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Nuestra democracia: una tragicomedia

   /  23/02/2015  /  Comentar

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Cándido Marquesán MillánEl título que encabeza este artículo está plenamente justificado. Nuestra democracia, extensible al resto de las democracias de los países de la Unión Europea es una tragicomedia, según el significado del Diccionario de la lengua española: Obra dramática con rasgos de comedia y de tragedia.

En cuanto a la parte dramática, no creo sea necesario insistir, porque es obvio. El pasado día 18 de febrero la portavoz de un Grupo Parlamentario dijo en la tribuna del Congreso de los Diputados “4 millones de españoles no pueden mantener la vivienda a una temperatura adecuada. Según un informe de la Organización Mundial de la Salud, la pobreza energética causa más de 7.000 muertes prematuras al año. El 51% de los desempleados no tienen ningún tipo de cobertura. Hay 13 millones de ciudadanos en riesgo de pobreza y exclusión, y 1.800.000 hogares en los que todos sus miembros están en paro. En definitiva, la desigualdad, la injusticia, el paro, la pobreza por doquier”.

Según el recientemente publicado Tercer Informe de crisis 2015: la pobreza y las desigualdades en aumento de Caritas Europa -institución nada sospechosa de radical, bolivariana o populista- el impacto de la crisis revela niveles preocupantes de pobreza y privación en los siete países de la UE más afectados por la crisis económica: Chipre, Grecia, Irlanda, Italia, Portugal, Rumania y España. Después de más de 6 años de crisis económica la gente pobre todavía está pagando por una crisis que no han causado, y los pobres son cada vez más pobres. La UE y sus Estados miembros como solo se centran en la crisis actual en las políticas económicas – a expensas de las políticas sociales, el resultado de ello, un impacto devastador en los pueblos de Europa. El fracaso de la UE y sus Estados miembros para prestar apoyo concreto en la escala necesaria para ayudar a aquellos que tienen dificultades, para proteger los servicios públicos esenciales, y para crear empleo, significará una prolongación de la crisis.

Muestra una Europa donde la cohesión social se desvanece y donde la confianza de la gente en las instituciones políticas es cada vez más débil. Esto crea un riesgo para Europa en una mayor escala a largo plazo, como el racismo, la xenofobia y la propagación del odio se intensifica. El malestar social se ha incrementado en un 12% en los últimos cinco años, más alto que cualquier otra región del mundo. Con el informe, Caritas Europa cuestiona fuertemente el discurso oficial que sugiere que lo peor de la crisis económica ya ha pasado. La crisis no ha terminado.

Ahora pasamos a la parte cómica. Nuestra democracia es una pura farsa. Voy a fijarme especialmente en la nuestra. Los diferentes medios de comunicación nos están obsequiando desde hace tiempo, prácticamente todos los fines de semana con sondeos y prospecciones electorales. De verdad, ya vale. Los ciudadanos de a pie, estamos hartos ante semejante avalancha. ¿Cuál es el objetivo de tantos sondeos? ¿Orientar o desorientar al potencial electorado? ¿O tener entretenido o despistado al personal? ¿Y qué podemos decir de esas tertulias políticas en algunas cadenas de televisión, donde nadie se escucha, y que cada cual va soltar su discurso sin exponer propuesta alguna? ¡Vaya ejercicio de democracia! Es desolador. Es puro teatro.

Cabe pensar que llegarán algún día las elecciones municipales y autonómicas. En tres fechas diferentes. Luego cuando le apetezca al de plasma, las nacionales. Las campañas serán insufribles. ¿O no lo son el soportar durante varias semanas en los mítines a los Floriano, la Cospedal, Aguirre, Soraya Sáenz de Santamaría, Rajoy, Sánchez, Iglesias, Garzón desgranado sus respectivos programas electorales, que no se van a cumplir, redactados por algún fontanero del partido a base de cortar y pegar de los de las elecciones anteriores, con los correspondientes días de reflexión? ¿Sirven para algo las campañas electorales? Más teatro.

Y por qué hablo de teatro. Cualquier ciudadano lo puede entender. ¿Sirven para algo las votaciones? ¿Qué decidimos realmente los ciudadanos con nuestro voto? Nada, en todo caso, muy poco. La prueba la tenemos con las últimas elecciones en Grecia, en las que una parte del electorado en base a un programa electoral votaron a Syriza. Todo el programa electoral al cubo de la basura, porque la Troika, es decir, la Comisión Europea, el BCE y el FMI así lo han decidido. Y punto. Y esto es un aviso a navegantes. La conclusión es clara. La ruta está marcada a sangre y fuego, pero no por los ciudadanos europeos. Si las grandes decisiones se toman por estas instituciones, a las que nadie ha elegido, las elecciones sobran. Por ende, bastaría que unos funcionarios-informáticos en los Ministerios de Economía de cada país miembro de la UE, se limitarán a cumplir las ordenes transmitidas telemáticamente del Sr. Draghi, sobre el déficit público, la subida de las pensiones, los recortes del Estado de bienestar, dándole a la tecla de un ordenador.

Por ello, hablar de democracia en la UE es un sarcasmo. Mi visión la constatan otros muchos. Álvaro García Linera, vicepresidente de Bolivia el diciembre del pasado 2013 en el IV Pleno del Congreso del Partido de la Izquierda Europea dijo “Una Europa que languidece, abatida, ensimismada y satisfecha de sí misma, hasta cierto punto apática y cansada. Atrás ha quedado la Europa de las luces, de las revueltas, de las revoluciones. “No es el pueblo europeo el que ha perdido la virtud ni la esperanza, porque la Europa a la que me refiero no es la de los pueblos”. Esa, “está silenciada, asfixiada” y “la única Europa que vemos es la de los grandes consorcios, la Europa neoliberal, la de los mercados y no la del trabajo”. “Una democracia sin esperanza y sin fe, es una democracia derrotada. Una democracia fosilizada. En sentido estricto, no es una democracia”. Según Daniel Bensaïd “Se ha producido tal degradación de la democracia, que hemos llegado al storytelling en política. Alistair Campbell, consejero de Tony Blair, lo escribió “El objetivo es ganar las elecciones y para ganarlas hay que decirle a la gente lo que quiere oír y encontrar a quien lo dice bien. ¿El programa? Ya veremos luego. El resultado es que no hay debate, no hay convicción, no hay propuestas ni argumentos. Ya no estamos en democracia, estamos en demagogia. Estamos en un plebiscito permanente”.

Cándido Marquesán Millán

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