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El poder moderador del Rey

   /  11/06/2014  /  Comentar

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Francisco Rodríguez BarragánNuestra Constitución, en su artículo 56, dice que el Rey es el Jefe del Estado y símbolo de su unidad y permanencia, arbitra y modera el funcionamiento regular de las instituciones y asume la más alta representación del Estado español en las relaciones internacionales, declara que la persona del Rey es inviolable y no está sujeta a responsabilidad, pues de sus actos serán responsables las personas que los refrenden, es decir el Gobierno.

Está claro que el Rey carece de poderes, la potestas, el poder corresponde al Gobierno que la ejerce a través de su estructura jerárquica que utiliza el poder coercitivo que, en principio, resulta socialmente reconocido. Son los cambiantes gobiernos los que dictan leyes y normas de obligado cumplimiento y tienen los medios para imponerlas a los ciudadanos. 

Pero el encargo constitucional de arbitrar y moderar el funcionamiento regular de las instituciones, requiere que el Rey tenga la autoridad, la auctoritas, que es un saber socialmente reconocido, que hay que adquirir mediante un esfuerzo sostenido, para estar por encima y más allá de las luchas de poder, de los intereses partidarios.

Solo será posible el papel moderador del Rey si su auctoritas nace de un bien desarrollado sentido común, de una conducta intachable, desprendida, generosa, capaz de acercarse a los ciudadanos y comprenderlos, capaz de señalar los fallos y las equivocaciones que cometan las instituciones. Podrá moderar y arbitrar cuando sus observaciones y sugerencias tengan el suficiente peso para ser escuchadas por los que detentan la potestas, sin que el ser aceptadas o rechazadas merme para nada su auctoritas.

Si la actividad política ha de tener como objetivo el bien común, el primer servidor del bien común ha de ser el Rey, cumpliendo aquello de quien quiera ser el primero sea el último y el servidor de todos.

Es de suponer que el nuevo Rey llega bien preparado para el ejercicio de su papel pero, además de estar al corriente de lo que pasa en Europa y en el mundo, ha de conocer nuestra situación real, en los ámbitos internacionales, por encima de las visiones interesadas y partidistas. No podemos reducir el papel del Rey al de mero agente de la marca España.

Desempeñar adecuadamente el papel de Rey exige más tiempo de reflexión que de distracción. Exige un gran amor por la verdad y la justicia, lo cual implicará sin duda problemas y sacrificios. La influencia moderadora hay que ganarla cada día, demostrando con hechos que el bien común de los españoles está por encima de cualquier otro interés. Por supuesto que habrá de sufrir tensiones importantes con los gobernantes investidos de potestas, si tiene que llamarles la atención por sus conductas inapropiadas.

Los fundamentalistas democráticos estarán siempre amenazando con abolir la monarquía parlamentaria para sustituirla por algún tipo de república. La conducta del Rey tendrá que demostrar día a día que se puede amar y servir a España sin necesidad de ser elegido en las urnas, ni encabezar ningún partido monárquico.

Esperemos que el nuevo Rey Felipe VI satisfaga los deseos de paz, justicia y prosperidad que tenemos los españoles. Por mi parte pido a Dios que le dé  larga vida y acierto en sus decisiones.

Francisco Rodríguez Barragán

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