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Mucho denunciar la desigualdad, pero nadie hace nada

   /  19/10/2015  /  Comentar

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Resulta ya agobiante la proliferación de estudios sobre el crecimiento, de momento, irreversible de la desigualdad con sus correspondientes causas y secuelas terribles, realizados por ONGs, entidades financieras, cátedras universitarias, etc. Uno más. El Credit Suisse acaba de publicar su informe sobre la riqueza en el mundo. Según sus cálculos, el 1% de la población mundial posee y disfruta del 50% del patrimonio del plantea. Es decir que aquello del manoseado 1% y el 99% es la realidad. Pero esto no es todo, ya que según proyecciones de Piketty, extrapolando la tendencia actual, 2.000 personas se apropiarán del 7,5% del patrimonio mundial en el 2050; y del 59% en el 2100. Joseph Stiglitz indica que 85 personas tienen un patrimonio igual al del 50% de la población mundial.

Según el galardonado con el premio Nobel de Economía, el escocés afincado en USA Angus Deaton, por su Análisis sobre el consumo, la pobreza y el bienestar”, reconociendo que el mundo está mejor hoy en algunos aspectos, como por ejemplo, la esperanza de vida ha mejorado extraordinariamente en las últimas décadas, pero es terriblemente desigual, tendencia que va a más, de acuerdo con las ideas ya conocidas de Piketty de su libro El capital en el siglo XXI.

Tal como nos señala Tony Judt en su libro Algo va mal, desde finales del siglo XIX hasta la década de 1970, las sociedades avanzadas de Occidente se volvieron cada vez más desiguales. Gracias a la tributación progresiva, los subsidios del gobierno para los necesitados, la provisión de servicios sociales y garantías contra las situaciones de crisis, las democracias modernas se estaban desprendiendo de sus extremos de riqueza y pobreza. Desde luego, seguía habiendo grandes diferencias, pero se fue extendiendo una creciente intolerancia a la desigualdad excesiva. En los últimos treinta años hemos arrojado todo esto por la borda. Varía en cada país. Los mayores extremos de privilegios privados e indiferencia pública han vuelto a aflorar en Estados Unidos y en el Reino Unido, epicentros del entusiasmo por el capitalismo de mercado desregulado. Estas décadas de «igualación», nos hicieron creer de que tal conquista se mantendría sin fin. Sin embargo, estas décadas de desigualdad creciente nos han convencido que ésta es una condición natural e inevitable. Además se ha extendido un sentimiento corrupto, ya que todos admiramos acríticamente a los ricos y tratamos de emularlos.

Las secuelas de la expansión de la desigualdad son muchas y trágicas. Para el juez del Tribunal Supremo de los Estados Unidos, Louis Brandeis: “Podemos tener democracia, o podemos tener la riqueza concentrada en las manos de unas pocas personas, pero no podemos tener ambas cosas a la vez”. La desigualdad tiene además otras secuelas muy negativas. Para ello reflejaré unos datos extraídos del libro del sociólogo Göran Therborn de título explícito La desigualdad mata. Entre 1990 y 2008, la esperanza de vida de los estadounidenses blancos sin título universitario se redujo 3 años, y en las mujeres blancas de baja educación la reducción superó los 5 años. Solo el sida en el África austral y la restauración del capitalismo en Rusia, han tenido un impacto más letal que la polarización social producida en los años de crecimiento económico de Clinton y Bush en los Estados Unidos. El retorno del capitalismo en la antigua URSS produjo un aumento espectacular de la desigualdad y de la pobreza. De ahí que en 1995 se habían producido 2,6 millones de muertes prematuras solo en Rusia y Ucrania. En la década de 1990 la cuota de muertes ascendió a 4 millones para todo el territorio de la URSS, según el epidemiólogo británico Michael Marmot. Esta cifra es muy inferior a los efectos letales de la colectivización estalinista de la década de 1930 que alcanzó los 9 millones, sobre todo en Ucrania y Kazajstán. No obstante, por lo que hace referencia a Rusia, la tragedia de la colectivización de los 30 y de la privatización de los 90 son comparables.

