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Algo sobre el flamenco

   /  10/04/2011  /  Comentar

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Sobre el flamenco se han escrito verdaderas bibliotecas sin que podamos asegurar que se haya llegado a un conocimiento histórico y artístico del mismo. La propia palabra flamenco no resulta nada clara. Cuando oímos hablar del flamenco podemos referirnos a varias cosas distintas. El diccionario de la Real Academia Española la define: “dícese de lo andaluz que tiende a hacerse agitanado”, lo que puede interpretarse que en algo sustantivo, “lo andaluz”, puede existir una tendencia a hacerse “agitanado”. No es, desde luego, una definición clarificadora. 

La palabra flamenco, referida a una determinada clase de folklore, no aparece hasta el primer tercio del siglo XIX y es objeto de múltiples teorías. Una muy curiosa, aunque poco consistente,  es la de Rodríguez Marín que ve una semejanza entre el ave zancuda así llamada y la vestimenta utilizada por el gitano. Blas Infante defendió que procedía de dos palabras árabes “felach-mengu” cuyo significado sería campesino sin tierra o forajido, aunque los arabistas la han puesto en duda. Otros dicen que se trata de una palabra de la jerga popular que se aplicó inicialmente a una postura chulesca, quizás de los oriundos de Flandes, para pasar a designar una postura artística. Otros dicen que lo adoptaron los mismos gitanos en tiempos de Carlos III, para sustituir el término gitano que era denigrante. 

Sin entrar en tediosas disquisiciones sobre la evolución de la palabra flamenco, hoy sirve para designar tanto el cante, como el baile y la guitarra, así como la copla, todo ello como expresión del sentimiento y del arte del pueblo gitano-andaluz. Pero también nos referimos con la misma palabra al llamado cante jondo, cuyo componente de “hondura”, de fuerza trágica, de expresión de amores y desamores, está bastante alejado de la alegría festiva de tantos cantes y bailes andaluces. 

Pero aunque aparezca a principios del siglo XIX, tenemos que preguntarnos si sabemos algo de sus comienzos, de sus orígenes. Los gitanos llegaron a España en 1462 como pueblo nómada, con sus estructuras familiares y sus costumbres. Ni se integraron, ni se diluyeron entre la población de la península. Las leyes y pragmáticas reales intentaron hacerles abandonar el vagabundeo y fijar su residencia, como único medio de controlarlos. En la estructura social de los diferentes reinos españoles, los gitanos solo podían ocupar el último escalón y un espacio marginal. Al conquistarse Granada por los Reyes Católicos, otra minoría social, marginada en aquellos momentos, fue la de los musulmanes vencidos, que convertidos en moriscos (cristianos a la fuerza) no hay duda que entrarían en relación con los gitanos. Cuando Felipe III decretó la expulsión de los moriscos en 1609, muchos conseguirían hacerse pasar por gitanos a fin de no tener que abandonar la tierra donde nacieron. 

Seguramente muchas costumbres populares moriscas se perpetuaron en Granada y en esta clase social excluida. Podemos encontrar algunas referencias en los dibujos que hicieron en el siglo XVI, viajeros como el alemán Christoph Weidiz o el flamenco Hoefnagel, en los que pueden verse moriscas que danzan, mientras que otras tocan el pandero o palmotean. Sin duda se trata de zambras, que seguían ejecutándose a mediaos del XVI y de las que tenemos otras noticias con motivo de las discusiones que se entablaron acerca de si debían de seguir bailándose en la procesión del Corpus Christi o debían prohibirse. 

La gente que forma parte del último escalón de la sociedad, normalmente vive en la periferia de las ciudades, las cuevas de la Alhacaba, San Cristóbal, San Miguel, la ladera del Darro que luego se llamará Sacromonte. Allí, al margen de la vida social de los nobles, el clero, los caballeros, los mercaderes, seguirían evolucionando antiguas canciones, adaptándose a nuevas situaciones, dando rienda suelta a sus penas y alegrías dentro de reducidos ámbitos familiares y amistosos, quizás a puerta cerrada, detrás de los tapiales de sus casas. Por ello durante dos o tres siglos no hay rastro escrito de lo flamenco. Lo flamenco está unido a lo gitano y lo gitano no existe para una sociedad que vive la aventura americana, las guerras en Europa, la Contra-reforma religiosa, los estatutos de limpieza de sangre. 

La primera figura histórica de que se tiene noticia con relación al flamenco es del siglo XVIII, el Tío Luís el de la Juliana, aguador jerezano que, según cuenta Antonio Machado Álvarez, el padre de los Machado, que se firmaba Demófilo, cantaba polos y cañas, seguidillas gitanas, livianas y tonás, que ya no se cantaban en 1881, según él. También hay noticias de otros cantaores de finales del XVIII, que vivirán a principios del XIX, donde empieza la historia más conocida del flamenco que sale del anonimato y llena de nombres todo el siglo. 

