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Sin aliento, sin pálpito, sin vida

   /  16/06/2014  /  1 Commentario

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Juan Ramírez CuetoLa casual posición de girondinos y jacobinos en la Asamblea Constituyente en la Francia revolucionaria de 1792, dio origen a los términos políticos de derecha e izquierda mantenidos hasta hoy a nivel planetario. La derecha, en aquella Asamblea defendía la tradición y la monarquía; la izquierda una Francia revolucionaria bajo el grito de: “libertad, igualdad y fraternidad.”

El devenir de la historia y de la política – que casi siempre es su corazón- ha ido estrechando esa brecha ideológica dentro de la cual, unos se han movido más que otros. La derecha ha cambiado poco. Mantiene intactos los andamios ideológicos de fondo, es decir, la estructura de su pensamiento y lo que ha hecho ha sido una adaptación breve y leve a los tiempos. En la izquierda la cuestión es más profunda: de una parte el socialismo internacional ha ido paulatinamente descolgando principios de su traje programático acercándose sigilosamente al comienzo, de una manera descarada después, a postulados base de la derecha en busca de un espacio de centro y moderado que los avatares de la historia ha acabado por fulminar. En ese tránsito sin voceríos para no ahuyentar a las bases, el socialismo internacional abraza la denominada socialdemocracia, un travestismo que no deja de ser un batiburrillo ideológico, un corta y pega, que descabeza la tradición política quedando engullida en la eficiente estela de la derecha internacional que siempre ha estado allí señalando dónde las ovejas, incluso negras –rosadas en este caso- pueden pastar bajo la atenta mirada de su progenitores.

En ese afán recaudatorio del espacio de centro, el socialismo español no ha perdido tiempo y ha pagado todos los peajes que la derecha le exigía si quería optar a protagonizar algún papel en la política. No hay que olvidar que la oposición es siempre necesaria para el que ostenta el poder. Mejor una oposición domesticada.

En ese trayecto, Felipe González –anulada la dirección socialista de Suresnes y liberado de Isidoro- se rodeó de formados socialdemócratas, algunos de ellos en universidades de prestigio internacional y armado de un calendario de hierro, implacable, como había prometido a los dirigentes internacionales de una Europa en pañales, amenaza a los suyos, en un Congreso histórico, con una espantá si el listado no se aplica: abandono del marxismo (él nunca había sido marxista), profunda reconversión industrial (cuyo coste fue la Huelga General seguida masivamente) y, la inclusión de España en la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). Lo “de entrada, no” fue una pantomima dirigida a las bases confusas. Los privilegios de la Iglesia (la católica, digo) se mantuvieron intactos. Y otro aspecto nada baladí: el reconocimiento de la Monarquía (cuyo apoyo explícito es patente a día de hoy tras la abdicación de Juan Carlos). La República, su reivindicación, queda en la letra pequeña del Programa y sólo porque su eliminación definitiva como forma de estado podría causar importantes problemas internos, aunque no, precisamente, en la capa dirigente. Es así, como hoy, el Partido Socialista Obrero Español es un Partido monárquico/republicano en voz de Rubalcaba.

En el campo social, recuperó conquistas históricas y aplicó otras. Se avanzó en derechos sociales y fue timorato en otras cuestiones importantes que ahora cabe recodar (aborto, por ejemplo). Pero eso era su peaje personal ante unas bases encendidas, primero porque detectaban cercano el poder y, después, por la victoria clamorosa de González en las elecciones generales. También creó la figura del vicepresidente, estudiado guión cuyo papel de látigo justiciero cumplió a la perfección Alfonso Guerra, un personaje (diputado desde hace 37 años) que no es para la historia más que un bufón –político, se entiende. Carne de mítines. Traca. Vocerío. Hoy, también, defensor de la Monarquía.

La etapa de González en el poder con su apuesta por Europa, no por una Europa social precisamente, sino, dicho claramente, por la Europa del capital situó sin fisuras al socialismo español, convertido ya, programa en mano, en socialdemócrata, en la órbita de la derecha política que entonces, más tímidamente que en los tiempos actuales, enarbolaba la bandera de “la economía” por encima de la política. Mientras con ese gesto, nada teórico, la derecha ejecutaba sus principios ideológicos, los socialdemócratas, timoratos, nadando entre dos aguas, buscaron su lugar. Y lo encontraron para la plena satisfacción de la derecha más reaccionaria, la derecha que hoy llaman con el eufemismo de “los mercados” cuando tiene nombre y apellidos.

Ese lugar en el que se situó la socialdemocracia española era el de ejecutor de políticas antisociales que la derecha no podía hacer ante el temor de una respuesta contundente de la ciudadanía (léase, gobierno de Aznar). Y ese papel histórico le tocó a Rodríguez Zapatero fundamentalmente; un político débil de carácter y formación, zarandeado constantemente por los miembros de su propio gobierno como ahora hemos leído (libro de Solbes, por ejemplo) en esa vorágine de memorias que tantos beneficios aporta a ciertas editoriales.

