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Comunidad de propietarios

   /  10/01/2011  /  Comentar

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Todas  las comunidades de propietarios eligen, cada periodo, un presidente  cuyo cometido es velar por los accesos del edificio, vigilar la contrata de limpieza de los espacios comunes, cuidar de que los ascensores, la calefacción y las demás instalaciones sean revisadas y adoptar las oportunas medidas de seguridad a fin de que los usuarios de cada piso disfruten de su propiedad sin problemas ni sobresaltos.

Pero imaginemos que el presidente que hemos elegido se dedica a inmiscuirse en nuestras vidas, en la forma que educamos a nuestros hijos, en nuestras comidas, en nuestros hábitos y costumbres. Por ejemplo dice que es muy peligroso que cada padre quiera educar a sus hijos en sus propias convicciones, pues para una sana convivencia, todos los niños del edificio tienen que tener una educación igual, sin ningún tipo de imposiciones, pues lo recomendable es un “sano relativismo”.

Nuestro presidente imaginario está además seriamente preocupado por nuestra salud y se opone a que los vecinos cocinemos alimentos fritos, tan malos para el colesterol, por lo que nos prohíbe cualquier salida de humos de nuestras cocinas. Ha pedido que cualquier vecino que detecte olor a fritanga, delate a quien lo haga, delación que puede hacerse de forma anónima. Ha declarado la guerra a todo tipo de bollería que puede provocar obesidad, por lo que ha conseguido cerrar uno de los bajos que se dedicaba a la venta de estos productos.

Para ir educando a la gente joven del edificio en los beneficios de la “salud sexual y reproductiva”, nuestro presidente imaginario, cada sábado les regala preservativos para que gocen del placer sin riesgos.

Como entre los cincuenta vecinos hay una familia musulmana, ha prohibido la colocación de cualquier imagen religiosa en las puertas de cada piso, buscando la absoluta igualdad. Y es que este presidente está en todo.

Al parecer ha encontrado la colaboración de otros vecinos que siempre están dispuestos a apoyar sus iniciativas, que salen adelante porque una buena parte de los vecinos no acude a las reuniones de la comunidad.

Ahora parece que hay un gran lío en las cuentas pero, aunque todos protestan, nadie quiere meterse en pleitos. Nuestro presidente en cuestión quiere ser reelegido para seguir “velando” por todos los vecinos.

Este relato es pura ficción, los presidentes de nuestras comunidades de propietarios son personas normales que hacen lo que pueden por sus vecinos y están deseando que pase pronto el periodo de su mandato.

Pero en esta comunidad de vecinos, que somos todos los españoles, propietarios de la soberanía nacional, hemos elegido a personas que en nuestro nombre se dediquen a administrar fielmente este inmueble llamado España, cuiden del buen funcionamiento de las instituciones, respeten y hagan posible nuestras libertades, mantengan una enseñanza de calidad en todos los niveles, gestionen las necesidades de energía, de agua, de comunicaciones, de asistencia sanitaria, aseguren nuestras jubilaciones, eviten abusos, impulsen la economía.

En estas tareas para las que fueron elegidos no parece que hayan tenido mucho éxito. En cambio, empeñados en salvarnos de nosotros mismos, dicen, por ejemplo,  que la libertad ideológica de los menores “no puede quedar abandonada a lo que puedan decidir quiénes tienen atribuida su guarda y custodia o su patria potestad”. El Estado es el único que tiene el derecho de educar.  No estamos en la democracia de Pericles sino en la tiranía de Esparta, de la Cuba de Castro o en Corea del Norte.

Para mantener a la juventud en una infancia permanente se dedican al reparto de preservativos, para conseguir lo que ellos llaman una buena salud sexual y reproductiva, es decir el placer sin responsabilidad. Ellos velan por la libertad ideológica de las menores y les facilitan el aborto.

Declaran la prohibición de fumar aquí y allá e incitan a los ciudadanos a la delación anónima, para que sean multados por las autoridades los que la contravengan. La sanidad pública está en serias dificultades económicas para sostenerse, la solución es: que la gente deje de fumar o quizás la promoción de “la muerte digna”, para aligerar la carga de pacientes valetudinarios.

Todo ello envuelto en el que llaman “sano relativismo” como sostén de la democracia, pero no hay ningún relativismo sano. El relativismo es una opción moral que mantiene que no existen valores ni verdades absolutas, todo vale, todo depende  de lo que se decida en cada momento. Es la ideología de Rodríguez Zapatero.

En las aguas revueltas de la crisis que padecemos flotan todas las medidas que han ido tomando para convencernos de que los que elegimos para administrar se han convertido en los que deciden por nosotros.

Francisco Rodríguez Barragán

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