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Los cristianos de aquí y ahora

   /  17/08/2015  /  Comentar

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Desde hace bastante tiempo los ataques a la Iglesia Católica son constantes y se han agravado con el acceso al poder autonómico y municipal de los nuevos partidos. También las redes sociales se utilizan para hacer comentarios desfavorables.

La enseñanza de la religión está siendo cuestionada con el marcado deseo de irla reduciendo hasta su desaparición. Algunos políticos argumentan que la enseñanza religiosa no es científica y que es contraria a las conductas y opiniones que rigen actualmente la sociedad.

He venido pensando que se trataba del cumplimiento de las palabras de Jesús que dijo a sus seguidores que serían insultados, perseguidos y calumniados por su causa y así sucedió cuando empezó la predicación apostólica, eran perseguidos pero la Iglesia crecía imparable. En cambio hoy siguen los ataques y los insultos en nuestro país pero la iglesia no crece sino que más bien mengua. ¿Qué pasa?

Aunque algunas manifestaciones religiosas resulten multitudinarias, y aunque los templos estén abiertos todos los días, solo asiste gente mayor y muy pocos jóvenes. Según las encuestas del CIS una mayoría de españoles se declaran creyentes, pero los que asisten a misa, al menos los domingos, son un porcentaje cada vez más reducido.

He vuelto a leer el capítulo 5 del evangelio de Mateo y allí nos dice Jesús: vosotros sois la sal de la tierra pero si se queda sosa ¿con qué se salará? Ya no sirve más que para tirarla a la calle y la pise la gente.

¿No será que los cristianos ya no somos la sal de la tierra? Seguramente nos atacan, nos pisan, porque no somos sal que evita la corrupción ni levadura que hace fermentar la masa.

No nos distinguimos los cristianos, como colectivo, por una conducta diferente de los demás sino más bien vamos aceptando cada vez con mayor facilidad las opiniones y conductas mundanas.

Los cristianos y la iglesia de la que formamos parte no nos atrevemos a proclamar el evangelio de Jesús al mundo para que se convierta y viva, sino tratamos de acomodarnos al mundo, evitando cualquier clase de roce. Hemos dejado de hablar de la gracia y el pecado, de los vicios y las virtudes, del matrimonio para siempre, de la importancia capital de la familia, de los dones de Dios, la fe, la esperanza y la caridad, del perdón que se obtiene mediante el arrepentimiento y la confesión, del infierno y de la vida eterna, pero ¿hay alguien que se sienta pecador? ¡Cuidado, vaya alguien a molestarse!

Invocamos la libertad de opinión para aceptar cualquier cosa inaceptable como la ideología de género, la difusión de la homosexualidad, el aborto como un método más de control de la natalidad, etc. etc. ¿Dónde queda el mandato de evangelizar? Algunos grupos luchan contra estas lacras sin el respaldo de quienes debían apoyarlos.

En lugar de hablar de la caridad como la vivencia de un amor capaz de dar la vida por los demás, hablamos vagamente de una solidaridad, en la que se ofrecen alimentos pero no se evangeliza.

Así pues mi reflexión me va llevando a pensar que somos una sal que se ha vuelto sosa y solo sirve para que la pisen, nos pisen y no nos hagan ni caso. No tenemos ideas claras de lo que debemos ser los cristianos en el mundo: sal, luz, levadura.

Francisco Rodríguez Barragán

 

 

 

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