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El paradigma del Reino Unido

   /  24/06/2015  /  Comentar

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Cándido Marquesán MillánEn el ámbito de las instituciones europeas impregnadas de las políticas neoliberales no hay un mínimo amago de cambiar sus políticas de austeridad, que tanto dolor y sufrimiento están provocando en amplios sectores de la sociedad europea. Todavía más, las intensifican. Josep Fontana en su libro El futuro es un país extraño. Una reflexión sobre la crisis social del siglo XXI, nos dice que un estudio del F.M.I. sobre 173 casos de austeridad fiscal registrados en los países avanzados entre 1978 y 2009 confirmaba que las consecuencias fueron mayoritariamente negativas: contracción económica y aumento del paro. Entonces, ¿cómo podemos entender el empecinamiento en estas políticas? Observando el caso de España, Mark Weisbrot opina que la política del gobierno de Rajoy, es debilitar el movimiento obrero como parte de una estrategia a largo plazo para desmantelar el Estado de bienestar, lo cual no tiene nada que ver con resolver la crisis actual ni con reducir el déficit público.

Quiero fijarme en el Reino Unido como paradigma de esta intensificación de las políticas neoliberales, donde el gobierno de Cameron obtuvo recientemente la mayoría absoluta. Los titulares fueron unánimes: gran triunfo de los tories con una mayoría absoluta inesperada; fracaso de los laboristas, que precipitó la dimisión de Ed. Miliband; gran triunfo del SNP de Escocia; derrota de los liberal-demócratas; frenazo del partido UKIP (euroescéptico y xenófobo). Las valoraciones también unánimes. Cameron refrendado por el éxito de su política económica; y por el argumento de que votar a los laboristas era hacerlo por los independentistas escoceses, también socialdemócratas. Los laboristas fracasados por su falta de liderazgo y de un programa económico convincente. Es cuestionable la “bonanza” de la política económica de Cameron, ya que está creando una sociedad muy desigual y fracturada, como muestra Owen Jones en su reciente libro El establishment. La casta al desnudo.
Mas, quiero profundizar en los resultados de las elecciones. La participación fue del 66,1%, un incremento del 1,5% respecto a las del 2010. A los tories les votaron 11,3 millones (36,9%), frente a los 10,8 (36,4%) de las anteriores. Pasaron de los 306 escaños a los 331, es decir, la mayoría absoluta en un Parlamento de 650. A los laboristas 9,3 millones (30,4%), más de los 8,6 (29%) de las elecciones del 2010, y sin embargo pasaron de 258 escaños a 232. Al SNP, partido nacionalista escocés 1,4 millones (4,7%), 491.000 (1,7%) en el 2010, por lo que han pasado de 6 escaños a 56. Al UKIP 3,8 millones (12,6%) frente a los 919.000 (3,1%) del 2010, consiguieron un escaño. Vemos que los porcentajes de votos no guardan relación con la asignación de escaños. Los tories, con el 36,9% de los votos obtuvieron la mayoría absoluta. El UKIP con el 12,6% un escaño, mientras que el SNP con el 4,7% tiene 56. Los laboristas con más votos en el 2015 que en el 2010 tiene menos escaños. Tales hechos se explican por un sistema electoral mayoritario con distritos uninominales, que se lleva el único escaño el partido que alcance más votos, por cierto, el sistema electoral preferido por Fraga Iribarne, y que Cristina Cifuentes ha manifestado en alguna ocasión su intención de implantarlo en la Comunidad de Madrid. Tal sistema oculta muchas de las realidades políticas, ya que favorece a las opciones electorales ganadoras, proporcionándoles bastantes más escaños a su porcentaje de votos. Lo que es totalmente injusto, ya que no todos los votos valen igual. Mas tampoco es descubrir nada nuevo que el sistema electoral vigente en una democracia es un mecanismo de control sobre el electorado. Con otro sistema electoral no hubiera ganado Cameron. Su victoria le ha reafirmado en la intensificación de sus planes de austeridad. El ministro de Finanzas, George Osborne, en el próximo presupuesto para 2015-2016, acaba de anunciar que impondrá nuevos recortes. Tiene la intención de reducir el gasto en subsidios y seguridad social en unos 16.700 millones de euros, con el argumento de que una elevada deuda pública hace más vulnerable al Reino Unido frente a crisis económicas globales. Además quiere limitar el derecho de huelga y proseguir las privatizaciones atacando frontalmente los servicios públicos, ya bastante deteriorados. También un centenar de barones euroescépticos (más de un centenar de diputados, entre ellos varios ministros) empujan a Cameron a distanciarse del continente y sus instituciones, entre ellas el Tribunal de Estrasburgo y la Carta Europea de Derechos Humanos. Afortunadamente acaba de celebrarse una importante manifestación ante el Parlamento británico para protestar contra los recortes, noticia que no ha merecido atención alguna en los medios de comunicación españoles.
Solo a los despistados y lerdos pueden sorprender estas políticas de los tories. A la derecha europea actual no se le puede acusar de incoherencia ideológica. Hacen lo que llevan en su ADN. Que Cameron lleve a cabo las políticas a favor de los ricos es comprensible. Owen Jones en su libro CHAVS La demonización de la clase obrera, nos cuenta que Cameron, de niño fue al colegio privado Heatherdown, donde estudiaron los príncipes Andrés y Eduardo. A los 11 años viajó en Concorde a los Estados Unidos con 4 compañeros al cumpleaños de Peter Getty, nieto del magnate del petróleo John Paul Getty. Un antiguo tutor, recuerda ver a Cameron y a sus amigos comiendo caviar, salmón y ternera a la bordelaise, y levantarle la copa de Dom Perignon del 69 para hacer un brindis: ¡Señor a su salud! Antes de llegar a la universidad se educó en el colegio Eton, el lugar de formación de la élite política británica. Por ello, no debe sorprendernos que 23 de los 27 ministros de su primer gabinete fueran millonarios. Son las élites que creen tener derecho a gobernar. Y gobiernan para los suyos, lo triste es que todavía existe gente que no se ha apercibido de ello.
Donde se produce la incoherencia entre lo que dicen y lo que hacen es en los autoproclamados “socialdemócratas”. Fijémonos también en el paradigma del Reino Unido. Los laboristas de Ed Miliband han sido derrotados por los tories, según Owen Jones, porque los tories son muy competentes en políticas horrendas y si esto es lo que ha de hacer el laborismo, entonces debería abandonar el escenario de la historia. ¿Para qué existir siquiera si se trata de ser un privatizador y recortador más competente que los tories? Para William K. Black, el Partido Laborista ha apoyado sin fisuras la austeridad autodestructiva. Eso, y su papel desempeñado –campeones de las tres “des”: des-regulación financiera, des-supervisión y des-penalización de facto— como arquitectos de la epidemia de fraude en el Reino Unido y la resultante crisis financiera y consiguiente Gran Depresión bajo los mandatos de Blair y Brown, llevó a los escoceses a motejarles como los “Tories Rojos” y a rechazarles en masa a favor del antiausteritario Partido Nacional Escocés (SNP). Si echamos la vista atrás el gabinete ministerial laborista que puso en marcha el Estado de bienestar tras los destrozos de la II Guerra Mundial, el contraste es casi obsceno. Los más destacados del Gobierno de Clement Attlee fueron Ernest Bevin, ministro de Exteriores; Nye Bevan, fundador de la Seguridad Social; y Herbert Morrison, el número dos de Attle. Todos eran de origen obrero, y en sus inicios fueron peón agrícola, minero y dependiente en una tienda, respectivamente. Y sin formación académica fueron capaces de llevar a cabo políticas para el progreso de la gran mayoría de la sociedad. Todos ellos estuvieron influidos por la filosofía representada en uno de los documentos más importantes del siglo XX , el Informe elaborado en 1942 por Beveridge, sobre “Seguridad Social y Servicios Afines”, a instancias de las autoridades británicas, que mostraba gran parte de las reflexiones y prácticas de las políticas de bienestar ensayadas hasta entonces. El significado del Informe lo expresa Janet, su esposa: Tanto si les gusta como si no, tanto si se sienten contentos como apenados, significó la inauguración de una nueva relación entre los hombres en el seno del Estado, y del hombre con el Estado, no sólo en este país, sino en todo el mundo. La ética de la hermandad universal de los hombres fue entronizada aquí en un plan a llevar a cabo por cada individuo de la comunidad al servicio de si mismo y de sus compañeros”.

