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Reconciliarnos con nuestro pasado

   /  24/02/2011  /  Comentar

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Oí o leí hace mucho tiempo una frase que decía algo así como que las guerras nunca terminan para los que intervinieron en ellas. Conviví muchos años con gente de la generación anterior a la mía, que habían participado o sufrido las guerras de África y la guerra civil y no recuerdo que para ellos siguieran vigentes tales guerras.

La de África estaba olvidada, aunque alguno de mis antepasados perdiera la vida en Alcazarquivir y de la guerra civil se hablaba como de algo terminado que era preferible ir olvidando. Escuché hablar a gente que había participado en la contienda en uno u otro bando, no tanto por motivos ideológicos como por circunstancias geográficas. Cuando estalló la guerra vivían en lugares en los que triunfaron los que se alzaron o los que no lo hicieron, lo que determinó para una generación ser movilizados y enfrentados en una contienda que duró tres años.

Cuando uno llega a viejo pierde memoria, pero recuerda con nitidez los años de niño, en los que había escasez, racionamiento y restricciones eléctricas y un mercado negro de alimentos al que se le decía estraperlo. Era difícil subsistir, sin duda. Pero no recuerdo haber oído hablar, ni en mi casa, ni en las de mis tíos o mis abuelas, con añoranza de la república ni del rey Alfonso XIII. La ropa de unos pasaban a otros y los trajes raídos se les daba la vuelta.

Por supuesto que todos sabían que se habían cometido desmanes desde que se proclamó la República, de la que no se tenía buen recuerdo. Para ponderar alguna situación como caótica se decía que “esto es una república”.

Familiares que habían sido represaliados por los vencedores fueron poco a poco insertándose en una vida normal, especialmente los que “sabían hacer algo”. Como decía mi padre: “Si eres un buen ebanista, eso no te lo puede quitar nadie”.

Después del despegue de los años sesenta, en los que comenzaron a venir turistas y a movernos en vespa o en seiscientos, los mayores creo que ya se habían olvidado de la guerra y los jóvenes buscábamos trabajo y pluriempleos para poder casarnos.

En los años de la llamada transición volvieron a sonar voces del pasado, pero pienso que la mayor parte de la gente hicimos poco caso pues lo que deseábamos era que hubiera tranquilidad y trabajo y aunque ambas cosas se fastidiaron bastante con el terrorismo y las huelgas, no nos lanzamos a la calle para degollarnos unos a otros.

Lo que ha resultado insólito en estos últimos años ha sido al deliberado propósito de continuar aquella maldita guerra en nombre de nuestros abuelos, los del bando que perdió, contra los del bando que ganó.

Ni mis padres ni mis abuelos me dejaron el encargo de continuar ninguna lucha, razón por la que me niego a secundar estas peligrosas iniciativas que tienen más de venganza que de “memoria” y mucho menos de “histórica”.

Dejemos que nuestro pasado sea investigado por historiadores profesionales que con honestidad traten de buscar la verdad de nuestro pasado, pero repudiemos a los que tratan de utilizar la historia como arma arrojadiza, para justificar políticas averiadas y tratar de demonizar a media España.

Francisco Rodríguez Barragán

 

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