Determinados estudios han constatado que el desempleo produce muertes adicionales. Incluso las mujeres de los desempleados mueren antes que otras mujeres casadas. Una de las consecuencias más dramáticas de la crisis financiera ha sido el incremento masivo del desempleo por la megalomanía de algunos banqueros. ¿Cuántos de esos desempleados sufrirán una muerte prematura? No podemos saberlo, pero serán muchos miles. El Tribunal Internacional de Justicia dicta sentencias por “crímenes contra la humanidad” por hechos con una letalidad menor. En USA, un hombre blanco de 50 años con estudios universitarios vivirá al menos 6 años más que otro que los haya abandonado.

La desigualdad mundial ofrece a los niños perspectivas muy distintas en su modo de vida y su supervivencia. En el África subsahariana 1 de cada 9 niños muere antes de los 5 años; en Angola o Chad es 1 de cada 6. En contraposición en Japón o Singapur 3 de cada 1.000 perecen antes de los 5 años. Si nos fijamos en la esperanza de vida las diferencias son abismales, por ejemplo, entre Sierra Leona y Japón la diferencia es de 46 años, y entre los países ricos y los menos desarrollados la media es de 27 años. Therborn también nos informa de las “vidas atrofiadas” o retraso del crecimiento como consecuencia de la malnutrición infantil. La mitad de los niños indios menores de 5 años la sufren y el 40% de los indonesios. En algunas partes de India, las personas se están encogiendo, en medio del autobombo nacionalista de la clase media que sueña con una India brillante. Entre mitad de la década de los 80 y la del 2000 la altura media de hombres y mujeres a la edad de los 20 años decreció en los estados de Delhi, Haryana y Punjab.
Con todo lo expuesto sorprende la inhibición de los gobiernos para atacar esta auténtica lacra. Soluciones las hay, en la línea ya expuesta por Tony Judt. Hay que llevar a cabo una redistribución vía impuestos y transferencias sociales. Impuestos progresivos a las rentas altas y las grandes empresas; todo acompañado con un control del fraude fiscal y dinamitar los paraísos fiscales. Según estudios realizados por OXFAM Intermón, el fraude fiscal cuesta cada año a España unos 59.000 millones de euros, el 72% de los cuales pertenece a grandes empresas y grandes fortunas. Esta cifra es mayor que todo el presupuesto de sanidad (57.000 millones).

Una medida fundamental para combatir la desigualdad es que todo ciudadano disponga de un puesto de trabajo digno. Millones de personas no disfrutan de salario por no tener un puesto de trabajo y millones perderán el trabajo en los próximos años debido a una razón muy simple: no hace falta trabajo. La informática, la inteligencia artificial, la robótica hacen posible la producción de todo lo que nos hace falta usando una cantidad cada vez menos de trabajo humano. Este hecho es evidente para cualquiera que razone. No obstante, economistas y gobernantes, en vez de encontrar una vía de salida de la paradoja a la que nos lleva la superstición del trabajo asalariado insisten en prometer la vuelta del empleo y del crecimiento. Además muchos de los que trabajan lo hacen precario, por lo que viven en situación de pobreza y exclusión.

Quiero terminar con una cita que a todos nos debería servir de motivo para una profunda reflexión. Es de la constitución montañesa de 1793, es el  artículo 21. Las ayudas públicas son una deuda sagrada. La sociedad debe la subsistencia a los ciudadanos desgraciados, ya sea procurándoles trabajo, ya sea proporcionando los medios de existencia a lo que no estén en condiciones de trabajar.

Produce vergüenza constatar el nivel de retroceso y de indignidad al que ha llegado esta sociedad actual, que deja en la estacada y tirados como auténticos residuos humanos a millones de personas. Hace 200 años, la clase dirigente tenía otra sensibilidad social, al estar impregnada de valores de solidaridad, fraternidad y justicia social.

Cándido Marquesán Millán

 

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