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Del verde al rojo y de la destrucción a la prosperidad

   /  22/03/2011  /  Comentar

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“Una vez llegada la desgracia, de nada sirve quejarse”

Esopo

Fabulista griego

A diario nos quejamos de multitud de cosas que aun cuando muchas de ellas escarban en nuestros bolsillos, no son más que auténticas nimiedades, si se comparan con la inmensa catástrofe que ha devastado parte de Japón.

Al ver las dramáticas imágenes del tsunami, la muerte y desolación que sembraba a su paso, y en contraste, el ejemplar comportamiento que ante semejante hecatombe está observando el pueblo japonés, amén del sentimiento de admiración que despierta dicha conducta, experimenté un sincero y espontáneo estremecimiento de identificación con su adversidad.

A esos hermanos nuestros que hoy están sumidos en la desgracia al otro lado del mundo, de bien poco les sirven los ríos de tinta que están corriendo en estos días, no sobre la catástrofe que tan cruelmente les ha azotado, sino del perjuicio que como consecuencia de la misma nos pudiera sobrevenir a nosotros.

En medio de la inmensa tragedia en la que se encuentra sumida la nación hermana, resulta difícil encontrar mayor mezquindad de la que están demostrando muchos políticos occidentales que solo miran su propia conveniencia electoralista y la de no pocos medios de comunicación sensacionalistas, alineados con determinados lobys y ONG’s de los que no estaría de más conocer, cuales son y de donde salen, los cuantiosos recursos que manejan para desarrollar las gigantescas campañas internacionales a favor de su supuesto ecologismo y en contra de una energía nuclear de la que se están aprovechando.

Si realmente llegásemos a conocer los oscuros intereses que pueden esconderse tras el verde que dicen defender, es posible que sus valedores, se pusieran rojos de vergüenza, en el caso de que la tuvieran.

“Pánico nuclear”, “Crisis nuclear”, “La radiación nuclear: invisible e inodora, pero devastadora”, “¿Qué ha ocurrido en la central nuclear de Fukushima?”, “Japón: amenaza nuclear, amenaza climática”, “Crisis nuclear en Japón”, “Un tsunami nuclear en Europa”, “Stop energía nuclear”, “Un fantasma (nuclear) recorre Europa”, “Inseguridad nuclear”, “Fukushima: crónica de una crisis nuclear”, “Desesperación nuclear”. Estos son solo algunos de los titulares que se han podido leer en los medios de comunicación en referencia a la crisis japonesa. El contenido de estas informaciones alarmistas, solo hace referencia a los posibles riesgos que todos podríamos correr en el caso hipotético de que no se pudiesen llegar a enfriar los núcleos afectados en la central de Fukushima. Sin embargo, ¿Quién habla de los muertos, los heridos, los 20.000 desaparecidos y la destrucción que ha sufrido Japón como consecuencia del terremoto y del maremoto que le sucedió?

Lo que realmente ha ocurrido, lo que son hechos constatables de una tragedia, no interesa  a nadie. Como mínimo, no es materia que haga aumentar la audiencia de los canales de TV o la venta de un mayor número de periódicos, cuando no es que se esté alineado ideológicamente con un interesado ecologismo, al amparo del cual, puede que se estén  obteniendo pingües beneficios.

Incluso la tragedia y el dolor, son pretexto para aquellos que siempre están dispuestos a aprovechar las circunstancias y preparados a sembrar un pánico infundado que promueva medidas, que indirectamente, favorezcan lucros no confesados.

Pocos son los que se han preocupado en destacar el comportamiento ejemplar del pueblo nipón. Una actitud que debería servir de ejemplo al resto del mundo. Un proceder, que en las horas más difíciles que puede vivir un pueblo, es el que como ya ocurriera en el pasado, le permitirá renacer de sus cenizas y nuevamente remontar un vuelo glorioso que volverá a asombrar de Norte a Sur y de Oriente a Occidente.

Al contrario que los extranjeros que se peleaban por un pasaje de avión y se desesperan por llegar al aeropuerto para escapar de una hipotética amenaza nuclear como de la peste, los japoneses, con el inalterable equilibrio de que su cultura milenaria les ha impregnado, hacían cola pacientemente por su cuenco de arroz en las zonas devastadas.

