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Los nuevos apóstatas

   /  14/04/2015  /  Comentar

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César Valdeolmillos Alonso“Nadie nace odiando a otra persona

por el color de su piel, su origen o su religión.

La gente tiene que aprender a odiar,

y si ellos pueden aprender a odiar,

también se les puede enseñar a amar.

El amor llega más naturalmente

al corazón humano, que su contrario”

Nelson Mandela 

El ciudadano común del mundo occidental muestra su extrañeza de que haya compatriotas que se conviertan al Islam, ellas para ser un mero objeto en manos del hombre, y ellos para integrarse en las filas del yihadismo, con todo lo que ello comporta en ambos casos. Sin embargo, pocos son los que se preguntan del porqué de estas apostasías, en apariencia, difícilmente inteligibles.

En nuestro país se están dando continuos casos de españoles que están, no ya dispuestos a marchar a Siria o Irak, sino a llevar a cabo atentados en el mismo suelo que les vio nacer, e incluso a degollar ante las cámaras a compatriotas a los que ni siquiera conocen, con el objetivo de sembrar la semilla de un fanatismo criminal por medio del terror.

Y uno se puede preguntar: ¿Por qué? Hay quien dice que están locos. Pero, no. Saben muy bien lo que hacen. De lo que no estoy muy seguro es que sepan porqué y para qué lo hacen.

No es este un mal que nos afecte solo a los españoles. Las metástasis del cáncer se han extendido a toda Europa ¿Qué digo? A todo Occidente.

Cuando en 1951, tras el desastre de la segunda guerra mundial, quienes fundaron la Comunidad Europea del Carbón y del Acero, germen de lo que hoy es la Unión Europea, no podían imaginar, que sin saberlo, estaban plantando la simiente de este fenómeno.

Es cierto que había que reconstruir Europa y todo el acento se puso en la recuperación económica. Pero olvidaron todo lo demás y no solo de pan vive el hombre.

Se esparció la semilla de la Europa de los mercaderes y de ahí nació la apetencia por el mal llamado estado de bienestar, bandera de todos nuestros anhelos, izada por un hombre indiferente a todo valor que no sea el del triunfo social y económico. Un hombre generalmente con escasa cultura —no digo educación—, entregado plenamente al materialismo y que en función de sus carencias morales, se alimenta de tópicos. El bosquejo que de todo esto obtenemos, es un ser cuyo conocimiento de la realidad, la mayor parte de las veces, es confuso, embrollado y desde luego, solo a nivel superficial.

El vacío intelectual de estas personas hace que floten en la nube de lo etéreo, lo fútil, lo insustancial y una peligrosa frivolidad, que bajo la premisa de que “las cosas cambian”, hace que elija para vivir el camino del “Todo vale”. Es un sujeto voluble que acostumbra a subirse al tranvía de las últimas tendencias y con frecuencia cambia de criterio, porque carece de principios sólidos. Fruto de este vacío moral nace la conducta permisiva que arrasa los mejores propósitos e ideales.

La muerte de los ideales es la que produce el vacío interior de la persona y la empuja a buscar sensaciones cada vez más insólitas y excitantes que provocan en su interior una revolución sin Norte ni programa.

En la búsqueda de los sempiternos ¿Quién soy?, ¿De dónde vengo y a dónde voy? el ser humano siente una absoluta necesidad de creer en algo o en alguien cuando trata de despejar la incógnita del porqué de nuestra existencia y del universo, pues de lo contrario, deja de encontrarle sentido a la vida y se siente inseguro, perdido y desconcertado.

No podemos vivir sin creer, y esa necesidad, a una sociedad que ha prescindido de tota clase de valores, y ha basado su existencia únicamente en el crecimiento material, la induce a explorar esotéricos caminos, como los echadores de cartas, los falsos videntes, las sectas o el adentrarse por los desconocidos caminos de filosofías ajenas a la raíz de la cultura y la historia de la que somos hijos.

Vivimos en una sociedad hedonista que ni siquiera se pregunta que hemos hecho mal para que congéneres que han podido ser vecinos e incluso compañeros de pupitre, renuncien a sus más profundas raíces y elijan voluntariamente experimentar la monstruosa sensación que se pueda sentir al hundir el cuchillo en la garganta de un inocente, porque de este modo creen que alcanzarán su lugar en el paraíso, donde a los mártires y los héroes, se les ha prometido gozar de las huríes.

Pero no nos engañemos. Estos desertores de sus raíces naturales, no son, ni mártires, ni héroes. Y mucho menos soldados de ningún autodenominado estado. Son simplemente asesinos y los mártires, los miles que han muerto a manos de un salvaje fanatismo, que sin saberlo, está defendiendo criminales intereses.

Y ¿Qué hacen aquellos que manejan los hilos del mundo ante el salvaje espectáculo en que unos cuantos han convertido su ferocidad? Humillarse y humillarnos para seguir obteniendo ingentes beneficios, mediante ilusorias alianzas de civilizaciones, que con el pretexto de defender el mal llamado y peor entendido estado de bienestar, no son otra cosa que el menoscabo de los cimientos de una civilización milenaria. Y todo ello, al igual que hizo Judas, en el fondo, a cambio de 30 monedas de plata.

Pero ya lo dijo Robert Kennedy: “Cada sociedad tiene el tipo de criminal que se merece”

César Valdeolmillos Alonso

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