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El Compromiso de Caspe. Asesinato del Arzobispo de Zaragoza

   /  14/01/2013  /  Comentar

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II Asesinato del Arzobispo de Zaragoza (3)II. ASESINATO DEL ARZOBISPO DE ZARAGOZA

Ya dijimos en nuestro cápitulo anterior, que al morir Martín que “el humano” sin sucesión directa, su apatía o inconfesada reserva mental, en nombrar sucesor fué causa de que se abriese un interregno de dos años, en el qué todo egoísmo, violencia y anarquía tuvieron lugar.

Ese “mejor derecho” que, según la postrera voluntad del monarca aragonés, debía ser la base para colocar a su legítimo sucesor en el trono vacío, creyeron poder ostentarlo nada menos que cinco pretendientes, si excluimos a otros secundarios,  entre los que figuraban dos ricas  hembras que, como tales, fueron rápidamente descartadas en su día, en virtud de las leyes aragonesas que impedían – no sabemos si sabia o torpemente- reinar las mujeres.

Fueron estos cinco pretendientes: don Jaime de Aragón, conde de Urgel, sobrino segundo del fallecido rey; su sobrino carnal don Fernando de Castilla, llamado “el de Antequera”, su nieto bastardo don Fadrique, de muy corta edad; don Luis, conde de Guisa y duque de Calabria, y don Alfonso de Aragón, duque de Gandía, anciano achacoso que, por morir antes de fallo del Compromiso, fue sustituido por su primogénito del mismo nombre.

Los barones, ricos hombres y caballeros de Aragón, Valencia y el Principado de Cataluña se manifestaron enseguida por uno u otro de los aspirantes, arrastrando consigo a los habitantes de las aldeas, villas y ciudades que enseñoreaban. Pero los favoritos tanto por su poder como por el prestigio de su personalidad, eran el de Urgel y el infante castellano.

De esta manera, se desatan muy pronto las violentas y egoístas pasiones de algunas banderias que parecen preferir, como solución del difícil problema sucesorio, el estruendoso chocar de las armas a las tranquilas deliberaciones del derecho. La banderia que mas se distingue por su decisión y arriscamiento es la del conde de Urgel; más que por su acción personal, por la de su fanático partidario don Antonio de Luna, poderoso señor de Loarre y de numerosas aldeas, villas y castillos aragoneses, hasta el punto de que, según cuentan las crónicas de entonces, se podía marchar desde Almonacid hasta el Pirineo, por el Norte, y hasta las tierras del de Urgel, hacia el Este, pisando posesiones de tan soberbio señor.

II Asesinato del Arzobispo de Zaragoza (4)Pero tampoco se cruzan de brazos ni duermen los partidarios de la conciencia y el derecho.

Aunque las Cortes no podían funcionar después de muerto un rey que no dejaba sucesor, se sustituían, durante tales interregnos, por unas reuniones especiales llamadas Parlamentos, en las que figuraban representantes de la nobleza y el clero y síndicos procuradores del estado llano.

Para otra ocasión dejamos el relatar a ustedes las vicisitudes de estos Parlamentos, que comienzan inmediatamente a reunirse, por lo que respecta al Principado de Cataluña, siempre adelantada en estas cuestiones, en la villa de Monblanc. Pasa después a la ciudad de Barcelona, a causa de una pestilencia de la villa; más tarde a Tortosa, y envía luego sus representantes al Parlamento aragonés de Alcañiz para conjuntar las deliberaciones. En este reino de Aragón se reunió el primer Parlamento casi un año más tarde, en la ciudad de Calatayud, pasando luego a la villa de Alcañiz; al que opusieron los recalcitrantes partidarios del de Urgel el Parlamento disidente de Mequinenza, conocida villa fronteriza, que nunca tuvo verdadero valor moral ni jurídico.

Por lo que se refiere al reino de Valencia, la lentitud de constitución y separación de criterios fueron más agudos, ya que, dividido en dos bandos irreconciliables, uno de estos -llamado“el de dentro”, por haberse iniciado en el interior de la ciudad de Valencia-  consiguió reunirse, tras largas peripecias, en Vinaroz; y el otro, nutrido por caballeros, villas y ciudades disidentes -llamado “el de fuera”, por constituirse fuera de las murallas de esta capital- llegó a situarse en la pequeña villa de Trahiguera. El primero de los bandos, “el de dentro” era acérrimo partidario del conde de Urgel.

No podemos tampoco contarles al por menor el gran número de luchas, extorsiones y disturbios que se produjeron en época tan aflictiva. Ningún detalle, pues,.de los encendidos rencores entre los Urrea y los Luna en Zaragoza, y de los Saya y Liñan de Calatayud, vinculados, respectivamente, a las familias anteriores.

II Asesinato del Arzobispo de Zaragoza (5)Nada, tampoco de la guerra promovida en Lérida entre los deudos del conde de Pallas y el obispo de Urgel; ni de los encontrados egoísmos de los Centellas y los Vilaragut valencianos, apoyados los últimos por el Justicia y el Gobernador del reino de Valencia, incondicionales servidores del pretendiente catalán.

