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Una sociedad acongojada e indecente

   /  17/03/2015  /  Comentar

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Cándido Marquesán MillánEl verdadero problema de esta sociedad para salir de esta crisis,  que está generando tanto sufrimiento, es el miedo. Este sentimiento extendido como una pandemia explica en buena parte nuestra poca capacidad de respuesta ante tantos atropellos y desmanes por parte de una minoría, a la que está subordinada, cual si fueran sus mayordomos, la clase política. Clase política que a través de su poder institucional humilla a la sociedad. De ahí el término de sociedad indecente. Avishai Margalit en su libro La sociedad decente se pregunta: ¿Qué es una sociedad decente? Una sociedad decente es aquella cuyas instituciones no humillan a las personas. No hará falta insistir que nuestros actuales gobernantes nos están humillando. Y nos humillan, porque se aprovechan de nuestro miedo. Mientras el miedo siga en el mismo sitio, las élites, tal es su voracidad,  nos seguirán dando más vueltas de tuercas. De ello deberíamos ser conscientes. En este mundo globalizado, donde impera la sacrosanta e incuestionable competitividad, para competir con Bangladesh, donde a Amancio Ortega una camiseta le cuesta un céntimo, todavía nos falta mucho camino por recorrer. Es una tesis que la ha explicado muy bien Josep Fontana, mientras las clases pudientes desde la Revolución Francesa tuvieron un enemigo delante, se vieron obligados a hacer concesiones. Tras la caída de la URSS no tienen enemigo alguno que les inquiete, por ende estamos donde estamos. Y ese miedo, que conlleva grandes dosis de resignación, es nuestro verdadero enemigo. Obviamente pueden aducirse diferentes razones para explicar este miedo. Yo voy a presentar una, que me la ha propiciado la lectura del libro extraordinario Desenterrar las palabras. Transmisión generacional del trauma de la violencia política del siglo XX en el Estado español de Clara Valverde Gefaell. Quienes tenemos arraigada la costumbre de la lectura, de vez en cuando cae en nuestras manos algún libro que nos impacta.

Es importante, ético e imprescindible para nuestra democracia el conocer los hechos ocurridos a nuestros abuelos y nuestros padres en la Guerra Civil, la dictadura y la posdictadura, para saber quiénes somos y cómo somos. Es una obviedad. Pero el libro citado no trata de los hechos históricos, sino de las razones por las que no se habló de ellos y las secuelas de ese silencio en la tercera generación, la de los nietos. Lo que no se pudo decir por el miedo, la represión o el desbordamiento psíquico, fue transmitido por nuestros abuelos a nuestros padres, y a nosotros de una forma no verbal, a través del inconsciente. Los silencios son frecuentemente mucho más explícitos que las palabras. Esto es la transmisión generacional. Hemos heredado aspectos nocivos del impacto negativo de nuestros ascendientes sin apercibirnos de ello. Los expertos en la transmisión generacional, cuestión no estudiada en nuestro país, señalan que si una sociedad no elabora los traumas causados por la violencia política del pasado, sus efectos nocivos interfieren en futuras generaciones, efectos como la necesidad de tener enemigos, polarización, vergüenza, victimismo, venganza y miedo a denunciar el poder  En el Estado español, el trauma transgeneracional no se ha abordado.

En buena parte  de nuestro siglo XX han estado presentes la represión, la violencia y el terror desde las instancias del Estado, que marcaron implacablemente el vivir y el sentir de nuestros ascendientes. De ahí el miedo, y el silencio que provoca el miedo que sintieron, y que  nos han transmitido, y que no ha desaparecido hoy de nuestras vidas. Miedo  que puede servir para explicar muchos de nuestros comportamientos actuales ante la crisis que nos invade.

Un miedo infundado es una de las secuelas más comunes de esa transmisión generacional de la violencia política, y que no somos conscientes del miedo que hay detrás de frases como: “Ten cuidado con lo que dices”, “No te signifiques”, “No hay nada que hacer”, “Es lo que hay”, etc.

El miedo a la autoridad está en muchas de nuestras actitudes. Por ejemplo, si estamos disconformes con el funcionamiento de un servicio público, en lugar de reclamar ante la persona responsable, nos quejamos interiormente, o a una persona que también tiene miedo de enfrentarse al poder. Perdemos mucho tiempo hablando sobre lo que diríamos al poder, pero poco hablando directamente al poder. Numerosas ocasiones afirmamos, con rabia, otro sentimiento heredado: “le hubiera dicho… y cuando te dijo tal cosa, yo le hubiera dicho”. Ese le hubiera dicho, que no lo decimos ni lo diremos nunca, es una prueba concluyente de nuestro miedo contra el poder.

