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La irreversible desvalorización del factor trabajo

   /  13/09/2015  /  Comentar

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El factor trabajo está cada vez más desvalorizado, todo lo contrario ocurre con el capital. Como los trabajadores tienen cada vez más dificultades para acceder a un puesto de trabajo, el capital está radiante. Cuando hablo de capital, me estoy refiriendo a empresarios, a personas concretas de carne y hueso, que se están aprovechando de esta situación de exceso de oferta de trabajo, para desvalorizar salarios y condiciones laborales. Nada nuevo bajo el sol. Así está estructurada la economía capitalista: la producción necesita cada vez menos mano de obra, por la implantación de las nuevas tecnologías y otras razones, proceso irreversible, que no solo no se va a detener, sino que irá a más en el futuro para incrementar la productividad y la competitividad. De no mediar algún giro radical en la organización de nuestro sistema económico, no resulta descabellado afirmar que la venta de la mercancía “mano de obra”, va a ser tan prometedora en este siglo XXI, como la de las plumas estilográficas. Esta es la realidad: la oferta de mano de obra superará con creces a la demanda. De aquí se derivan unas secuelas dramáticas para los trabajadores asalariados, de algunas de ellas hablaré más adelante.

Desde la implantación del capitalismo industrial, para la gran mayoría de la población la única opción para procurarse el sustento vital es el trabajo, y si este es cada vez más escaso, muchos quedarán en el desamparo, a no ser que desde el Estado o instituciones privadas acudan a socorrerlos. Otra cosa muy diferente sería si la menor demanda del trabajo se paliase reduciendo la jornada laboral y manteniendo los salarios, como hasta hace poco se pensó, idea que en estos momentos de vorágine neoliberal está totalmente descartada.

Esta situación de paro supone una ruptura con una tradición cultural del mundo occidental, muy influida por el cristianismo. Ya en la Biblia se indica “Ganarás el pan con el sudor de tu frente”, y San Pablo en la Segunda Carta a los Tesalonicenses “El que no quiera trabajar que no coma”. O lo que es lo mismo el trabajo es un deber. Pero en esa misma tradición es también un derecho. El artículo 21 de la Constitución francesa de 1793 especifica “Las ayudas públicas son una deuda sagrada. La sociedad debe la subsistencia a los ciudadanos desgraciados, ya sea procurándoles trabajo, ya sea proporcionando los medios de existencia a lo que no estén en condiciones de trabajar.” Según Johann Gottlieb Fichte, en su obra Fundamentos del Derecho Natural según los Principios de la Doctrina de la Ciencia, 1797 “Todos deben poder vivir de su trabajo. Poder vivir está, por tanto, condicionado por el trabajo, y no existirá tal derecho, si no se cumple esta condición..” Y sin embargo, a muchos esta sociedad implacable les escupe en la cara «No comerás porque tu sudor es superfluo e invendible». Pero todavía la gravedad se incrementa. Quienes no pueden vender su mano de obra son considerados como un excedente y se les manda al vertedero social. Además lo que no deja de ser perverso, a todos estos excluidos se les obliga a asumir e interiorizar que son culpables de su situación, acusándoles de tener pretensiones excesivas, de falta de ganas de trabajar y carentes de espíritu emprendedor, o de poca flexibilidad y cualificación. Su destino es el de servir de ejemplo aterrador, para que los que todavía tienen trabajo sigan luchando a muerte por los últimos puestos de trabajo.

Por otra parte, un sistema económico que genera más del 20% de paro y más del 50% entre los jóvenes como España, es señal inequívoca de un fracaso total. Supone un gran despilfarro, y por ello es irracional que haya hoy en España interminables listas de espera en los hospitales públicos con médicos desocupados. Este ejemplo es extrapolable a la educación, a la asistencia social, y a otros sectores de la economía. Significa un dramático sufrimiento humano, ya que el trabajo está vinculado con valores como la confianza en uno mismo, con la dignidad humana y el sentido de la vida. Y además su expansión masiva supone una grave amenaza para la democracia. Y a pesar de ello, se acepta, yo diría más, se incentiva por parte de las élites políticas y económicas con una mezcla de insolidaridad e imprudencia. Y en el máximo de la incongruencia, los gobiernos y empresarios nos dicen que su gran preocupación es generar empleo, afirmación muy discutible. El paro no solo no les preocupa, les viene muy bien para seguir explotando a la clase obrera y destruir toda la legislación socio-laboral conseguida con grandes esfuerzos por los que nos han precedido. Un ejemplo contundente lo tenemos en la España actual. Ya lo dijo  en 1944 el economista Kalecki en el artículo Aspectos políticos del pleno empleo “En verdad, bajo un régimen de pleno empleo permanente, el despido dejaría de desempeñar su papel como medida disciplinaria. La posición social del jefe se minaría y la seguridad en sí misma y la conciencia de clase de la clase trabajadora aumentaría”.

