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El caballo de Troya

   /  22/10/2012  /  Comentar

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“El futuro nos tortura y el pasado nos encadena. He ahí por qué se nos escapa el presente”

            Gustave Flaubert

            Escritor francés

El ser humano siente miedo a lo desconocido, porque se trata de algo que no controla y mucho menos domina. De ahí que nos sintamos mucho más seguros pisando tierra firme, que adentrándonos por arenas pantanosas.

Esa idea es la que motivó a un casi 88% de los españoles a votar la Constitución de 1978. Y la votó esa inmensa mayoría de nosotros, porque el espíritu que la inspiró, el espíritu de la transición, nos ofrecía a todos una senda común por la que la enriquecida armonía de la diversidad de los españoles, podríamos caminar juntos, cogidos de la mano, para construir un país, que sin renunciar a su plural riqueza histórica, nos ofreciera a todos un prometedor futuro.

En síntesis, este fue el espíritu que animó al inolvidable presidente Adolfo Suárez durante toda su gestión al frente de los destinos de España y por el que luchó con una fe ciega y una voluntad inquebrantable. La fe en aquel proyecto no era ninguna quimera, y se basaba en la gran madurez demostrada por el pueblo español, que bajo ningún concepto quería volver a adentrarse en las arenas movedizas de la confrontación entre hermanos, que solo nos produjo sangre, dolor y miseria.

No era una quimera aquella idea, no. Y no lo era porque como el presidente Suárez estaba animado de una inmensa buena fe, creyó en la lealtad de todos los que participaron en la construcción de la misma. Grave error. He dicho antes que le animaba una fe ciega en su proyecto de construcción de una nueva España. Y tan ciega. Tan ciega que le impidió ver que, como César, la mayor parte de los que participaron en tan hermosa empresa, lo hicieron empuñando el cuchillo con el que habrían de asestarle las sangrientas puñaladas de la traición vil y despreciable que le llevó a su digna muerte política: la de su dimisión, reconociendo ante todos los españoles que en aquellas condiciones, el mejor servicio que podía rendir a la nación, era el de dimitir.

La primera puñalada de las traiciones que habría de sufrir, fue la del 23 de junio de 1979, día en el que el Pleno de la Junta de Andalucía se reunió en Granada para aprobar acogerse a la vía del artículo 151 de la Constitución para la consecución de la autonomía, cuando estaba acordado entre UCD y PSOE, que esa vía solo estaba prevista para las mal denominadas comunidades históricas.

Ese sería el principio del comienzo del fin. Después vendría el distanciamiento de su gran amigo el Rey, por el que tanto hizo Adolfo Suárez cuando era director general de RTVE, y don Juan Carlos solo Príncipe de España, con un destino no demasiado claro aún.

Tan amigos eran, que con frecuencia el Rey llamaba a la Moncloa a Aurelio Delgado, cuñado y secretario particular del Presidente del Gobierno, para preguntarle si estaba en el despacho y si la respuesta era afirmativa, a los pocos minutos se presentaba sin avisar y mantenían largas charlas a solas, sobre la marcha de los acontecimientos y entrambos, entre café y café, con gran comunión de ideas, iban delineando los planos de esa soñada España del futuro.

Consumado el sueño con la aprobación de la Constitución de 1978, aquellas conversaciones fueron pasando de la complicidad mutua, a la formalidad institucional; las reuniones perdieron el calor de dos seres que fueron íntimos copartícipes de un proyecto común y una tibieza que llegaría a convertirse en una situación glacial, se enseñorearía de las mismas hasta el punto de que el teléfono enmudece y deja de sonar. Es el momento en el que César, incrédulo y en la más gélida soledad, exclama: Tú también, Bruto…

¡Lealtad! La única lealtad de que gozó César en aquellos años, fue la del pueblo.

La Constitución fue el caballo de Troya que permitió a unos y a otros hacerse con el poder y una vez con él en la mano, abrir las puertas de España a toda clase de mofas, ultrajes, amenazas, chantajes y escarnios, hasta convertirla en la mugrienta y ajada rodilla de la cocina que es hoy.

Aún hoy, la izquierda no ha renunciado a su vocación republicana y su bandera tricolor es la que sigue exhibiendo en todas sus manifestaciones públicas. Todo lo contrario de lo firmado en la Constitución. Es natural que existiese por parte de muchos, incluida la más alta magistratura del Estado, es decir: el Rey, una profunda inquietud ante la incógnita de lo que pudiera hacer la izquierda republicana una vez en el Gobierno. Y como las incertidumbres siempre son malas, lo más práctico era que la incógnita se despejara lo antes posible.

Una derecha acomplejada por el pasado, aunque no sea heredera directa del mismo, una pésima Ley electoral que secuestra la soberanía ciudadana y deposita su poder en el seno de unos partidos que en su interior ignoran lo que es la democracia y al mismo tiempo sobredimensiona la presencia de los partidos nacionalistas, es lo que nos ha llevado a que ayer los nacionalistas y Bildu, que ya saben ustedes quienes son,  tengan una mayoría absoluta más que sobrada para llevar adelante su proyecto independentista en el país vasco y de que Artur Más, al igual que hizo Hitler con motivo de la gran depresión alemana, que declaró su satisfacción, porque entendió que el momento era oportuno para su discurso revolucionario, el presidente de la generalidad catalana se ufane celebrando ver a España contra las cuerdas, débil y desacreditada, creyendo que nuestra mala imagen exterior —proporcionada por el socialista Zapatero y los nacionalistas independentistas como él— ofrece una buena oportunidad para sus proyectos secesionistas.

Aprendamos de la Historia y no olvidemos que las elecciones parlamentarias de 1930 en Alemania, convertirían al Partido Nazi en la segunda fuerza política del país y al Partido Comunista en la tercera.

César Valdeolmillos Alonso

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