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Propósitos de paz

   /  18/12/2010  /  Comentar

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Como cada año la Navidad llega envuelta en un mensaje de paz, aunque la realidad que nos rodea no resulte en modo alguno  pacífica. Cada noticiario de televisión nos presenta, mientras comemos, violencias lejanas y cercanas, conflictos, crímenes, atentados o persecuciones.

Pero la violencia no está solo en esos acontecimientos  que nos muestran y relatan desde el televisor, está también en germen en cada uno de nosotros cada vez que sentimos un espontáneo sentimiento de ira, de enfado, de enojo, cuando nos llevan la contraria, cuando nos ponen límites, cuando creemos que no nos atienden debidamente, cuando otro conductor nos adelanta, cuando nos sentimos presionados, engañados, mal mirados por el jefe, los compañeros, los vecinos, no digamos cuando perdemos el trabajo, peligra nuestra pensión, se viene abajo el negocio, la convivencia familiar se hace difícil.

Estos sentimientos, que afloran incontenibles en nosotros, necesitan ser gestionados adecuadamente por nuestra razón y nuestra voluntad para dominarlos y evitar que nos dominen. Aunque nuestras iras no lleguen a actualizarse en acciones violentas, pueden ir dejando en nosotros un poso de amargura, de resentimiento, de rencor, que cualquier día puede estallar.

Tenemos una delicada sensibilidad para detectar las acciones que nos lastiman, que seguramente no es la misma que tenemos cuando lastimamos a los demás. Se nos hace difícil olvidar las ofensas y agravios, reales o supuestos, que recibimos, pero rara vez recordamos los que hicimos al prójimo.

Nuestros sentimientos de ira, de enojo y enfado en lugar de dominarlos y desactivarlos, tratamos con frecuencia de justificarlos, incluso buscamos compartirlos con otros para reforzarlos, dejan entonces de ser sentimientos espontáneos y pasajeros, para convertirse en actitudes negativas conscientes y peligrosas.

Quizás sería un buen ejercicio proponerse examinar honestamente, cada día, nuestros sentimientos de enfado, de enojo o de ira, para dominarlos evitando que nos hagan daño a nosotros o hagamos daño a los demás.

Por supuesto que los que hayan perdido su trabajo me dirán que su situación no se resuelve con buenos consejos, pero quizás es más necesario que nunca establecer redes de solidaridad más eficaces que el llamado estado de bienestar, que parece incapaz de resolver una crisis económica prolongada. Todos podemos meditar si debíamos haber abandonado el viejo modelo de vivir modestamente y tener algo ahorrado para el mañana, por el consumir sin freno, hipotecándonos de por vida. Ante las dificultades, tendremos que buscar soluciones inteligentes en lugar de medidas  violentas que pueden amargarnos doblemente la vida.

El mensaje de Navidad habla de paz en la tierra a los hombres de buena voluntad a los que apelo para ser constructores de paz, dominando los sentimientos de enfado, enojo o ira.

Una oración franciscana dice:

Señor, haz de mi un instrumento de tu paz.
Que allá donde hay odio, yo ponga el amor.
Que allá donde hay ofensa, yo ponga el perdón.
Que allá donde hay discordia, yo ponga la unión.
Que allá donde hay error, yo ponga la verdad.
Que allá donde hay duda, yo ponga la Fe.
Que allá donde desesperación, yo ponga la esperanza.
Que allá donde hay tinieblas, yo ponga la luz.
Que allá donde hay tristeza, yo ponga la alegría.

Que esta paz se haga realidad en nosotros. Esta es mi felicitación de Navidad para todos.

Francisco Rodríguez Barragán

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