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Los pilares de la Monarquía española

   /  25/06/2014  /  Comentar

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César Valdeolmillos Alonso“El que pide con timidez se expone a que le nieguen lo que pide sin convicción”
Maximilien Robespierre
Abogado, escritor, orador y político francés

A requerimiento de una periodista sobre el origen de su reinado, el entonces rey Juan Carlos respondió: “Yo era sucesor de Franco, sí, pero heredero de diecisiete reyes de mi familia.”

El 22 de noviembre de 1975, Juan Carlos I era proclamado Rey de España por unas Cortes que únicamente lo aceptaban porque así lo había ordenado Franco. Fue esta la última orden, que al trágala y con no poca repugnancia, obedeció la corte pretoriana del dictador. 

A los ministros Carro y Sánchez Ventura, enviados por La Zarzuela como portadores de ciertos detalles con relación al protocolo a seguir para la ceremonia de proclamación, Alejandro Rodríguez de Valcárcel —uno de los personajes más reacios a la proclamación de don Juan Carlos— los despidió sin miramientos.

En definitiva, como presidente de las Cortes, del Consejo del Reino y de la regencia, él era el anfitrión y señor de la casa. Él convocaba. Él ponía el hemiciclo, el estrado, los maceros, las tribunas. Él tomaba juramento, él proclamaba. Por tanto, el que mandaba y dirigía el cotarro era él.

No hay más que observar con atención las caras de quienes rodeaban a Juan Carlos I en el acto de su juramento. Eran caras de irónica autosuficiencia, de corrosivo recelo, cuando no de un encono manifiesto. La escena era histórica. Un Rey sitiado por el franquismo.

¡Qué diferencia con la equivalente de su hijo, el hoy Rey Felipe VI!

Al final, el padre —un Rey acorralado por la facción más dura y nostálgica de un régimen que había iniciado el camino de su propia descomposición, pero que en su patética ceguera no estaba dispuesto a ceder un palmo de sus posiciones— tuvo el coraje y los arrestos necesarios para que imperase aquello que le era inherente e inseparable a la corona española.

Casi cuarenta años después, el sucesor, en una situación de solidez y aceptación que para sí hubiese querido su padre, retrocede ante unos pocos que le rechazan, renunciando a los símbolos que confirieron su razón de ser a la Monarquía española.

Felipe VI, intentando complacer y lisonjear a quienes zafiamente le pedían que se presentase a las elecciones, ha protagonizado una proclamación absolutamente laica, exquisitamente enmascarada en la ajustada indumentaria de la aconfesional. Del acto de su juramento fue retirado cualquier símbolo que pudiese hacer referencia o evocar la religión. De de la Corona tumular de España, solo le faltó eliminar la cruz que se asienta sobre el orbe superior de la misma y que es el emblema de la catolicidad de la Monarquía Española.

Ignoro si alguien le habrá dicho a Su Majestad Católica Felipe VI, Canónigo honorífico y hereditario de la Iglesia Catedral de León y de la basílica de Santa María la Mayor en Roma; Bailío Gran Cruz de Justicia con Collar de la Orden de Constantino y Jorge de Grecia; Bailío Gran Cruz de Honor y Devoción de la Soberana Orden Militar de Malta; Gran Cruz de la Legión de Honor y de la Orden Nacional del Mérito entre los numerosos títulos inherentes a la corona española, que el Catolicismo no es un perifollo ornamental de la Monarquía española que se utiliza a gusto del consumidor o según la conveniencia de las circunstancias. Durante casi 1500 años ha sido su razón de ser desde Recaredo hasta Juan Carlos I. El propio Claudio Sánchez Albornoz, presidente de la II República en el exilio, la describe como “la rodela de Europa frente al Islam” y junto a la Filosofía Griega y el Derecho Romano, ha llevado la Luz del Evangelio hasta el último rincón de la tierra en el nombre de los reyes que han precedido en el trono a Felipe VI.

No hubiese estado demás que Su Majestad y nuestra clase dirigente, hubiesen tenido en cuenta —si es que lo han leído— algunas de las ideas que el pasado 8 de Mayo expuso en Berlín el Presidente de la República de Hungría, Viktor Orbán, sobre “Las raíces cristianas de Europa” (*1).

Solo personajes de gran fuste han sido capaces de soportar el enorme peso histórico de la corona española, pues no en vano, gracias a las epopeyas lideradas por los diferentes reyes católicos españoles, media Humanidad le habla a Dios en español y gracias a la misión histórica de la Monarquía católica española, hoy tenemos un Papa argentino cuya lengua materna es el español y a quien por cierto visitarán en breve los nuevos monarcas españoles.

Sin embargo, bajo la apariencia de opuestos modos de proceder entre padre e hijo ante un mismo hecho —su exaltación al trono de España— existe una perfecta sincronía entre ambos, nacida de un superior interés común, en atención al cual, puntualmente es conveniente girar en la misma dirección en la que sopla el viento. En 1975 Juan Carlos I, giró del ya inútil azul del movimiento, al esperanzador azul de la democracia, asumiendo los valores y tradiciones de todos los reyes que le precedieron.

En 2014, como soplan vientos laicistas y sus valedores cuestionan la legitimidad de la corona, su hijo y heredero Felipe VI, ha estimado prudente ser flexible, inclinarse ante las corrientes más radicales e ignorar y ocultar la propia razón de ser, sobre la que durante casi 1.500 años se han asentado los fundamentos de la Monarquía española.

Quizá hoy más que nunca y ante los hechos de que estamos siendo testigos, sea aplicable la famosa sentencia de René de Chateaubriand: “Soy borbónico por sentimientos de honor, monárquico por convicción razonada y republicano por temperamento”.

Es lógico y hasta necesario adaptar el vetusto edificio a las necesidades de quienes lo habitan, pero cuidémonos de no debilitar los pilares que lo sustentan, si no queremos que se desplome.

César Valdeolmillos Alonso

(*1) www.revistalarazonhistorica.com/26-15

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