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Por San Blas la cigüeña verás

   /  04/02/2011  /  Comentar

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Resulta gratificante ver que todavía quedan pueblos que mantienen las viejas costumbres, que otros han olvidado, de celebrar sus Fiestas de Invierno. 

En nuestro caso, en Caspe, ya no hay festejos para el veinte de enero en honor de nuestro patrón San Sebastián, que nuestros mayores sí celebraban. Sin embargo esa tradición continúa en Fayón para San Sebastián y en Chiprana para San Blas, entre otros muchos pueblos que, además, mantienen sus  fiestas  de verano.

Yo que añoro las viejas costumbres acompañado de personas cercanas, todos ellos tan clásicos como yo, igual que otros muchos caspolinos nos acercamos a Chiprana el día de San Blas para disfrutar y vivir su fiesta junto a ellos, los chipranescos. 

San Blas, también conocido como Blasius, médico y obispo allá en la lejana Capadocia, que fue decapitado en el año 316 es considerado el protector de la garganta y se conmemora cada tres de febrero en innumerables pueblos, desde Salamanca hasta la Manga del Mar Menor pasando por Bilbao y, por supuesto, por Chiprana. 

Llegados a Chiprana lo primero que llama la atención son sus remozadas y bien conservadas casas, cuyas fachadas nos hablan del buen gusto y  del orgullo que sus habitantes sienten por su pueblo. Ni un solo “graffiti” en paredes ni un papel por el suelo. Si a ello le añadimos el exquisito y amable trato que dan a sus visitantes está claro que hablamos de un pueblo en mayúsculas. Buena prueba de ello es el vermouth ofrecido a todos en el pabellón, donde, en amable y distendida charla, nos reunimos todos alrededor de las mesas repletas de aperitivos. 

Estaba claro que el día iba a sernos propicio pues llegados a la misa ya de entrada y previo a la introducción tomó la palabra el padre Otón y advirtió: “o cierran las puertas o apago la estufa”.  Bien empezamos, pensé. Si estamos en tiempos de crisis y de energía cara, hay que ser consecuentes con ello y el padre Otón daba buen ejemplo al respecto. 

Pero una nueva sorpresa nos esperaba no por la cantidad de gente que llenaba la iglesia, que también; ni por la rondalla de Chiprana, que también; ni por el número de sacerdotes (cinco); ni por la cantidad de visitantes de Caspe. Todo ello sobresaliente. La grata sorpresa fue EL SERMÓN. 

Un joven cura, arcipreste, hijo de Caspe y residente en Maella donde ejerce de párroco nos cautivó con un sermón cargado de contenido. Nos habló acerca de la fidelidad, de la fecundidad (en su más extenso sentido) y de la felicidad y lo hizo desde la cercanía, con un lenguaje coloquial, diáfano y entendible por todos y con capacidad para llegar a jóvenes y menos jóvenes, creyentes y menos creyentes.

Recuerden su nombre: Gustavo. Llegará muy lejos. 

Nono

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