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Debería estremecernos…

   /  31/01/2014  /  Comentar

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César Valdeolmillos Alonso“No hay palabra ni pincel que llegue a manifestar amor de padre”

Mateo  Alemán

Escritor español del Siglo de Oro

Hace unos días escuché decir al Presidente de de Canarias, que en los hospitales de su comunidad autónoma, había 400 camas ocupadas por personas mayores a las que se les había dado el alta clínica y a las que sus familiares no iban a recoger.

He de confesar que en principio no di crédito a estas declaraciones. Pensé que se trataba de una estrategia política para conseguir más recursos del Estado. Lamentablemente la noticia fue confirmada más tarde por personal facultativo. ¡No me lo podía creer! La información ponía de manifiesto tal indignidad, me conmovió tan intensamente, que sentí vergüenza de pertenecer al género humano.

Pero el problema no quedaba ahí. Interesado en el tema seguí investigando y averigüé que en los períodos vacacionales, puentes y festividades señaladas como Semana Santa y otras, se produce en los hospitales un considerable aumento de ingresos de personas mayores.

Ante esta realidad me vino a la mente la frase que de pequeño tantas veces había escuchado a los mayores: Un padre, una madre, es para diez hijos y diez hijos no son para un padre. Siendo pequeño, nunca llegué a entender su significado. Hoy me avergüenzo al constatar el significado de tan lacerante aguafuerte. Y pienso en la tristeza, en el inmenso vacío que en su alma tienen que sentir esos padres, y sobre todo, esas madres, que habiendo entregado su vida a sus hijos, que habiéndose privado muchas veces de lo imprescindible para que nada les faltase, hoy ellos se desentienden, miran hacia otro lado y resulta que a todos les es materialmente imposible atender a sus padres ancianos. En el mejor de los casos los soportan unos cuantos días en cada casa y a regañadientes. Ellos se sacrificaron para que sus hijos lo tuvieran todo; ahora no son merecedores de nada; estorban; son un incordio; solo causan molestias y problemas con sus manías que resultan insoportables. Por eso tienen que andar con la maleta a cuestas de casa en casa cada mes. Como decía la antigua copla: “…son como la falsa “monea”, que de mano en mano va, y ninguno se la “quea”.

¡Qué paradoja! Como la falsa “monea” y ninguna tan auténtica.

Dicen que los mayores se vuelven muy absorbentes. ¿Porque se niegan a ser un mueble y reclaman estar con todos y no aislados en otra habitación? Ellos quieren seguir siendo un miembro activo más de la familia; que se les tenga en cuenta, poder opinar y dar su parecer. Se niegan a ser ese objeto que no nos atrevemos a tirar, pero que no sabemos qué hacer con él, ni donde poner.

Cuando nosotros éramos bebés, nuestros padres nos mostraban al mundo con gozo y contento. Hoy nosotros nos avergonzamos de ellos y de sus carencias y procuramos ocultarlos a los ojos de los demás.

Si pensásemos menos en nuestro propio disfrute y solo un poco en todo lo que ellos nos han dado, nos detendríamos un instante en nuestra delirante búsqueda de una falsa felicidad, les miraríamos a los ojos y en ellos veríamos una desesperada súplica de comprensión, de cariño y de ternura. Esos ojos que amorosamente acunaron nuestro sueño; esos ojos que tantas noches velaron con entrega y angustia nuestra enfermedad; esos ojos que hoy con ansiedad nos demandan unas migajas de cariño y veríamos como nos dicen: “Mira como me encuentro… te entregué todo lo que era… mi juventud… mi energía… mi vida… todo mi ser… Hoy… ya no puedo evitar ser lo que soy… Sé que la vida ha pasado para mí; no tengo la culpa de que el tiempo me haya convertido casi en un despojo… por favor, no me rechaces… no me eches de tu vida… no me apartes a un lado del camino… sin ti, ya no me puedo valer… yo te sigo llevando en mi corazón… perdóname si alguna vez no fui como tu esperabas que fuese… no me des la espalda… dame tu mano y ayúdame…”.

Debería estremecernos mirar esos ojos llenos de angustia por lo que son y por lo que un día soñaron ser; comprobar en lo que se han convertido: el recuerdo ajado de una ilusión; algo que no sabemos dónde colocar ni qué hacer con ello; un reloj que solo espera que las manecillas marquen su hora para dejar de ser; una íntima necesidad de concluir… que se aferra con desesperación a la vida.

Debería estremecernos mirar la agonía de esos ojos que contemplan cómo se desvanece su mundo y huye hacia un ignorado no sabemos dónde; cómo han desaparecido como el agua entre los dedos de las manos, sueños, proyectos e ilusiones; como la vida que fue, se pierde en el agujero del silencio y del olvido; cómo nos abandona la esencia de lo que fuimos y se desvanece en el frío, el silencio y la oscuridad de la noche eterna.

Debería estremecernos constatar que hemos construido un mundo en el que vivir más, se ha convertido en un problema; un mundo en el que nuestros mayores no temen morir, sino vivir, porque en ese mundo, lo que prima, es el frágil envoltorio de la apariencia y la vejez representa la amarga derrota que supone el no importarle ya a nadie.

Sin embargo, no siempre fue así. El anciano, en todas las culturas, fue el sabio a quien se respetaba y del que se tomaba el consejo. El anciano ha sido, es y será la sabiduría de la experiencia acumulada, el fruto maduro para dar y darse a los demás.

Así como no se le puede poner puertas al campo, iría contra natura y resultaría imposible impedir la evolución de la humanidad. Lo importante es considerar el precio de lo que habremos de pagar, por lo que presumiblemente vamos a ganar.

Entre los objetivos de esa mudanza, debería figurar la recuperación de la cultura que consideraba un orgullo el hacer felices a nuestros mayores. Sin duda ello nos obligará a renunciar a esa aparente felicidad que buscamos en las cosas materiales y que no es otra cosa que un egoísmo sin rumbo que nos sumerge en una alocada huida hacia delante.

Pensemos que ayer nuestros padres nos cuidaron a nosotros. Hoy es nuestro deber —nuestro deber por amor— cuidarles a ellos. Tengamos presente que mañana, será de nosotros de quien tengan que cuidar. Eduquemos a nuestros hijos, haciendo con nuestros padres aquello que mañana queramos que hagan con nosotros. Porque el auténtico amor no solo hay que sentirlo, hay que practicarlo.

César Valdeolmillos Alonso

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