La lamentable lista de “medidas anticrisis” (digo lamentable para la clase media y trabajadora) que Zapatero recitó en el ya histórico debate del Estado de la Nación, no hizo más que confirmar ese papel de la socialdemocracia española que consiste, como ya he explicado, en allanar el terreno a la derecha para que, una vez terminada la obra, ésta pueda transitar sin grandes sobresaltos…o los imprescindibles, por importantes que sean, como ocurre en la situación actual.

Al margen de las decisiones con profunda afectación a las clases menos favorecidas como la supresión de las revalorizaciones de las pensiones, de las ayudas a los parados de larga duración (portazo al Pacto de Toledo), la eliminación de la retroactividad en la dependencia, reducción de los salarios públicos, recorte del gasto farmacéutico etc., la mayor aportación del socialdemócrata Zapatero al programa de la derecha internacional –y por ende la mayor traición a las clases que decía defender- es el acuerdo firmado con Rajoy para reformar la sacrosanta Constitución respecto “a la estabilidad presupuestaria a medio y largo plazo” que recoge la limitación del déficit de las administraciones públicas. Esa medida, esa reforma constitucional promovida por Zapatero, es la tumba para todas las políticas sociales de cualquier administración pública y la gran puerta de entrada a la privatización de estos mismos servicios públicos. Es, lisa y llanamente, lo que la derecha nunca se atrevió a hacer.

Y Rubalcaba estaba allí y Guerra estaba allí y Chacón estaba allí… y tantos otros hoy, de memoria olvidadiza, estaban allí jaleando a su líder con eternos aplausos que rebotaban en el hemiciclo y cuya onda expansiva, sin amortiguar, llegaba, dolorosamente, a tanta y tan gente que vive, sólo, de la fuerza de su trabajo y que espera de los gobiernos que sostiene económicamente, al menos, unos servicios que le faciliten vivir dignamente. Simplemente una vida digna. Y lo que es moralmente más importante: que no les traicionen.

El recorrido del “comunismo” oficial (atención al entrecomillado) -los llamados partidos comunistas europeos- en esa etapa es también significativo. Aún arropados por un importante número de militantes y simpatizantes los dirigentes “comunistas” europeos encabezados por Berlinguer, Carrillo y Marchais (secretarios generales de sus respectivos partidos en Italia, España y Francia) encabezaron el movimiento al que llamaron “eurocomunismo” que no era otra cosa que soltar lastre respecto a la Unión Soviética buscando una adaptación de sus principios a una realidad, fundamentalmente europea, en la que encajaban difícilmente.

Allí, en el panorama político general, abandonado, se encontraba el campo del socialismo en el que encontró acomodo el eurocomunismo; pero ocurrió lo que tenía que ocurrir: los ciudadanos ya no se fiaban de las cosechas que se podrían producir en esos campos yermos de ideología y tampoco de esa transmutación “comunista”. Tropezar en la misma piedra, aunque ocurre, no es consustancial al ser humano.

Perdida su identidad fundamental no bastó al “comunismo” oficial abominar de la dictadura estalinista ni del concepto de partido único. Afanado en la búsqueda de nuevos mensajes, desterró de sus consignas la más pacifista de la historia: “proletarios de todos los países, uníos”, una llamada a la unión de los desfavorecidos que la derecha internacional ha untado siempre de una violencia inexistente; otra cuestión es el uso dictatorial, violento, que de esta consigna han hecho las dictaduras varias que en el nombre del comunismo teorizado por Marx y Engels y sintetizado en la frase “de cada cual según su capacidad, a cada cual según su necesidad” han ejercido y ejercen la represión brutal contra sus pueblos, desde la ideológica hasta la física.

En el campo abandonado por el socialismo los “comunistas” oficiales enterraron también sus principios y, ajenos, a los avisos de los escarmentados ciudadanos intentaron elaborar programas que pasaron desapercibidos. Aislados, abandonados por sus presuntos seguidores, buscaron la salida en la captación de todas aquellas asociaciones y grupos que, por motivos varios se declaraban de izquierda: ecologistas, republicanos diversos, ecosocialistas y progresistas en general. La batidora no ha logrado parir un producto digerible y ahí sigue Izquierda Unida en una lucha constante contra la división y, actuando, para eso habitan el abandonado campo del socialismo, como la muleta que la socialdemocracia necesita para caminar.

Abrasados por la política antisocial de la derecha, decepcionados por un socialismo que ha devenido en un centro político difuso y tambaleante e incrédulos ante una izquierda “real” monaguillo de muchas liturgias socialdemócratas, los trabajadores y las clases medias –mayoría de la población no lo olvidemos- observan el amplio desierto mirando a un horizonte cada vez más lejano, más oscuro , y, como dije en alguna ocasión, sin aliento/sin pálpito/ sin vida.

Quizá la esperanza se asiente, tímidamente, en los movimientos ciudadanos –presentes hoy- que surgen desde la base social como burbujas activas que advierten del brutal robo de derechos y libertades.

Juan Ramírez Cueto

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1 Commentario

  1. García dice:

    Impecable artículo.Verdades como puños. Felicidades al autor.

Gracias por elegirnos

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