevarlo a la mayor categoría humana posible, es imprescindible para salir del ambiente hipersexualizado que nos rodea.

Tomar la decisión de ser vírgenes toda la vida, para mejor servir a Dios y al prójimo, o conservarse virgen hasta el matrimonio, para vivir el auténtico amor en plenitud, no son antiguallas, son valores que no podemos destruir impunemente.

Que nuestra relación con la Virgen, la Madre de Jesús, que sigue viva en mucha gente nos lleve a recuperar el valor de la virginidad como componente esencial en nuestras vidas.

Francisco Rodríguez Barragán

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