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¡Que no se entere el abuelo!

   /  15/04/2012  /  Comentar

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A mis nietos

Irene, Sergio, Curro,

Mª Ángeles, Julieta y Raquel.

Cualquier noticia que la actualidad nos brinda cada día, en ningún caso es agradable ni esperanzadora, y mucho menos en Cataluña, País Vasco y Andalucía, donde parece que se ha perdido el juicio y están decididos a arrojarse por un precipicio sin fin. Por eso y para no abundar en los locos despropósitos que nos rodean, hoy he elegido un tema, que aún siendo desafortunado, contiene un punto profundamente humano, sensible como afectivo.

La verdad es que tanto por los contactos que he tenido con la familia real, como por lo que representan y la imagen que siempre han proyectado sobre los españoles y el resto del mundo, he de confesar que han merecido ser dignos de mi respeto y admiración. Y hasta me atrevería a afirmar, que sin ser España un país monárquico, los reyes, con su prudente y callado hacer, han sabido ganarse el afecto de la mayoría de los españoles.

Falsa, muy falsa es la imagen que de ellos podemos formarnos, si solo nos dejamos guiar por las publicaciones de papel couché. Tras la imagen de una vida regalada, únicamente ocupada en viajar, asistir a recepciones y actos de representación protocolaria, hay una labor callada de alta responsabilidad, silencios prudentes y otros impuestos por su posición constitucional; una gran soledad institucional que en todo momento, ha sabido afrontar situaciones extremadamente delicadas, no pocas veces bochornosas e incluso peligrosas.

Seguro que siempre habrá alguien que me pueda argumentar que nadie les obliga a ejercer el cargo que ostentan. Yo creo que cada uno desempeñamos unas funciones en la vida, que aunque lo creamos, no siempre hemos elegido libremente y somos lo que somos, en función de nuestro origen y el entorno social en el que hemos crecido y nos hemos formado.

Pero tengamos en cuenta, que si hoy los españoles vivimos en una democracia, más o menos imperfecta y somos protagonistas de nuestro propio destino, eso, se lo debemos a la firme y decidida voluntad de don Juan Carlos I, Rey de todos los españoles, inclusive de aquellos que le repudian y no quieren serlo, como los nacionalistas catalanes por ejemplo. Por cierto que hablando de los separatistas catalanes que niegan su españolidad, me viene a la memoria una frase pronunciada por Joan Maragall, abuelo que fue del Ex-Presidente de la Generalitat Catalana, quien refiriéndose a la españolidad de los catalanes, dijo: “¿Españoles?¡Y tanto!¡Lo somos más que los castellanos!”. ¿Qué hubiera dicho de la deriva de su nieto si hubiese tenido la oportunidad de ser testigo de ella?

Pero bueno, que me he ido por las ramas, y estaba hablando de los Reyes don Juan Carlos y doña Sofía y a donde quería llegar es que detrás de sus funciones, sus responsabilidades y la proyección mundial de su imagen, hay unos seres humanos; una familia como la de cualquiera de nosotros. Con sus preocupaciones y problemas personales; con sus inquietudes; con sus momentos de alegría y sus disparidades familiares íntimas y que como se ha demostrado muy recientemente, su sangre no es azul como dice la leyenda, sino roja como la nuestra. A lo mejor porque su sangre es roja, es por lo que Zapatero decía que tenemos un Rey muy republicano.

El caso es que últimamente, no podemos afirmar que la familia real atraviese una buena racha y en estos últimos días, los medios de comunicación se han ocupado con gran profusión, del accidente sufrido con una escopeta de caza por el nieto mayor de los reyes, Felipe Juan Froilán Marichalar Borbón, de 13 años.

No seré yo quien entre ahora en los dimes y diretes y las consecuencias y responsabilidades o irresponsabilidades del hecho, que ya han sido analizados por unos y por otros y hasta en los que ha entrado la Justicia.

Lo que quiero subrayar, y de ahí nace todo mi comentario de hoy, es la frase, ingenua, pero propia de un niño de trece años, que en ese momento vivía ajeno a su posición de infante de España. Una frase entrañable, íntima y familiar: “Que no se entere el abuelo que se va a enfadar mucho”.

El niño que es, más que su propia herida, quería impedir que su abuelo se enterase, para que no se disgustase. En ese momento no había ni infante ni Rey. Eran nieto y abuelo. Para él no había cargos ni jerarquías. Solo había un hecho y un presente, cosa que rara vez nos ocurre a nosotros los adultos.

A Felipe, el primogénito de la infanta Elena, y según cuentan los que dicen ser expertos en temas de referentes a la familia real, nieto favorito del Rey, le hemos visto jugar con la espontaneidad de cualquier niño de su edad, en actos de notoria trascendencia institucional. Sin embargo estaría por afirmar, que su abuelo el Rey, ha escrito para siempre, muchas cosas en el alma de ese niño. Cosas que no olvidará jamás y que le ayudarán a ser un hombre el día de mañana. Porque el verdadero hombre, es aquel que en las alegrías se porta como un niño y en las adversidades se actúa como un adulto.

Y es que el mundo del niño, comienza y termina en su propio mundo: el del niño. Él no lo conoce; ni siquiera lo sabe; porque lo suyo no es saber ser niño, sino serlo simplemente. Y ese niño que es Felipe Juan Froilán de Marichalar y Borbón, no quería decepcionar a su abuelo. Porque los abuelos son esos seres entrañables en quienes buscamos siempre refugio en nuestra infancia. Quizá siendo niños, no lo sabemos, pero el instinto nos hace acudir a la raíz que nos sustenta; son el paraguas que nos cubre y el escudo que nos protege cuando necesitamos cobijo y amparo. El niño lo ignora, pero de sus abuelos, por instinto tiene un sentido de pertenencia. Sabe muy bien que son su familia. Sus orígenes. Y tan bien lo saben, que con muy corta edad, en una conversación de mis dos nietas más pequeñas con sus padres, ante el hipotético supuesto de lo que de ellas sería, si ellos llegasen a faltarles, resueltamente les respondieron: “Sí, pero nosotras tenemos a los abuelos”.

Los abuelos son esos seres muchas veces incomprensibles a los que sólo llegamos a conocer cuando ya se han ido.

Es entonces, y sólo entonces, cuando entendemos su verdadera dimensión y vemos en el abuelo, en la abuela, que eran algo más. Mucho más. El abuelo era algo más que una persona que nos contaba sus batallitas. La abuela era algo más que una constante advertencia de prudencia, de armonía, de eje sobre el cual giraba toda la familia. Para los que han tenido la inmensa fortuna de conocerlos y convivir con ellos, los abuelos siempre serán dos figuras imborrables en sus vidas. Los abuelos —los que lo son— nos marcan para siempre con el hierro candente de la sabiduría de los mayores, con el testimonio de su infinito amor y la huella de su ejemplo.

Los abuelos son esos seres que quieren a sus nietos como hay que querer a los niños, porque a un niño hay que quererlo a pecho descubierto. Tiene que percibir nuestro cariño continuamente; hemos de demostrárselo una y otra vez para que de él se impregne; para que él lo sepa. Si no lo hacemos así, es como si no le quisiéramos. En demostrar el amor, no hay que tener nunca pudor: los niños no lo tienen.

César Valdeolmillos Alonso

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