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Esperpento nacional

   /  28/01/2011  /  Comentar

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  “Si el pensamiento corrompe el lenguaje, el lenguaje también puede corromper el pensamiento”

            George Orwell

Escritor y periodista británico

 

Cuando el escritor argentino Jorge Luis Borges decidió llevar a su compañera María Kodama a que conociera Granada, ciudad de la que era un enamorado, al llegar al mirador del jardín de los Adarves, María se detuvo inquieta y angustiada al leer la placa de cerámica en el lugar colocada y cuyo texto reza así: “Dale limosna mujer, que no hay en la vida nada, como la pena de ser ciego en Granada”. Borges, que la había leído en su juventud, percibió inmediatamente su temor y con una inmensa ternura y refiriéndose a la ascendencia japonesa de María, cogiéndole la mano, le dijo: “No te sientas mal. Tú me la enseñarás con los ojos de otro Oriente”. El escritor ciego, había captado el mudo mensaje de su acompañante.

Este pasaje de la vida de Borges, nos demuestra que no puede entenderse la existencia del ser humano como una  isla solitaria en medio del océano. El “yo”, no tendría sentido sin la presencia del “tú”. Pero tampoco tendría sentido contemplar al “yo” y al “tú” de forma aislada y sin conexión alguna, por lo que el contexto existente nos lleva forzosamente a considerar como una única realidad, el “nosotros”. Esta es la esencia que nos confiere una dimensión social que nos induce a relacionarnos. No sería posible el funcionamiento de las sociedades humanas sin la existencia de la comunicación.

Comunicar, significa transmitir ideas y pensamientos con el objetivo de ponerlos “en común” con otras personas. Cuando transmitimos un mensaje, lo hacemos con la intención y el deseo de que pueda ser entendido por aquel a quien va dirigido. Procuramos hacerlo en la forma y el modo en que el mismo pueda ser comprendido más claramente.

Para ello, los humanos hemos concebido una serie de mecanismos a los que hemos denominado como “lenguaje”, medio del que disponemos para desarrollar esa relación, por medio de la cual, nos transmitimos pensamientos, ideas, valores, educación, sensaciones y sentimientos.

El lenguaje no solo se circunscribe a una serie de sonidos emitidos o signos escritos. Nuestra capacidad para la relación social, nos permite expresarnos a través de muy diferentes vías, como puede ser el gesto, la mirada, el contacto corporal, la actitud y hasta por los silencios, como queda demostrado en el pasaje que hemos reproducido del escritor Jorge Luis Borges.

La lengua es la base de la comunicación entre los seres humanos. El vocablo comunicación emana del latín “comunis”, que significa “común”. El ser humano, nace, se desarrolla y crece en comunidad. Todo lo que llamamos “vida” o “existencia”, nos llega a través de otros: los cuidados de la infancia, el aprender a hablar, la formación como sujeto, la amistad, los afectos. No podemos definirnos sin contar con los seres con los que nos relacionamos.  Es innegable por tanto, que la calidad de la existencia, depende directamente de la calidad de las relaciones que establecemos.  De hecho, eso que llamamos “calidad de vida”, fundamentalmente, es una consecuencia de la “calidad de relaciones”.

En suma: comunicarse es  superar dificultades, eliminar obstáculos y allanar el camino que conduce del “yo” al “tú”.

Si en algún lugar deben aplicarse  en profundidad, con rigor y sensatez estos principios, es en las instituciones públicas y especialmente en el Parlamento, lugar que la democracia ideó para parlamentar —de ahí procede su nombre—, para hablar, para intercambiar ideas. Las cámaras legislativas, son la sede de la intercomunicación de pensamientos, teorías, y proyectos, y con la aportación de sus miembros, lograr su perfeccionamiento para la aplicación de los mismos. Pero este objetivo difícilmente puede lograrse si el exponente no logra transmitir a sus interlocutores, por todos los medios que facilita la comunicación, la evidencia y seguridad en lo que se dice y de quién se expresa.

Pero claro, en un mundo en el que la globalización es un hecho incuestionable e inevitable, España sigue siendo diferente. Inexplicablemente y contra lo que dicta el más mínimo sentido común, aplicando el criterio más mezquino y miope de todo aquello que facilita el desarrollo y progreso de un país, nadamos contra corriente y así nos va.

Con independencia de las diferencias ideológicas, aquí en vez de tender puentes, levantamos murallas, obstaculizamos el entendimiento y torpedeamos la comunicación, adoptando medidas tan patéticas y esperpénticas, como la de utilizar intérpretes para traducir idiomas —que solo son cooficiales en las comunidades autónomas en donde se utilizan por unas minorías— cuando la totalidad de los españoles, hablamos y nos entendemos en un idioma común que es utilizado por seiscientos millones de seres humanos en todo el mundo: el Español.

Y ello, con el evidente menoscabo que siempre comporta la mediación de un intérprete, que según su cultura y profundidad en el conocimiento del idioma, amén de mudar a veces el verdadero y exacto sentido de una frase, de un vocablo, de un concepto, su participación, inevitablemente resta frescura, espontaneidad, nervio y viveza al debate. Es decir: convierte el mismo en una farsa mal escrita, peor representada y difícilmente entendida.

