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Tres conmemoraciones

   /  16/02/2011  /  3 Commentarios

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Una de las últimas obras de Américo Castro lleva por título “Español, palabra extranjera” y en ella nos dice que no hemos sido nosotros mismos los que nos hemos dado el nombre gentilicio de españoles, sino que fueron las gentes de las tierras de Francia que peregrinaban a Santiago las que, ante la diversidad de nombres que se daban a sí mismos los habitantes del norte de la península, los englobaron a todos con la palabra provenzal spanhol, próxima al hispaniolus del latín medieval.  Podemos comprobar que los gentilicios derivados de palabras como Coruña o Montaña, por ejemplo, se dicen “coruñeses o montañeses” y nunca “coruñoles o montañoles”. Sea como fuere, lo cierto es que la palabra español nos identifica a todos frente a los nacionales de los demás países y es fácil constatar que, si en cualquier punto del planeta, un español se encuentra con otro, aunque no se conocieran previamente, se establece una relación afectiva que muestra que llevamos impresa una relación de pertenencia indudable.

El sentimiento de formar parte de esta nación que llamamos España, no impide, en modo alguno, que nos sintamos parte de otras realidades más reducidas, como nuestro pueblo o ciudad de nacimiento, o más amplias como Europa, o los países que comparten nuestra lengua y una parte de nuestra historia.

Cada generación cuenta a la siguiente los acontecimientos pasados: glorias, victorias, fracasos y derrotas, que nos han ido configurando. Es la tarea formativa de los historiadores transmitir la verdad, y solo la verdad, de los hechos en todas sus dimensiones y hacerlo con las categorías vigentes en el tiempo en que ocurrieron y no con las actuales. Hay que contemplar el pasado para compartirlo y disfrutarlo, lo mismo que disfrutamos con las viejas fotos de familia.

Celebrar  centenarios de hechos que tuvieron especial relevancia, es la mejor forma de asumirlos como formando parte de nuestro propio pasado y, como todas las celebraciones, hay que prepararlas con tiempo.

El próximo año 2012 hará 800 años de la batalla de las Navas de Tolosa, 600 del Compromiso de Caspe y 200 de la Constitución de Cádiz. Tres hechos que forman parte de nuestro pasado colectivo de españoles y que el paso de los siglos nos tiene que llevar a verlos con serenidad. Es tarea de los buenos historiadores estudiarlos con atención,  valorarlos correctamente y ofrecerlos a todos para acrecentar nuestro caudal de conocimientos.

La batalla de las Navas de Tolosa fue el gran triunfo de los diversos reinos de España contra el imperio almohade, musulmanes fanáticos que destruyeron a los almorávides, ocuparon Marruecos y pasaron a España. Esta batalla marcó el inicio de su decadencia y el creciente poder de la España cristiana.

El Compromiso de Caspe es importante porque resolvió, sin recurrir a la violencia, el complicado problema sucesorio planteado a la muerte, sin descendencia, del rey de Aragón Martin I el Humano. El sistema de compromisarios para resolverlo, propuesto por Cataluña y aceptado por Aragón y Valencia, llevó al trono de Aragón al pretendiente Fernando I el de Antequera, de la casa de Trastámara, pero también nieto de Pedro IV de Aragón.

La Constitución de Cádiz redactada por representantes de España y América, en un momento en que éramos invadidos por los franceses y Napoleón sustituía por su hermano José al inepto Carlos IV, fue una auténtica hazaña de la que podemos sentirnos orgullosos y celebrarla dos siglos después.

Aunque los lugares en que se produjeron estos hechos se apresten a organizar estas celebraciones, no pueden quedar reducidas al ámbito local ya que nos afectan a todos en nuestro sentido de pertenencia a España.

Francisco Rodríguez Barragán

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3 Commentarios

  1. Nono dice:

    Magnífico artículo el de D. Francisco Rodriguez. Le felicito.
    Muy acertada su precisión respecto a que el sistema de compromisarios fue propuesto por los catalanes. Hay que escurchar la interesada interpretación, que sobre el tema, hacen muchos catalanes ahora.
    Magnánimo está usted con Carlos IV al catalogarlo tan sólo de inepto. Fernando García de Cortázar califica a Carlos IV y a su hijo Fernando VII como una corte de monigotes amedrentados y carentes de la menor noción de estado. Especialmente nefasto resultó el regreso de Fernando VII en el año 1.814, que se dedicó a perpetuar las divisiones, perseguir a los liberales y, en definitiva, a poner fin al primer experimento constitucional español. Más de 160 años nos ha costado superar sus tesis sobre la monarquía absolutista.

  2. Francisco Rodriguez Barragan dice:

    Gracias por su comentario. Estoy basicamente de acuerdo con su opinión, sobre la primera Constitución Española y la despreciable actuación de aquellos Borbones.

  3. sociocastillo dice:

    Felicidades por su artículo.

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