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Las obras de misericordia ¿son una antigualla? (2)

   /  01/04/2015  /  Comentar

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Francisco Rodríguez BarragánComo decía en mi anterior artículo de este mismo título, al leer que el Papa va a proclamar dentro de poco un Año Santo de la misericordia, recordé las obras de misericordia que enunciaba el viejo catecismo de Ripalda en dos series de siete cada una, las corporales y las espirituales y ya comenté las corporales que pienso pueden ser compartidas por mucha gente.

Hoy trataré de comentar las espirituales, que imagino resultarán más difíciles de asumir y practicar. Las tres primeras que enuncia el catecismo son: enseñar al que no sabe, dar buen consejo al que lo ha menester y corregir al que yerra, pueden ser tratadas de forma conjunta, a mi parecer, pues enseñar, aconsejar y corregir están íntimamente relacionados.

Ya que se proponen acciones a realizar por los cristianos, pienso que no se trata de enseñar asignaturas, ni saberes humanos para los que hay personas especialmente preparadas, sino de transmitir la sabiduría sobre el sentido de la existencia, del bien, del mal, de la forma de realizarnos como personas y de la centralidad de Dios que nos ama.

Seguramente si se tratara de enseñar medios y técnicas para meditar o para alcanzar la iluminación de las que se ofrecen con el sello orientalistas o de la new age, tendríamos mayor audiencia, pero enseñar al que no sabe que Dios es un Padre que nos ama y que nos ha hecho para gozar de su presencia por toda la eternidad es más difícil, tanto porque los cristianos no lo viven en plenitud, como por los demás que están convencidos de que es el hombre y no Dios el centro del universo.

La gente acepta el consejo de quien le ofrece novedades, artículos de consumo, placeres, comodidad o riqueza, pero no el que le aconseja dominio de sí mismo, austeridad, búsqueda activa de la verdad y la justicia, sobre todo si el que trata de aconsejar no vive lo que ofrece, ni se deja aconsejar por quien le plantea más entrega y más profundidad de vida.

Para corregir a otros hay que haber sido corregido una y otra vez y adquirido una madurez humana importante, pues nadie quiere ser corregido por cualquiera, sino por quienes puedan acreditar una superioridad moral suficiente. Difíciles obras de misericordia las de enseñar, aconsejar y corregir.

La cuarta obra de misericordia ordena perdonar las injurias. No es fácil, pero cada cual puede practicarla sustituyendo el deseo de venganza por el perdón sincero y el olvido. La siguiente es consolar al triste lo que es imposible de hacer si no le amamos y si no somos capaces de compartir las penas y ofrecer ayuda.

La sexta habla de sufrir con paciencia las incomodidades que nos causan nuestros prójimos, es decir los próximos, aquellos con los que convivimos o trabajamos. Aquí cada uno ha de empezar por el compromiso de evitar a toda costa hacer la vida difícil a los demás y después ejercitarse en la paciencia diaria.

La última obra de misericordia es rogar a Dios por los vivos y los muertos, es decir orar por nuestros prójimos, incluidos nuestros enemigos, pero hay que saber orar para no caer en formulas vacías y hacerlo bien todos los días.

Francisco Rodríguez Barragán

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