Es curioso que sean los viajeros románticos, que vienen a Granada, los que descubren y airean el valor de nuestros cantes y de nuestras zambras. Alejandro Dumas cuenta que en la Venta de Siete Suelos, junto a la derruida torre de la Alhambra, encontró dos gitanos auténticos, a los que invito a comer y le acompañaron con un canto melodioso, acompañado con la guitarra. El Barón Davillier visitó el Sacromonte en 1862 y anotó que pronto comenzaron las guitarras a rasguear y bordonear bajo los dedos de los cantadores que entonaron con voz nasal unas melodías que le resultaron extrañas. ¿Serían estas melodías la caña o la media granaína? Richard Ford escribió y dibujó su viaje de 1830 y Borrow, el protestante, predicador de la Biblia en España, conoció a los gitanos y tradujo al caló uno de los evangelios. Gustavo Doré visitó Granada en 1862 y captó con su lápiz pintorescas escenas de gitanos y perpetuó el ambiente de una canción jonda, al dibujar unas damas enlutadas y tristes que escuchan el canto de un hombre que toca la guitarra. 

El cante, toque y baile flamenco sale de la oscuridad cuando aparece el café cantante en el último tercio del siglo XIX. Fue famoso el café del mítico Silverio Franconetti, un italiano nacido en Sevilla, que además fue uno de los cantaores más famosos. García Lorca le dedicó unos versos en los que dice: Su grito fue terrible./ Los viejos dicen/ que se erizaban los cabellos/ y se abría el azogue de los espejos. Molina Fajardo ha comprobado que Franconetti cantó en Granada el 22 de octubre de 1868 en el Teatro el Recreo, que era un teatro-café, aunque en aquellos tiempos Granada contaba con otros cafés-teatro o cafés-cantantes, que se instalaron en locales proporcionados por la política desamortizadora de Mendizábal. Por ejemplo, la sociedad recreativa Las Delicias se trasladó desde la calle del Ángel al Convento de San Felipe, hoy Iglesia del Perpetuo Socorro, y en ella tuvieron singular acogida el baile y cante flamenco. Otros cafés-cantantes estaban situados en la calle Hileras, en la Plaza de la Mariana, en al callejón de Arjona, en los Baños del León en la calle Sierpe Baja o la Montillana en pleno barrio de la Manigua. 

Estos cafés-cantantes, que tuvieron un éxito de público clamoroso, fueron dando a conocer a cantaores, guitarristas y bailaoras como la Parrala, la Macarrona, la niña de Triana o el Pollo de Jerez. De estos establecimientos, se pasó a instalar teatros para el cante, como el Alhambra en el Lavadero de Don Simeón, el Colón en el Humilladero, con capacidad para quinientas personas en sillas y un millar en gradas o el Talía en la Plaza de la Mariana. En el Alhambra debutó Pastora Pavón “Niña de los peines” y se escucharon las voces de D. Antonio Chacón o Manuel Torre. 

El cante jondo tenía, según se dice, un lugar propio: la taberna. Granada siempre ha abundado en este tipo de establecimientos y en muchos de ellos es donde se podía saborear el cante, en las intimidades nostálgicas de las madrugadas. Una taberna famosa fue la de Antonio Barrios “El Polinario”, en la calle Real de la Alhambra, que fue centro de reunión de artistas viajeros, músicos, poetas, eruditos y conocedores de la belleza. Allí Manuel de Falla conoció al hijo del Polinario, el compositor Ángel Barrios, y pidió a su padre que recordara cantes antiguos que cantó acompañándose con su guitarra. Aunque para algunos granadinos el cante jondo era cosa de borrachos, el concurso que impulsó Falla y el interesante grupo de amigos que consiguió agrupar y que le apoyaron, elevaron el cante jondo a un importante reconocimiento artístico. Este Primer Concurso de Cante Jondo del año 1922 es suficientemente conocido y hacer de él aunque sea una ligera reseña, exigiría otro artículo. 

Como curiosidad y ejemplo del peculiar carácter granadino, hay que anotar que este concurso tuvo sus detractores y provocó enemistades. Es una constante de ayer y hoy que cualquier cosa que se haga en Granada será motivo de polémicas, discusiones y enfrentamientos. ¿Mala follá granadina?. 

A pesar del silencio de siglos del flamenco, cuando se destapó a mediados del XIX ha producido un río caudaloso de cantaores, guitarristas, guitarreros, bailaores y bailaoras, cuyas actuaciones se han ido amplificando con los modernos medios de difusión, desde el gramófono al cine, de la televisión al disco compacto. Sería imposible citarlos a todos. 

Entre 1920 y 1955 florece la llamada ópera flamenca, en la que este arte se banaliza y degrada para satisfacer a un público que llena plazas de toros y otros escenarios inadecuados y en los que llega a alternar con espectáculos de variedades. La última etapa es la representada por los festivales, concursos y peñas flamencas, que también están dando señales de agotamiento. La industria audiovisual, la fusión con otras músicas, la promoción institucional,  la difusión fuera de nuestras fronteras son algunos de los factores que van a condicionar el futuro del flamenco. 

Para terminar quiero hacer también mención de la Peña La Platería, que fundara el platero granadino Manuel Salamanca y en la que buenos aficionados quieren conservar y promocionar lo mejor del flamenco. 

Francisco Rodríguez Barragán

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