En el acervo de noticias que ofrece esta interesante historia,  sólo haremos también simples alusiones a las muchas veces que el Papa Luna, Benedicto XIII -ya depuesto por el Concilio de Pisa, pero no abdicado-, tuvo que intervenir para apagar las llamas del odio y de la imcomprensión; como esa vez en que, estando en la villa de Caspe para pacificar a los seguidores de Lunas y Urreas, tuvo que ser llamado urgentemente por el Parlamente catalán para que acudiese a Zararoza con el objeto de evitar que la ciudad de Calatayud, dentro de cuyas murallas luchaban Sayas y Lifiares,’cayese en poder de don Pedro de Urrea, que ya tenia preparada su gente de armas en Aranda, o bien en las manos de don Antonio de Luna que operaba desde Almonacid, con no menos avidez de dominio.

Y hemos relatado esta intervención del tenaz Papa aragonés porque, no sólo evitó la destrucción y la muerte en torno a Calatayud sino que llevó la concordia entre los bandos, aunque sólo fuera de momento hasta hacerles convenir en la necesidad de abrir el Parlamento aragonés, precisamente en la disputada ciudad.

Sólo el indómito don Antonio de Luna siguió con la armadura puesta y en ristre la lanza, consiguiendo arrastrar en su rebeldía a la ciudad de Huesca.

Pero no fué un éxito que digamos el Parlamento de Calatayud. Y  hasta podemos afirmar que, indirectamente, dio causa al trágico y sacrílego suceso que acabó por encender las pasiones hasta el paroxismo.

Atiendan, por favor. Disuelto en sus comienzos dicho Parlamento sin acuerdos unánimes, por manifiesta obstrucción de la facción del de Urgel, el Arzobispo de Zaragoza, don García Fernánadez de Heredia, salió de la ciudad de Calatayud para retirarse al lugar llamado La Almunia de doña Godina.

Don Antonio de Luna -seguramente resentido porque la desconfianza del Justicia de Aragón no le.dejó entrar en Calatayud, hasta que lo hubieran hecho el Arzobispo y los síndicos de Zaragoza envió al prelado unos emisarios rogándole una urgente entrevista en el camino que va desde La Almunia a Almonacid.

Según, relatan las crónicas de aquellos tiempos, la cita no debía tener muy inocentes propósitos, ya que dejó apostados en celada doscientos hombres de a caballo, en un cercano bosquecillo.

El Arzobispo confiando en la palabra del señor Laorre y creyendo que la conversación giraría sobre el deseo, casi unánime, de que se prorrogase el Parlamento a la villa de Alcaniz, salió desarmado. contra su costumbre -no perdamos de vista que había sido nombrado Capitán de Zaragoza- y con un ligero acompañamiento de caballeros y familiares,

Prelado y caballero empezaron por saludarse amablemente, dándose, respectivamente los nombres de hijo y padre, y separándose de sus acompañamientos fueron conversando amigablemente durante largo espacio.

Así marchaban las cosas, cuando preguntó don Antonio:

 – ¿Estimais Señor, como éste vueso servidor, que habrá de ser rey el conde de Urgel?
-!No, mientras yo viva! -exclamó don García.
– Vivo vos, o muerto !reinará!
– Bien podrá si soy muerto; pero no siendo preso –terminó el Arzobispo, ya receloso de una celada, mientras manejaba las riendas de su cabalgadura para alejarse.

II Asesinato del Arzobispo de Zaragoza (6)En aquel aciago momento, el de Luna, enloquecido por la rabia contenida, le golpeó el rostro con el férreo guantelete, y sacando luego la espada le hirió. no muy gravemente, en la indefensa cabeza. Al salir huyendo, por no tener armas, acudieron los prevenidos escuderos del brutal señor y el que llevaba su lanza le hirió con ella en el cuerpo, que cayó pesadamente al suelo, donde fué miserrablemente degollado.

Este bárbaro y sacrílego asesinato, del que más tarde presentó don Antonio un cínico descargo ante el Parlamento General de Cataluña, tergiversando los hechos como si hubiese prestado un buen servicio a la armonía y buena marcha del pleito sucesorio, llegando en su soberbia desfachatez hasta desafiar, en singular combate, a quien osara contradecirle, fue el golpe de viento que convirtió en voraz incendio las brasas del odio y la violencia. Hasta tal punto que, desde entonces, empezaron a irrumpir por las tierras del reino de Aragón compañias extranjeras de gentes de guerra, procedentes unas de Castilla y otras de la Gascuña, bajo el dominio ingles de aquel tiempo.

Pero, volviéndose contra el propósito de los criminales, la muerte de don García Fernández de Heredia fué la causa principal de que el prestigio y fama del de Urgel fueran desvaneciéndose.

Luis Ignacio Tapia Catalán

Capitulo siguiente :  III.- LA BATALLA DE MURVIEDRO

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