Mientras que en Occidente un desastre de esta naturaleza daría lugar a la especulación, al caos, al pillaje y al saqueo de forma incontrolada, los japoneses nos ofrecen una lección de civismo. Ni la destrucción, ni las constantes réplicas, ni las kilométricas colas, ni el desabastecimiento, ni la amenaza nuclear pendiendo sobre sus cabezas, han podido lograr que pierdan su externa quietud, su sentido del honor, su profunda educación o su legendaria cortesía. El japonés jamás te dará una respuesta que no esté impregnada de una exquisita consideración.

La ferocidad de la naturaleza ha sido tal, que para superar esta crisis, el pueblo japonés deberá recurrir al mismo coraje y espíritu de sacrificio con el que reconstruyó el país después de ser derrotado en la Segunda Guerra Mundial. A pesar de la cruel adversidad, el japonés no se manifiesta frustrado o invadido por la  indignación. Sensatamente considera lo sucedido como ineludible y se muestra sufrido y resistente ante la tribulación. El infortunio no le hace perder su ánimo, solo lo somete a prueba.

Harakiri, Kamikaze, Samurai, Hiroshima, Nagasaki, Sendai, son palabras que compendian casi tres mil años de historia, tradiciones, una forma de concebir la existencia. Japón conoce muy bien lo que es padecer, sacrificarse y resurgir.

Japón, históricamente imperialista, fundió sutileza con dolor, sosiego con beligerancia, placidez con sacrificio y legendaria tradición con crecimiento.

Tras la tragedia de Hiroshima y Nagasaki, la nación imperialista y beligerante, sembró la paz y cosechó el desarrollo, dio la espalda al fanatismo para abrazar el orden formativo, abandonó las armas para liderar la tecnología, suplió la falta de espacio por el diálogo y la concurrencia con el mundo.

Su formidable desarrollo tecnológico, económico y social se cimentó sobre una tradición de sumisión, dolor, sacrificio y organización social.

Su propia situación geográfica es el karma que marca su fatal destino y que de tiempo en tiempo, se hace presente con extremado ensañamiento.

Pero, aún a pesar de la destrucción sufrida en esta hora fatídica, el japonés, una vez más, ha mostrado estoicamente su civismo. Un civismo transmitido de generación en generación y moldeado en el crisol de la entereza, de la inquebrantable vocación de resistencia, del orden, el respeto y, sobre todo, de lealtad y amor a su país.

Buen espejo en el que mirarnos los españoles.

La acostumbrada convivencia con la devastadora fuerza de la naturaleza, ha impregnado al japonés de un profundo espíritu de hermandad que le mueve a practicar la ayuda mutua. El japonés se sabe parte de un todo que es la comunidad en la que está integrado. Su filosofía de vida, encuentra sus raíces en un tradicionalismo que se entronca en la familia y el trabajo. Es así como proyecta su papel en la sociedad que ha dado lugar a la existencia de una cultura cívica, ejemplo de todo el mundo.

No se puede concebir Japón desde el ególatra individualismo occidental. El legítimo orgullo de saberse y sentirse parte de un todo histórico legendario, es el que induce al japonés a anteponer su espíritu de servicio a sus semejantes, a sus intereses personales. Ese concepto de vida, es el que le ayuda hoy más que nunca; es el que le permite ser consciente de que si hace algo que perjudique al otro, se está perjudicando el mismo.

Las imágenes de destrucción y muerte en Japón, no pueden ser más rotundas. Como el conquistador bárbaro, el terremoto y el tsunami posterior, invadieron el país del sol naciente, arrasando a su paso vidas y enseres. No pidieron permiso. Entraron como si fuera su propia casa.

El nordeste del país cambió su imagen para siempre. Barcos varados sobre los techos de los edificios; miles de vehículos destrozados; edificaciones en ruinas, y gente, mucha gente, que hoy ya no está.

Las explosiones de los reactores de la central nuclear de Fukushima, sin duda han sacudido la memoria del horror atómico de las bombas que cayeron sobre Hiroshima y Nagasaki.

Poblaciones con historia y recuerdo, ciudades que supieron lo que es la frialdad de la muerte y la humillación de la derrota, pero que entendieron que el sudor y subordinación en común, eran el único camino para resurgir.

Había que reconstruir una nación devastada por la conflagración. Y sin duda, los japoneses comprendieron cómo hacerlo.

Cuando llegue el momento, ahora como cuando hace sesenta y seis años, Japón resurgirá con renovada fortaleza. Con acrecentada experiencia y sabiduría.

Y es que como decía el político, orador y religioso francés Enrique Lacordaire: “La desgracia abre el alma a una luz que la prosperidad no ve”.

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