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Lecciones del neoliberalismo para la socialdemocracia

   /  11/05/2015  /  Comentar

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Cándido Marquesán MillánQue estamos sometidos a una hegemonía neoliberal, es una realidad clara. Corriente de pensamiento que abarca al ámbito de la política, la economía, la sociedad, la cultura, etc. Un Estado cada vez más achicado frente al predominio de un mercado libre de todo tipo de control; reducción de impuestos a las grandes empresas y fortunas; desregularización de las relaciones laborales; desmontaje del Estado de bienestar; individualismo exacerbado e insolidario frente a cualquier atisbo de compromiso social; implantación de pensamiento único cegando cualquier alternativa, etc.

Al acabar la II Guerra Mundial especialmente en Europa occidental la hegemonía fue otra, la socialdemócrata, impregnada de la teoría económica keynesiana. Lo que significaba en contraposición a la neoliberal, un Estado de bienestar sustentado en un sistema impositivo progresivo, con la finalidad de que todos los ciudadanos tuvieran las necesidades básicas cubiertas: educación, trabajo, sanidad, enfermedad, vejez…Todo ello compatible con la práctica de unas constituciones democráticas; derechos individuales y sistema parlamentario.

Tal como expone Xavier Domènech Sampere en su libro Hegemonías. Crisis, movimientos de resistencia y procesos políticos (2010-2013), toda hegemonía implica una alianza, un pacto social de clases, donde una de ellas detenta la supremacía hasta tal punto que consigue convertir su proyecto de clase en un proyecto que es percibido ya no como de clase, sino como el común y extensible a todas ellas y de ellas a toda la sociedad. Tal pensamiento lo expusieron ya Karl Marx y Friedrich Engels en La ideología alemana “Cada nueva clase que pasa a ocupar el puesto de la que dominó antes que ella se ve obligada, para poder sacar adelante los fines que persigue, a presentar su propio interés como el interés común de todos los miembros de la sociedad, es decir, […] a imprimir a sus ideas la forma de lo general, a presentar estas ideas como las únicas racionales y dotadas de vigencia absoluta.”

Este proceso de construcción de la hegemonía, implica una operación cultural muy amplia y compleja, con muchos niveles sociales implicados; aunque no todo es ideológico y coercitivo. Tiene una base consensuada. Su fuerza va más allá del debate ideológico o de la resistencia frente al dominio de las élites, se basa en un pacto social. El hecho incuestionable es que el neoliberalismo dinamitó el pacto social posterior a la II Guerra Mundial, que sirvió para la creación de los modelos sociales europeos, y que estuvo vigente, como mínimo hasta los años setenta del siglo XX. Que entonces hubo un pacto social es evidente, ya que fueron precisamente los gobiernos de las derechas de entonces, en ausencia de gobiernos de izquierda en los principales países de Europa, cuando se alcanzó una política socialdemócrata, también es cierto que esa derecha-muy distinta a la actual- aceptó tal política, en definitiva el pacto, por temor a una explosión revolucionaria.  El SPD no alcanzó de pleno el poder en Alemania hasta 1969,  en Francia solo los gobiernos de Mollet del 1956-59, y en Italia nunca lo consiguió en este periodo.

