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Las palabras que usamos y la realidad que vivimos

   /  13/05/2015  /  Comentar

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Francisco Rodríguez BarragánLas palabras llegan a configurar la realidad de una manera eficaz. Si dejamos de usar una palabra el contenido de la misma parece haber desaparecido de nuestro vivir. Por ejemplo la palabra Dios que observo que cada vez la usamos menos.

Si entras en cualquier sitio y dices: buenos días nos dé Dios, nos mirarán con curiosidad lo mismo que si nos despedimos con un quédese con Dios, hasta en los entierros se dice más lo de le acompaño en el sentimiento que: Dios le haya perdonado.

Cundo expresamos un deseo, alguna vez decimos: quiera Dios que pase esto o lo otro, pero es cada vez menos frecuente. Decir: gracias a Dios por algo, se dice cada vez menos, especialmente la gente joven ha perdido la costumbre de nombrar a Dios para nada.

Antes se rezaba en las escuelas al empezar las clases y si era un colegio religioso se practicaban otras devociones como el Ángelus, la sabatina, o el mes de mayo en honor de la Virgen. Hoy ha desaparecido tanto en los públicos como en los concertados.

Los ilustrados del siglo de las luces, que tanto propagaron el ateísmo, tuvieron menos éxito que los relativistas actuales que, en lugar de atacar, simplemente toleran que haya personas creyentes, aunque traten de recluirlas al ámbito privado, salvo que algunas de sus manifestaciones puedan tener un resultado económico.

Eliminado Dios como referencia absoluta del bien y la verdad, se disuelven otros conceptos como el de virtud y pecado. Se habla de educar en valores, concepto ambiguo y cambiante ya que se pueden poner en valor conductas o tendencias sexuales o de género que, no diría yo, son valiosas. Educar en virtudes era otra cosa que al parecer ya no se lleva: educar en la verdad, en la fidelidad, en la castidad, en la humildad o en la caridad tenían como contrapunto el pecado, palabra que también ha sido eliminada de la circulación.

Parece que solo la corrupción económica es vituperable, no tanto en relación con el séptimo mandamiento, como en el código penal. Las cosas han llegado a ser buenas o malas según lo que digan las leyes humanas en lugar de determinarse por la Ley de Dios. Pero las leyes humanas pueden cambiarse a gusto de los gobernantes, la de Dios no admite cambios ni relativismo.

Si hacemos un recorrido por los diez mandamientos resulta desolador. Amar a Dios sobre todas las cosas, ¡a quién se le ocurre! Poner a Dios por testigo de nuestros juramentos, pero si ya no se jura sino que se promete, aunque nadie resulta castigado por incumplimiento de sus promesas, ya sea de cumplir y hacer cumplir las leyes, o de guardar fidelidad al cónyuge. ¿Qué será eso de santificar las fiestas?

Honrar a los padres y educar a los hijos exige la existencia de una familia estable pero no provisional y cambiante, con padre y madre. El Estado pretende sustituir a los padres para ser único educador de las nuevas generaciones. La institución familiar, base de la sociedad, está destruyéndose a marchas forzadas. Después de la reforma del derecho de familia de nuestro viejo código civil ¿qué ha quedado del matrimonio o de los derechos y obligaciones recíprocos entre padres e hijos?

Habrá que seguir reflexionando en un próximo artículo, si es que los que me lean quieran reflexionar.

Francisco Rodríguez Barragán

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