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HA CAMBIADO NUESTRA SOCIEDAD

   /  29/10/2010  /  Comentar

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El boletín monográfico nº 8 del Instituto de Política Familiar presenta los preocupantes datos acerca del divorcio en la Unión Europea, en la que durante el año 2008 se produjeron más de un millón de divorcios, es decir un divorcio cada 31 segundos. A lo largo del decenio 1998-2008 han sido diez millones y medio de rupturas, que han afectado a catorce millones y medio de hijos.

Los divorcios se producen respecto a las parejas casadas, por lo que es de suponer que las parejas que conviven sin casarse y se separan, no contarán como divorcios, pero en cualquier caso las rupturas de pareja siguen aumentado. Tanto los matrimonios como las uniones “sin papeles” son cada vez más frágiles.

Estas uniones “sin papeles” han provocado el descenso de la tasa de nupcialidad en Europa que ha sido constante, pasando desde 6,75 en 1980 a 4,87 en 2007, a pesar del aumento de población. En el año 2008 se celebraron 725.000 matrimonios menos que en el 1980.

Por cada dos matrimonios que se producen en Europa se rompe ahora uno, mientras que en el 1980 era uno de cada cinco. Ahora en España por cada tres matrimonios se rompen dos, siendo el país que más ha colaborado en el incremento del divorcio en la UE,  pues la evolución de las rupturas desde 1980 a 2008 ha llegado nada menos que al 1060%. Podrá decirse que se computan años anteriores  a la Ley del divorcio, pero si tomamos los datos de 1998-2008, puede observarse un crecimiento de 73.964 divorcios, lo que representa el 205,05% de aumento en el periodo, el mayor de todos los países de la UE.

Esta fragilidad conyugal y familiar se está aceptando resignadamente en unos casos y en otros con toda naturalidad, estimándola incluso como liberación de antiguas servidumbres.

Se pinta a la familia tradicional como una situación odiosa, en la que la mujer estaba sometida al marido y todas las instituciones civiles y religiosas estaban confabuladas para mantenerla en servidumbre, pero esta situación ha sido abolida al incorporarse masivamente la mujer al trabajo, (lo cual no ha dejado de favorecer al sistema capitalista al duplicarle la mano de obra disponible). Es curioso que los marxistas que tanto insistieron en que el trabajo asalariado era una forma de alienación, vean en el trabajo, también asalariado, de la mujer una forma de liberación progresista.

Recuerdo en un número especial de la vieja revista Triunfo, el artículo de una señalada feminista que reclamaba el divorcio, pero también decía que era necesario acabar con el matrimonio. Vistos los datos anteriores parece que lo están consiguiendo.

En la familia tradicional el marido, muchas veces pluriempleado, era el encargado de aportar los medios económicos, en tanto la esposa se dedicaba a la educación de los hijos y las tareas domésticas, que implicaban muchos esfuerzos económicos y de ahorro. Con todos los problemas que plantea la convivencia, normalmente la pareja permanecía unida de por vida.

Desde que se inició la época de la abundancia,  la incitación a un consumo creciente de bienes y servicios, incluida la vivienda propia, hizo imprescindible el trabajo de la mujer. El capitalismo consiguió con ello aumentar la “demanda global”, aunque todo esto esté en cuestión con la crisis que padecemos. La familia tradicional se ha evaporado y ha sido sustituida por otras formas de convivencia: emparejamientos sucesivos, hijos de variadas procedencias, familias monoparentales, etc.

Este cambio de modelo social se nos ha ido imponiendo como la llegada a un creciente y asegurado bienestar, libres para casarnos y descasarnos, libres para el placer sin responsabilidad, libres para tener hijos o abortarlos, libres para optar por ser hombres o mujeres, libres para votar a un partido u otro, etc. nos ha dejado huérfanos de valores que no hemos sabido defender.

¿Estamos aún a tiempo de ponernos manos a la obra y recuperar, no la familia tradicional, sino el dominio de sí, el esfuerzo como tarea, la fidelidad a la palabra dada, la responsabilidad, el servicio, la libertad de pensar por nosotros mismos, la educación de nuestros hijos, la esperanza en algo que nos trasciende? ¿Los movimientos que se llaman familiaristas están haciendo algo?

Francisco Rodríguez Barragán

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