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Los reinos de la paz

   /  24/04/2015  /  Comentar

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César Valdeolmillos Alonso“No hay camino fácil a la libertad en ningún lugar, y muchos de nosotros tenemos que pasar por el valle de sombras de la muerte, una y otra vez, antes de que alcancemos la cima de nuestros deseos”

Nelson Mandela

El mar se ha convertido en un inmenso cementerio que cada día se cobra cientos de vidas de seres desesperadamente desesperados. Seres que como cualquier otro humano, a lo único que aspiran es a algo tan complejamente simple, como vivir.

Posiblemente resultaría imposible hacer una semblanza del drama que anida en el alma de cada emigrante en el momento de partir. Su tragedia, únicamente se puede comprender mirándole a los ojos y viendo en ellos el inmenso desierto de su desesperanza. Esa desesperanza que día a día ha ido carcomiendo sus ilusiones, sus sueños, su proyecto de vida. Esa desesperanza que todo lo tiñe de negro y congela la iniciativa de cualquier esfuerzo, porque ¿Para qué?

Al emigrante hay que mirarle a los ojos y ver en ellos el pánico a lo desconocido, a una sociedad que les resulta extraña, ajena a sus creencias y costumbres, y que les mira con aprehensión y desconfianza. Un pánico simplemente a no poderse entender con sus semejantes. Un pánico a la noche oscura de la incógnita de su propia subsistencia.

Hay que mirarle a los ojos para ver en ellos su angustia al abandonar, probablemente para siempre, todo aquello entre lo que nació y creció, y que forma parte de su propio ser. Hay que ver en esos ojos enrojecidos por las lágrimas, el alma rota que hay detrás, al saber que está despidiéndose de sus seres más queridos, sin saber si algún día los volverá a ver.

Hay que mirarle a los ojos y ver en ellos la inmensa desesperación que invade su alma, y que le mueve a embarcarse en una travesía, con frecuencia con el indefenso fruto de sus entrañas, en la que a miles han perecido. Desesperación, que a pesar del infinito dolor que les produce romper con su mundo, les arrastra a adentrarse en una aventura de futuro más que incierto, porque lo que dejan atrás, es la condena a no vivir en vida. Huyen del fanatismo criminal, de la ausencia de todo para la más humilde de las subsistencias, huyen de la enfermedad, de la falta de medios para combatirla, huyen de los tiranos que les esclavizan, huyen de las bandas paramilitares que se hacen dueñas de sus cuerpos y sus almas, huyen de la ignorancia y la superstición, huyen en suma… del infierno, para, con suerte, perderse en las tinieblas de la marginación y del gueto de su soñado paraíso del bienestar, para ser un molesto grano, en salva sea la parte, del mundo del consumismo desenfrenado, que teniéndolo todo, vive repleto de nada.

Entre los pocos derechos humanos universalmente reconocidos, está el de emigrar. Un doloroso derecho, que cuando se ejerce, generalmente conlleva un drama humano tan profundo, que a menudo en el mismo se pone en juego la propia vida.

Cualquiera que desee emigrar puede hacerlo porque la emigración es una necesidad legítima del ser humano.

Pero, emigrar ¿Cómo y adonde? Porque al igual que está reconocido el derecho universal a emigrar, sin embargo, no existe el derecho a inmigrar. Antes de admitir emigrantes, los gobiernos ponen a prueba si sus necesidades son «reales» o «verdaderas». Todos los Estados han legislado estrictas cuotas de inmigración, y no precisamente con protestas de sus ciudadanos, sino más bien con su complacencia y aplauso, porque la llegada de los espaldas mojadas, los sin techo, los foráneos, en definitiva, los ajenos, es considerada como una amenaza a la línea de vida de la modernidad, la opulencia y el despilfarro inmoral.

El ser humano, desde la basura a los más altos valores, todo lo convierte en moneda de cambio, en mercadería de compraventa, dando la espalda unas reglas no escritas, cuyo incumplimiento, antes o después, habrán de volverse en su contra. Porque la insolidaridad que preside las relaciones del hombre con sus congéneres, con el mundo y hasta consigo mismo, es el resultado de un egoísmo inmediato y mezquino, que sienta las premisas de una previsible conmoción social, agazapada en la superficial placidez de un mundo en el que vanamente intentamos encontrar la felicidad en lo material.

Es cierto que la solución para esas criaturas que dejan todo su mundo atrás, en busca de la quimera de lo que ellos piensan que es el paraíso, no está en la inmigración. La salvación de esos pobres desamparados de todo y de todos, está en la tierra que les vio nacer, y es de sentido común pensar, que si el Norte no ayuda al Sur, el Sur invadirá el Norte, aunque en su travesía encuentre la paz del cementerio.

Quizá el cementerio, con su aparente ausencia de vida, sea el lugar donde con el cuerpo, muere el orgullo, el egoísmo, la egolatría, las vanidades, el ansia de riqueza y de poder y la sempiterna pretensión de dominio del hombre sobre el hombre. Por mucho que se empeñen determinadas filosofías en hacernos ver que todos somos iguales, lo cierto es que en nuestra vida terrena, no hay un solo ser igual a otro y solo alcanzamos la verdadera igualdad, cuando por fin reposamos en el Huerto del Señor. Quiero pensar —y lo hago con todas mis fuerzas— que cuando la vida, aparentemente retira de nosotros su aliento, lejos ya de todas las ataduras, inquietudes, desasosiegos y zozobras humanas, es cuando realmente encontramos la paz. La vida como tal y sin otro objetivo superior, no tendría el menor sentido. Solo si la concebimos como un mero tránsito, quizá —sin que nosotros lo sepamos— los cementerios sean el reino de la paz.

César Valdeolmillos Alonso

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