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Nochevieja en Tellerda

   /  03/01/2011  /  Comentar

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Conversando en libertad con mi amigo Mariano

Era 31 de diciembre. Dos días antes Mariano me había preguntado “si para nochevieja haría lo que él preparara”, tras darle mi conformidad solo me dijo que llevase ropa de abrigo. Así lo hice. El mencionado día 31 a las doce y media pasaba por mi casa en su 4×4 para ir a un sitio desconocido. Nada más subir al coche se desvelo el misterio. 

-Vamos a Tellerda. Vamos a pasar la nochevieja en un pueblo, pueblo, en una casa rural, rural. Algo diferente. 

Algunas veces Mariano me deja sorprendido. Pero esta vez se había superado. Había oído de este bonito y pintoresco pueblo oscense y tenía curiosidad por conocerlo. Mariano se dirigió hacia la carretera de Barbastro, para luego subir hacia Aínsa. Saque de mi bolsillo un navegador y busque, infructuosamente, Tellerda. Al cabo de rato me canse y dije: 

-Tellerda no esta en mi navegador 

-Claro tienes un Tom Tom. En el mío si que está, es un Lis Tom. 

Ante aquello me calle un buen rato. Mariano hablaba y hablaba. Cuando me preguntaba le respondía con monosílabos. Llegamos a Barbastro y Mariano paró el coche me dijo que era la hora de comer. Así lo hicimos. Entramos en el Restaurante Flor, recomendando por Michelin. Allí hablamos de todo un poco. La ley Sinde, de wikileaks, de la prohibición de fumar, de las pensiones y de un largo etc.. 

Una vez terminada la comida volvimos a coger el vehiculo y hacia Tellerda. Cogimos el desvío y empezamos a subir un puerto. Cuando llevábamos unos diez kilómetros empezamos a ver nieve, que al principio estaba en las cunetas pero, poco a poco, iba invadiendo la calzada. Seguíamos subiendo y Mariano dijo: 

-Tenemos que subir a mil doscientos metros. 

-¿Llevas cadenas? 

-Las ruedas son especiales para nueve. No obstante si que llevo cadenas. Si nos culéa el coche, que tiene tracción a las cuatro ruedas y si es necesario, las ponemos. 

Así pues seguimos subiendo muy despacio. El precipicio era de los que te imponen. La tarde se iba convirtiendo en noche. Vimos un tractor que iba por nuestro carril con la misma dirección. Aunque el campesino nos dejaba paso, Mariano paro y se fue hablar con él. Baje un poco la ventanilla y oí la conversación. Mariano le indicaba que iría detrás de él. El tractor también iba a Tellerda, puesto que esa carretera terminaba en el pueblo. Así fue, el tractor delante y nosotros detrás. Cuarenta y cinco minutos más tarde llegábamos a Tellerda de noche cerrada a las seis de la tarde. A la entrada no estaba el típico cartel de carretera con el nombre del pueblo, sino un madero con un tablón en forma de cruz donde estaba tallado el nombre de Tellerda. 

La temperatura que marcaba el coche del exterior era de diez bajo cero. Así que al abrir la puerta y antes de poderte poner el chaquetón de piel, un escalofrío recorrió mi cuerpo y pensé “esta noche muero congelado”. Un olor a pan recién hecho, entro por la pituitaria. Mientras yo intentaba averiguar algún cartel que indicase “Casa Rural”, Mariano se dirigió hacia el origen del olor, o sea, la tahona. Enseguida vi  a una señora, entrada en años, que me dijo: 

-¿Us sois los de la capital?.

-Si –respondí

-Esta es la casa rural.

Así pues me dirigí hacia la señora.

-¿Us no erais dos?.

-Si señora. Mi compañero se dirigió hacia la panadería.

-Allí us están haciendo la cenenica.

Enseguida vino Mariano, quien nos explico que en la panadería no había nadie pero al lado estaba el bar y que allí le habían indicado. 

-El “Zarpas” es un buen zagal –dijo la señora que continuó- y no me digáis más señora, llamarme “la Mari” y ya esta. Los de la capital sois muy requetefinos.

-Allí nos instalamos. Cuarenta minutos después de estar delante de la chimenea, me despoje del chaquetón, bufanda y guantes. Tras dejarlo todo en nuestros dormitorios, de lo más rústicos, nos sentamos delante de la lumbre a charlar, un rato, hasta que el panadero nos trajese el “irasco”, cabrito, que era en lo que consistía nuestra cena. Justo enfrente de la chimenea había un gran televisor moderno donde “la Mari” nos indico que podríamos ver las campanadas. “Mal porque la señal era malísima, pero se oía bien”. En una alacena estaba el postre, fruta y una fuente con el famoso “guirlache janovés”. Aunque Jánovas es un pueblo de la comarca que fue desalojado para construir un pantano, que no se ha construido, la formula de “guirlache”  lo heredaron otros pueblos de la región y cuyo ingrediente principal es “hacerlo con mucho amor”. Al lado como dejado por olvido, pero con la intención de que lo veas, había un libro de tapas marrones oscuras, para la luz de la habitación, titulado “Historias de Tellerda” escrito por un tal José María Morales. Libro delgado. Lo abrí y leí un par de capítulos y me pareció muy interesante. Fácil de leer y escrito para entender lo que pone. Yo diría un buen libro lleno de historia de todo tipo. Ameno. 

A las nueve en punto apareció el panadero con el irasco asado y como el mismo dijo “con patatas panadera” y se hecho a reír. 

Llegaron las uvas y nos las comimos al ritmo de las campanadas y después, nos dieron la una, nos dieron las dos, nos dieron las tres …., como a Sabina, hasta que agotamos los temas de conversación y nos fuimos a dormir con tres mantas en la cama. Me había prometido Mariano una nochevieja diferente y de verdad que si lo fue. Las conversaciones en libertad las dejamos para otros.

PLCF

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