Pero además esta desvalorización del factor trabajo supone que en su mayoría todos aquellos que acceden a un puesto de trabajo, tienen que sentirse afortunados, aunque sea muy precario. Este brutal sistema económico ha ganado la batalla. Ejemplos no faltan. Bill Clinton en 1998 dijo “Cualquier trabajo es mejor que ninguno”. El lema de una exposición de carteles de la Oficina Federal de Coordinación de las Iniciativas de parados de Alemania en 1998 “Ningún trabajo es tan duro como ninguno”. El que en la anterior legislatura fue portavoz de Hacienda del PP en las Cortes de Aragón, Jorge Garasa, reconocía muy positiva la emigración de nuestros jóvenes a Alemania para disfrutar de un contrato con un máximo de 450 euros, e, incluso el trabajar gratis como hicieron los norteamericanos por el cierre de la Administración en USA. De ahí, la expansión de la precariedad laboral. Ya nos hemos acostumbrado a sueldos miserables con jornadas laborales interminables, contratos temporales y discontinuos. Hoy disponer de un puesto de trabajo digno y estable es una utopía para la gran mayoría, cuando debería ser un derecho. La dignidad de las condiciones de vida laboral podemos constatarla en el art. 36 de la Constitución italiana: “El trabajador tendrá derecho a una retribución proporcionada a la cantidad y calidad de su trabajo y suficiente, en cualquier caso, para asegurar a su familia y a él una existencia libre y digna”. O en el art. 31.1 de la Carta de Derechos Humanos de la UE: “Todo trabajador tiene derecho a trabajar en condiciones que respeten su salud, su seguridad y su dignidad” Esta situación de precariedad es consecuencia del tránsito de la sociedad industrial a la de servicios en un escenario muy competitivo a nivel internacional, producto de la globalización y del neoliberalismo hegemónico del sistema capitalista. La precariedad laboral que afecta a todos es necesaria para competir en los mercados. Las empresas han de ser competitivas, la flexibilidad laboral imprescindible, si se quieren mantener los puestos de trabajo. Este es el discurso hegemónico. La precariedad no es una situación pasajera, muy al contrario se ha convertido en estructural. No es una disfunción o una anomalía de este sistema económico, muy al contrario, es imprescindible para su buen funcionamiento.

Hay muchos aspectos en ella a considerar. La desvalorización del factor trabajo beneficia al factor capital, al que le viene muy bien tener a su disposición a millones de trabajadores precarios. También, según Luis Enrique Alonso y Carlos J. Fernández en su libro Los discursos del presente, la precariedad es una herramienta disciplinaria para garantizar el orden no solo en los centros de trabajo, sino que también en la vida en general.

El vocablo “precariado”, es un neologismo que combina el adjetivo “precario” y el sustantivo “proletariado”. Se usó por primera vez por sociólogos franceses en la década de 1980, para describir a los trabajadores temporales o estacionales.

Voy a referirme a uno de mejores estudios sobre le tema, el libro El precariado. Una nueva clase social del inglés Guy Standing. Del precariado que va a ir a más, y que puede afectar a cualquiera en el futuro, independientemente de la edad, sexo, etnia, religión, se puede hacer tres grandes grupos. El primero, formado por personas que se van cayendo de la antigua clase trabajadora, cuyos padres fueron entibadores, trabajadores manuales; no tienen una gran formación, se sienten alienados y sin horizontes, y al no tener ese conciencia de clase que tuvieron sus padres, tienen miedo y se sienten atraídos por los populismos y la extrema derecha, ya que les dicen que su problema radica en la llegada de los inmigrantes. El segundo, son los inmigrantes, minorías étnicas o religiosas, que no tienen sentido de pertenencia a una colectividad, al carecer de raíces no tienen la nostalgia del primer grupo, y al sentirse desarraigados pueden de vez en cuando explotar. El tercero, es el ilustrado, muy formado; con titulaciones universitarias, que les han costado mucho y luego no valen nada en el mercado, por lo que se sienten frustrados al no poder llevar la vida que sus padres les habían prometido; al estar mejor formados que los del primer grupo no se sienten atraídos ni por populismos ni por la extrema derecha; ni tampoco por el liberalismo ni por la socialdemocracia, son partidarios de una política de progreso. Estos grupos se dan en todos los países, no obstante, según su nivel de desarrollo, predomina alguno, como en España que es el tercero.

El precariado se ve aquejado por las “cuatro aes”: aversión, anomia, ansiedad y alienación. La aversión brota de la frustración por no llevar una vida fecunda y la sensación de privación y al verse condenado a una vida de “flexijobs”, con todo el rosario de inseguridades que la acompañan. La anomia se entiende como una pasividad nacida de la desesperanza, intensificada por la perspectiva de ocupar empleos inanes y estancados. Es una apatía derivada de derrotas repetidas, a la que hay que sumar la condena lanzada sobre ellos por políticos y la sociedad que les acusan de perezosos, irresponsables y cosas peores. La ansiedad viene propiciada por una inseguridad crónica vinculada no solo con sentirse al borde del abismo, sino también con el miedo a perder lo poco que tienen. La alienación surge por el subempleo, la explotación, al tener conciencia de que lo que hace no lo ha decidido él mismo y es para beneficio de otros.

Es una clase en proceso de formación, aunque no sea una clase para sí, en el sentido marxista, al estar dividida y unida únicamente por sus temores e inseguridades. Mas lo cierto que en ella se está acumulando mucha frustración y malestar, que puede convertirse en un posible sujeto revolucionario distinto al proletariado, que estaba representado y defendido en las estructuras del sindicato obrero y de los partidos de masas, para ello solo sería necesario que desde la izquierda se sepa construir un discurso político ilusionante para ella. Como dice Standing en su artículo ¿Quién servirá de voz al precariado que está surgiendo? “Todo movimiento progresista se ha construido sobre la ira, las necesidades y aspiraciones de la clase primordial emergente. Lo que es hoy el precariado”. Para responder a esta pregunta Hardt y Negri redactaron sus obras Imperio, Multitud y Commonwealth. 

Cándido Marquesán Millán

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