En el Reino Unido durante la primera guerra mundial el pueblo pensó que el planear la paz no era importante. Instaurada esta retornarían los buenos tiempos de la preguerra. Durante la segunda guerra esa perspectiva de alegría en la vuelta del pasado no existía, porque los tiempos precedentes no fueron buenos. Finalizada la guerra en 1945, se abrían nuevas y profundas trincheras en el interior para solucionar los problemas de la gente. La reconstrucción era compleja, y el Informe Beveridge establecía entre sus principios que la Seguridad Social debía evitar la miseria, enfermedad, ignorancia, desamparo y desempleo. De ahí, en 1945 la Ley de subsidios familiares, la de la Seguridad Social en 1946, la de la asistencia social en el 1948, y el Servicio Nacional de Salud en 1946.

Estas políticas del Reino Unido y de otros países tras la II Guerra Mundial fueron propiciadas por unos dirigentes impregnados de un conjunto de valores éticos, como la solidaridad, la justicia social, la empatía hacia los otros seres humanos. A los Juncker, Merkel, Rajoy, Hollande estos valores les resultan irrelevantes. Y así estamos donde estamos. Mas todo tiene un porqué. Según Tony Judt en su libro Algo va mal, durante 30 años hemos hecho una virtud de la búsqueda del beneficio material. Sabemos qué cuestan las cosas, pero no tenemos idea de lo que valen. Ya no nos preguntamos sobre un acto político: ¿es legítimo? ¿Es ecuánime? ¿Es justo? ¿Va a contribuir a mejorar la sociedad o el mundo? Estas solían ser las preguntas políticas, incluso si sus respuestas no eran fáciles. Tenemos que volver a aprender a plantearlas. El estilo materialista y egoísta de la vida contemporánea no es inherente a la condición humana. No podemos seguir viviendo así. La crisis de 2008 fue un aviso de que el capitalismo no regulado es el peor enemigo de sí mismo: más pronto o más tarde está abocado a ser presa de sus propios excesos y a volver a acudir al Estado para que lo rescate. Pero si todo lo que hacemos es recoger los pedazos y seguir como antes, como ha ocurrido, nos aguardan crisis mayores en los años venideros. Sin embargo, parecemos incapaces de imaginar alternativas. Esto también es algo nuevo. Judt es muy claro. Naturalmente que las hay.

Cándido Marquesán Millán

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