De manera semejante, el neoliberalismo se desarrolló con gran fuerza a partir de los 80, momento también de gran poder institucional de la socialdemocracia. Lo que significa que esta aceptó el pacto neoliberal, por mucho que cara a la galería lo negara categóricamente. Es cierto que el inicio de cambio de pacto social fue con Margaret Thatcher y Ronald Reagan, aunque ya se había llevado a cabo un trabajo complejo  para implantar el neoliberalismo desde finales de la II Guerra Mundial, cuestión a la que me referiré más adelante. Pero que la izquierda europea de una manera sumisa aceptó este cambio de paradigma, lo demuestra las palabras de la propia Dama de Hierro, la cual a la pregunta de cuál era su mayor herencia y logro, contestó sin vacilar: “Tony Blair y el nuevo laborismo. Hemos obligado a nuestros adversarios a cambiar de opinión.” Mas, por lo que parece, no solo convenció al miembro destacado del trío de las Azores, al que dedicó un artículo Tony Judt en su libro Sobre el olvidado siglo XX, con el sugestivo título El gnomo en el jardín: Tony Blair y el patrimonio británico, donde nos cuenta que en la primavera del 2001, en un debate radiofónico sobre las próximas elecciones generales británicas, una joven periodista expresó su frustración. “¿No creen-preguntó a sus colegas de la mesa- que no hay una verdadera elección? Tony Blair cree en la privatización, lo mismo que la señora Thatcher”. “No exactamente-respondió Charles Moore, director del conservador Daily Telegraph-, Thatcher creía en la privatización. A Tony Blair simplemente le gustaban los ricos”. El ejemplo es clarificador. Mas esa claudicación de Blair es aplicable a otros dirigentes socialdemócratas, que teniendo en sus manos el poder político no tuvieron ni tienen el coraje suficiente de enfrentarse a esta vorágine neoliberal, que tanto sufrimiento, exclusión y pobreza esta generando en la sociedad europea. Cabe mencionar entre ellos a Felipe González, François Mitterrand, el mencionado Blair,  Schröder y Rodríguez Zapatero. Y en estos momentos Hollande, con su primer ministro Valls o el italiano Renzi. Mas en un acto de hipocresía manifiesta, los socialdemócratas aducían y aducen que los neoliberales serían y son siempre los otros, los gobiernos conservadores, los grandes grupos financieros, mediáticos o políticos;  pero en absoluto ellos. Pero de acuerdo con el argumento expuesto, si hoy se ha convertido en hegemónico el neoliberalismo, son tan responsables los que lo han preconizado, como los que lo han consentido y asumido. Thatcher puede presentarse como un auténtico demonio, pero su pensamiento latía y lo sigue haciendo en muchos corazones de una socialdemocracia que dejó de creer y de defender a las clases populares, y se formó en varia décadas en el pensamiento neoliberal hasta hacerse totalmente inservible como alternativa. Por ello, ya no sabe la socialdemocracia cómo emprender un nuevo camino al margen de todo aquello que ha asumido. Lo que empezó como una lucha de clases, iniciada e impulsada por las clases altas, transformándose en un nuevo pacto de clases, se convirtió finalmente en una nueva hegemonía. Hegemonía que no solo afectaba a los partidos de la derecha, también a los de la izquierda, e incluso, todavía más, a todos nosotros.

Obviamente salir de este auténtico infierno es complicado. La izquierda en un sentido amplio, no solo la socialdemocracia tendría que aprender  algunas lecciones importantes del campo enemigo neoliberal, de su lucha contra corriente en los años 40 hasta su eclosión a finales de los 70 del siglo pasado. Raimon Obiols en su libro Patria Humana. Globalización y socialismo del siglo XXI publicado en 1999, nos dice unas palabras de plena actualidad. Perry Anderson resume estas lecciones del neoliberalismo: No temer ir contra la corriente política dominante en una determinada época…No transigir con las ideas ni aceptar edulcorar los principios..Un rasgo a tener en cuenta es la tenacidad de los planteamientos neoliberales. Para Susan George: “La victoria del liberalismo es el resultado de 50 años de trabajo intelectual, ahora dominante en los medios de comunicación, la política. Suele atribuirse al reaganismo, al thatcherismo y a la caída del Muro de Berlín de esta situación y, en verdad, han hecho a los neoliberales más arrogantes, pero la historia es más larga y compleja… Hace 50 años, después de la II Guerra Mundial, el liberalismo no tenía ninguna presencia en el debate político dominante. Sus escasos defensores predicaban en el desierto: todos los demás eran keynesianos, socialdemócratas, cristianodemócratas o marxistas de distinto pelaje. Sobreponerse a este contexto requería tenacidad intelectual y calculo político; mas también fue facilitado por la pasividad de una mayoría autosatisfecha. Si hay tres tipos de gentes (los que hacen que las cosas sucedan, los que esperan que las cosas sucedan, y los que nunca se enteran de lo que sucede) los neoliberales pertenecen a la primera categoría y la mayoría de los progresistas a las dos restantes.

Cándido Marquesán Millán

 

 

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