Nuestros políticos, por causa de los espurios intereses de partido, dan la espalda a la lógica e ignoran interesadamente que la lengua es el medio natural de unión y conocimiento entre personas y no un elemento de separación, que al final no da otro fruto que el aislamiento y con él, el empobrecimiento  cultural y económico de un pueblo.

Pero hay una élite minoritaria, alimentadora de falsos nacionalismos, que para seguir usufructuando sus arraigados privilegios personales, siguen buscando en las lenguas un pretexto que los difieran del resto.

En el transcurso de los tiempos, la lengua nunca ha sido fundamento homogeneizador que de origen a una nacionalidad, ni identidad étnica alguna. El ejemplo lo tenemos en el inglés y el español que lo hablan cientos de millones de seres humanos y por esa causa no se sienten miembros de una unidad étnica, ni en la necesidad de considerarse miembros de una sola nación. Por tanto, este argumento no puede servir de sustento para aplicar ningún tipo de discriminación. Por el contrario, los anales de cualquier población, son consecuencia y demostración activa de una permanente mezcla entre pueblos y como consecuencia, de la diversidad enriquecedora en todas sus expresiones: racial, lingüística, tradición, legal y en no  menor grado, idiosincrasia. Como apéndice de estas reflexiones, incluimos numerosos ejemplos de países que como en Suiza, coexisten en perfecta concordia distintos idiomas sin que exista una lengua específicamente nacional, lo que no conlleva el más mínimo peligro para su desintegración. ¿Le vamos a negar por ello el concepto de nación?

Peter Moser, el que durante largo tiempo fuera presidente de las Cámaras alemanas, declaró a este respecto que un prusiano es totalmente diferente a un bávaro, lo que no es obstáculo para que ambos se sientan profundamente alemanes. Del mismo modo, hay catalanes muy flamencos como Peret y andaluces muy insípidos y anodinos, a cuyos prototipos, por cortesía, renuncio mencionar.

Creo suficientemente demostrado que la lengua no es un fundamento válido en el que  basarse para reivindicar privilegios diferenciadores y excluyentes entre hijos de un mismo estado.

Pero no nos engañemos. El esperpéntico espectáculo que España está dando ante el desconcierto de todo el mundo, con la instauración de traductores en el Senado —Cámara que por cierto no sirve para nada— para políticos de medio pelo que se entienden en un idioma común, que es el español, se debe a una demostración de fuerza y poder por parte de los partidos nacionalistas, gracias a una Ley Electoral que hace muchos años que debiera haberse modificado y que si no se ha hecho, ha sido a causa del complejo y los mezquinos intereses electoralistas de los dos grandes partidos ¿nacionales?.

Quizá el ciego escritor argentino, Jorge Luis Borges, para no ver hechos tan grotescos como estos, eligió Suiza para descansar. Y es que cuando él estudió en dicho país, quedó marcado para siempre por el respeto que presidía el comportamiento de su sociedad y el acto de fe y de inteligencia que demostraron sus habitantes, al fundar un país en el que conviven en paz, distintas religiones y diferentes lenguas.

César Valdeolmillos Alonso

Apéndice

1. Un número considerable de los países del mundo tienen una o más lenguas oficiales definidas. Algunos tienen un único idioma oficial, como en los casos de Albania, Alemania o Francia (aún cuando existen en el interior de su territorio otras lenguas nacionales).

2. Algunos estados tienen más de una lengua oficial en la totalidad o en parte del territorio, como es el caso de Afganistán, Bélgica, Bolivia, Canadá, España, Finlandia, Italia, Perú, Sudáfrica y Suiza, entre otros.

3. Algunos, como los Estados Unidos, no tienen una lengua oficial explícitamente declarada, pero sí está definida en algunas regiones. En el caso de Estados Unidos se impone el inglés como la lengua de uso cotidiano y de instrumento en la enseñanza.

4. Otros como México tienen multitud de lenguas oficiales con la misma validez legal en todo el territorio, generalmente la lengua que más se hable se consideraría oficial de facto para los extranjeros.

5. Finalmente hay algunos países como Eritrea, Luxemburgo, Reino Unido o Tuvalu que no tienen definida una lengua oficial.

Como consecuencia del colonialismo o del neocolonialismo en algunos países de África y en las Filipinas las lenguas oficiales y de la enseñanza (francés o inglés) no son las lenguas nacionales habladas por la mayoría de la población. Se pueden dar algunos casos como resultado del nacionalismo, como en la República de Irlanda donde la lengua oficial (el irlandés) es hablado sólo por una pequeña porción de la población, mientras que la lengua secundaria que goza de un estatus legal inferior, el inglés, es la lengua de la mayoría de la población, u al revés, como en Filipinas donde una de las lenguas oficiales (el inglés) es hablado sólo por una pequeña porción de la población, mientras una lengua no oficial que goza de un estatus legal inferior, el español, es la lengua de la mayoría de la población, junto con el Filipino.

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