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Teatro de farsa

   /  02/03/2014  /  Comentar

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César Valdeolmillos Alonso“Un buen actor, es aquel que ofrece tan real la mentira, que todos participan de ella”

Vittorio Gassman

Actor y director italiano

Alguna vez he establecido la semejanza existente entre los anfiteatros de la antigüedad clásica y el Congreso de los Diputados.

Al igual que cada año se pone en escena La pasión cuando llega la Semana Santa, en el anfiteatro de la Calle San Jerónimo de Madrid, habitualmente se representa en el primer semestre de cada año, esa farsa a la que conocemos como “El debate sobre el estado de la Nación”, cuyo tema debería girar sobre la vida real del común de los españoles, pero que como en el Don Juan de Zorrilla, aunque cambien los actores, los personajes son siempre los mismos y de antemano conocemos el desenlace de la obra.

Los buenos, son malos, malísimos y, los infames resultan ser los salvadores de una historia de enredo, en la que al final, las medias verdades, el equívoco, la ocultación, el disimulo, el fingimiento, la demagogia y la mentira se erigen en la tramoya sobre la que se articula la farsa, a la que nosotros, que aparentemente somos el objeto de la misma, acudimos como mudos espectadores.

Con estupefacción y perplejidad contemplamos como el causante de nuestras desdichas y miserias, acusa a su antagonista de todos nuestros males y se erige el ángel salvador de tan nefasta forma de actuar.

Pero se da una paradoja y es que como no existiría el bien de no prevalecer el mal, ni la noche sin el día, resulta que cuanto más malo es el aparentemente bueno, más bueno hace al presuntamente malo, de tal forma que el mudo y confundido espectador termina siempre por no saber quién es quién y con la sospecha de que está siendo una marioneta en manos de los antagonistas.

No sé si la representación es un sainete, una bufonada o un drama en el que el primero en aparecer en escena es el protagonista, después está previsto que haga su presentación el antagonista, más tarde los personajes secundarios y en el gallinero los palmeros o abucheadores según el caso. Todos ellos en conjunto, ficticiamente constituyen dos fuerzas que se contraponen y entran en colisión; que según sus mutuas recriminaciones, supuestamente persiguen objetivos absolutamente enfrentados. Pero solo supuestamente. En el fondo solo persiguen permanecer el mayor tiempo posible en el centro del escenario bajo el círculo que dibuja el foco luminoso de la tramoya, dejando en sombra a todos los demás.

Los personajes que mayor notoriedad adquieren en el transcurso de sus distintas representaciones, son aquellos que encarnan a los protagonistas y antagonistas. Son quienes condensan el conflicto; quienes lo llevan hasta sus últimas,  y a menudo, dramáticas consecuencias. Consecuencias que soportamos sufridamente aquellos que, como el soldado que se presenta voluntario forzoso para una misión suicida, además, pagamos la entrada para contemplar tan descorazonador espectáculo.

Lo sorprendente, es que casi todos los actores coinciden en las grandes perspectivas de permanecer bajo los focos del escenario que suelen tener los malos, los villanos de la obra. Por ello buscan denodadamente alcanzar sus metas más allá de toda lógica; retrasan la solución del conflicto, aunque los destinatarios de la obra, generalmente no estén de su lado, ni quieran que triunfen. Son inescrupulosos, actúan por fuera de la ley, de la moral o de los valores de cada libreto. A fin de cuentas, son los infames, los traidores y desleales, quienes a la postre, cuanto más creíbles son sus maldades, cuanto más odio y bronca generan, son recordados por el público.

Lo cierto es que este no es el tiempo de los malos, sino el de los peores, pero como pretexto para alzar el telón del gran teatro del mundo, los actores utilizarán la eterna lucha entre el bien y el mal.

A la postre, como dijo el príncipe de los ingenios,

No olvides que es comedia nuestra vida

y teatro de farsa el mundo todo

que muda el aparato por instantes

y que todos en él somos farsantes;

acuérdate que Dios, de esta comedia

de argumento tan grande y tan difuso,

es autor que la hizo y la compuso.

Al que dio papel breve,

solo le tocó hacerle como debe;

y al que se le dio largo,

solo el hacerle bien dejó a su cargo.

Si te mandó que hicieses

la persona de un pobre o un esclavo,

de un rey o de un tullido,

haz el papel que Dios te ha repartido;

pues solo está a tu cuenta

hacer con perfección el personaje,

en obras, en acciones, en lenguaje;

que al repartir los dichos y papeles,

la representación o mucha o poca

solo al autor de la comedia toca.

César Valdeolmillos Alonso

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