Con frecuencia dejamos pasar, sin oponernos a injusticias y malos tratos en el mundo laboral, social, familiar por miedo. No solo nos callamos ante el poder ( y sin embargo nos desahogamos con los amigos en la barra del bar), sino que, cuando alguno tiene el coraje o las agallas de enfrentarse al poder, sobre todo desde el ámbito familiar, aduciendo que lo hacen por nuestro bien, intentan impedírnoslo para evitarnos problemas. Las frases “No te signifiques” o “No te des a notar” recuerdan y son una herencia de la dictadura. Muchos de nuestros abuelos por haberse significado políticamente fueron represaliados brutalmente ellos y miembros de su familia. Y en el sumo de la perversidad perfectamente organizada les hicieron sentirse culpables.

Al pretender que no nos signifiquemos, lo que se nos está diciendo es, no te metas en política. Es obvio que la represión no es la misma que en la dictadura, pero vivimos con miedo de manifestar nuestras ideas, por decir lo que pensamos. Ahora no necesitan reprimirnos. Lo hacemos nosotros mismos. Nos autocensuramos y censuramos a la gente en nuestro entorno. Con el “ten cuidado”, frenamos a los demás y a nosotros mismos de ser libres y de luchar contras las desigualdades y los privilegios. Ese miedo extendido y heredado como una plaga en muchos de los españoles, lo conocen y lo usan desde el poder para imponernos tantas y tan dañinas injusticias como estamos sufriendo en la actualidad. Y si alguno tiene la osadía de enfrentarse al poder, conocemos todo el aparato legal instaurado a nivel legal por parte del gobierno actual para castigarlo y reprimirlo, e infundirle de nuevo el miedo.

Evidentemente una cosa es hablar del miedo y sus consecuencias expuestas con claridad. Otra muy distinta, lo entiendo, es liberarnos de ese miedo tan arraigado. Pero lo que es claro que debemos librarnos de él, si queremos salir de esta explotación. Según Jean Delumeau en El miedo en occidente, hasta la Revolución Francesa sentir miedo era una indignidad. Montaigne lo asignaba a las gentes humildes e ignorantes, era una debilidad que no correspondía a los héroes y los caballeros. En cambio, hoy no es una vergüenza sentirlo ni manifestarlo. Una sociedad sin valientes  es una sociedad impedida para cumplir su destino y presta a la disgregación.  .

Como muy bien señala Jorge Riechmann en su libro Autoconstrucción. La transformación cultural que necesitamos, donde muestra su preocupación por un más que factible desastre total medioambiental en el planeta Tierra, que podría poner en peligro la supervivencia de la especie humana en este Siglo de la Gran Prueba, deberíamos construir nosotros, nuestra generación, una contundente respuesta por solidaridad con nuestros muertos (nuestros antepasados) y con las generaciones futuras. Indica que hemos recibido una extraordinaria herencia: desde milenios, muchas personas decentes han luchado a muerte contra el patriarcado, el militarismo, las sociedades de clases, la explotación, la violencia, la humillación, las múltiples formas de dominación. Muchas de esas personas han sacrificado su felicidad, su integridad física, y hasta su vida por el bien común de la sociedad; en definitiva por la justicia, la libertad, igualdad y la sustentabilidad. Nos legaron el Estado de bienestar, que no fue un regalo divino, sino producto de muchas luchas encarnizadas. Riechmann nos lanza a la cara de una manera provocadora: ¿Vamos a dejar a nuestros muertos en la estacada? Por lo que estamos observando, por nuestro miedo atroz, sí que los vamos a dejar en la estacada. Termina Riechmann, como alguna vez escribió Walter Benjamin, la fuerza de las luchas en el presente se alimenta más de las imágenes de los antecesores esclavizados y no del ideal de los descendientes liberados, aunque estas generaciones futuras también deberíamos tenerlas presentes.  Merece la pena destacar que ya existen varios países que han consagrado en sus constituciones la gobernanza intergeneracional y de las generaciones futuras. Por ejemplo, en la Constitución de Noruega en su artículo 110(b) se establece que los recursos naturales deben salvaguardarse para las generaciones futuras. Mas en los tiempos actuales nuestros políticos tienen una visión cortoplacista, ya que los no nacidos no votan.

En definitiva, deberíamos, qué menos, conservar las conquistas políticas, sociales, económicas de las generaciones que nos precedieron, aunque solo fuera para transmitirlas íntegras a las generaciones futuras. Es lo mínimo.

Cándido Marquesán Millán

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