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Derecho a la verdad

   /  13/04/2015  /  Comentar

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Cándido Marquesán MillánUno de los libros que más me ha impactado en los últimos tiempos ha sido El derecho a tener derechos del jurista italiano Stefano Rodotá. El título es muy sugerente y más todavía en los momentos actuales, que nos están arrebatando tantos derechos. Aquí reflexiona sobre el derecho a tener derechos, y que en cuanto a su filosofía está perfectamente reflejada en una cita preciosa que encabeza el libro de Hannah Arendt, extraída de Los orígenes del totalitarismo:  “El derecho a tener derechos, o el derecho de cada individuo a pertenecer a la humanidad, debería estar garantizado por la humanidad misma.”

Entre los nuevos derechos reivindicados en el libro, aparece el “derecho a la verdad”, que precisamente es de gran actualidad en nuestra averiada y oxidada democracia, pero no por su presencia.

La democracia además de gobierno “del pueblo”, es también gobierno de lo público en público. En es un  poder sin máscaras. Así la define Norberto Bobbio. Es bien conocido que la democracia nació bajo la perspectiva de erradicar para siempre de la sociedad humana el poder invisible.  La democracia moderna nos remite a la Atenas de Pericles, del “Agora” o de la “Ekklesia”, o sea, a la reunión de todos los ciudadanos en un lugar público, a la luz del sol, donde hacen propuestas, las discuten y las deciden alzando las manos o mediante pedazos de loza. No sin razón, la asamblea ha sido comparada a menudo con un teatro o con un estadio, o sea, con un espectáculo público, donde espectadores asisten a una acción escénica con reglas preestablecidas y que concluye con un juicio. En el Cathecismo republicano Michele Natale nos dice: “¿No hay nada secreto en el gobierno democrático? Todas las actividades de los gobernantes deben ser conocidas por el pueblo soberano, excepto alguna medida de seguridad pública, que se debe dar a conocer en cuanto el peligro haya pasado”. Este fragmento es ejemplar ya que señala en pocas palabras uno de los principales rasgos del Estado democrático: la publicidad es la regla, el secreto es la excepción, y en todo caso es una excepción que no debe minusvalorar la regla.

Por eso la democracia debe y tiene que ser el régimen de la verdad en el sentido de la total posibilidad del conocimiento de los hechos por parte de todos los ciudadanos. Sólo así estos estarán en condición de controlar y juzgar a sus representantes políticos y a su vez de participar en el gobierno de la cosa pública. De ahí el reconocimiento que nos asiste al “derecho a la verdad”. Ahí radica la gran diferencia de la democracia con otros regímenes políticos, como los totalitarismos, donde la oscuridad enmaraña la vida política y son los gobiernos quiénes definen la verdad. Esconden así las verdades “oficiales” que son los instrumentos para distorsionar u ocultar los acontecimientos reales. Por ende, no les gustan a los regímenes totalitarios los espíritus críticos, ni la prensa libre, y por eso tratan de controlar Internet.

Se pregunta Rodotá: ¿La democracia tiene que ser absolutamente transparente, está obligada a decir la verdad siempre y a cualquier precio? Es conocido que en democracia es admisible el secreto, al ser necesario en ocasiones por cuestiones que afecten de pleno a la seguridad del Estado. ¿Cuál es el porcentaje de secretismo que una democracia puede aguantar sin que cambie su naturaleza?  Secretismo y mentira son realidades diferentes. Secreto es un hecho, realidad o noticia que no se quiere o no se debe revelar. Mentira es una afirmación contraria a lo que es o se cree que corresponde a la verdad, emitida con la intención de engañar. Al respecto me parece muy oportuna la sentencia de Antonio Machado en su libro Juan de Mairena “Se miente más que se engaña; y se gasta más saliva de la necesaria… Si nuestros políticos comprendieran bien la intención de esta sentencia, ahorrarían las dos terceras partes, por lo menos, de su actividad política”. Es claro que se puede mentir pero no engañar. Realidad que la estamos constatando en nuestra política actual.

Hecha la distinción entre secreto y mentira, cuando los gobernantes democráticos dejan a conciencia demasiadas cuestiones vitales para la cosa pública bajo secreto, la distinción entre no saber y ser engañados puede ser muy sutil. Si los ciudadanos no saben, no están condiciones de controlar a sus gobernantes. Si el conocimiento se convierte en dominio de un grupo reducido, ya estamos en una oligarquía y no en una democracia.

La obligación de verdad por parte de las instituciones se convierte en derecho de información por parte de los ciudadanos. En nuestra Constitución dentro de la Sección 1ª De los derechos fundamentales y las libertades públicas, en el artículo 20. 1 d) se reconoce y protege el derecho: A comunicar o recibir libremente información veraz por cualquier medio de difusión. Este derecho individual a recibir la verdad a través de informaciones aclara muy bien cuál es el significado de la verdad en las sociedades democráticas. Por otra parte, ese derecho a la verdad no se reduce al ámbito de los individuos. Exige “instituciones de la verdad”. Los parlamentos no sólo legislan, sino que también deben ser lugares de confrontación y de control donde pueda emerger la realidad de las situaciones, de la verdad: al hablar de su función teatral no es para ridiculizarlos, sino que se subraya la necesidad de representar en público la política para hacerla comprensible y controlable para todos los ciudadanos. Tarea semejante deberían representar los medios de información públicos. La verdad en democracia exige fuerza de los parlamentos, libertad de los sistemas informativos sin censuras, como el derecho de acceso a las redes.

En democracia, la verdad es hija de la transparencia. Como señaló, Louis Brandeis, juez de la Corte Suprema de los Estados Unidos “la luz del sol es el mejor desinfectante”.  De acuerdo con tal afirmación cualquier pretensión de lucha contra la corrupción, o de control de la legalidad de las acciones individuales o colectivas, exige como condición imprescindible la creación de un ambiente en el que no haya barreras protectoras, a cuyo amparo la posibilidad del secreto genere la estafa.

Termino con una pregunta: ¿De acuerdo con las reflexiones expuestas podemos llamar democracia a nuestro sistema político actual? Cada cual, si ha tenido la paciencia de llegar hasta aquí, podrá encontrar su propia respuesta. Respuesta, que entiendo, es muy clara y evidente.

Cándido Marquesán

 

 

 

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