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Cuanto más disenso más democracia

   /  01/11/2015  /  Comentar

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Uno de los libros que leído con gran interés recientemente ha sido La nación singular. Fantasías de la normalidad democrática española (1996-2011) de Luisa Elena Delgado, de origen español y venezolana, actualmente profesora titular de literatura española, teoría cultural y estudios de género en la Universidad de Illinois. El título ya es suficientemente explícito. Mas no voy ahora a referirme al tema de acuciante actualidad, cual es el problema de la vertebración territorial dentro del Estado español. El libro lo he leído varias veces y siempre me ha proporcionado novedosas e importantes ideas y conocimientos que me han servido  para mis reflexiones políticas. De hecho, en varios de mis artículos lo he citado. Un ejemplo, uno titulado Contra el Guernica fue posible gracias a la lectura del libro comentado, donde pude conocer el libelo así titulado escrito por Antonio Saura, en el que no cuestiona a Picasso ni la pintura del Guernica, sino el uso, mejor el mal uso, que hicieron las autoridades políticas en 1981, tratando de presentarla como ejemplo de reconciliación en el contexto de la Transición, olvidando el auténtico significado de la obra.

En otro artículo titulado Democracia sensible, pude conocer tal concepto, y dije  citando al libro de nuevo“ Monedero señala que la izquierda debería entender que es preciso unir emoción y gestión, renovar las emociones y concretar alternativas claras y atractivas. Apelar a la sensibilidad, un término que también usa M. Foessel reivindicando una democracia sensible, significa destacar la importancia de los afectos en la construcción del vínculo democrático y del sentir colectivo. Hubo a momentos en los tiempos recientes  en España en los que las emociones tuvieron una gran importancia: las movilizaciones tras el hundimiento del Prestige o las manifestaciones millonarias contra la Guerra de Irak. Igualmente los aspectos emocionales estuvieron presentes en el movimiento ciudadano del 15-M: la alegría, la ilusión por un cambio posible”.

Igualmente me ha servido el citado libro para considerar el tema del nacionalismo catalán desde una perspectiva más amplia, ya que este tema aquí tanto en Cataluña como en el resto del Estado está ya tan encrespado, que la distancia permite tener una visión y un acercamiento más aséptico y menos visceral.

Ahora quiero fijarme en un concepto el de la democracia de disenso. La razón de ser de la política es la existencia del conflicto. Resulta muy interesante, el concepto de democracia de Jacques Rancière como disenso, que choca con la visión de nuestra democracia impuesta desde la Transición como consenso. Para el filósofo francés, desde el colapso de la URSS la actividad política de las democracias occidentales está marcada por el “estado de consenso”. En este marco político, todo litigio político y social es visto como problemático, ya que va contra la normalidad de una comunidad definida en base a su cohesión y cuyos componentes  se presumen perfectamente integrados y representados en el todo. Esta visión contradice lo que de verdad representa la política, tal como vimos en el 15-M: el momento en el que los excluidos del orden político, o aquellos a los que se les asigna un orden subordinado  o marginal, renuncian a su lugar asignado en el statu quo y demandan ser vistos y escuchados, reorganizando la topografía social. Por ello, la democracia implica la posibilidad de que lo que no contaba desde el principio, acabe contando; que quien era invisible, se haga ver. La democracia auténtica es disenso. Es muy poco democrático el que una parte de los españoles no pueda disentir de determinados corsés impuestos desde la Transición, como la ley electoral, la organización territorial o la Jefatura del Estado; y de las políticas actuales contra la crisis económica. Nos debería preocupar que 30 años después de los pactos y la negociación a la baja, impuestos en determinada coyuntura histórica, la democracia española siga aferrada todavía a la imperiosa necesidad de consenso, y no sepa negociar el disenso, que se sigue interpretando como un riesgo para nuestra democracia. Recientemente pude leer el artículo Antisistemas y democracia de Joan Subirast, que insiste en este concepto de democracia como disenso, que es muy oportuno en los momentos actuales. Nos dice que en política el concepto sistema tiene significados diferentes. Desde el conjunto de instituciones o formas de actuar que se consideran razonables. El problema irrumpe cuando hay que caracterizar un movimiento político o unas posiciones contrarias a las consideradas como razonables. Y todavía más en momentos de cambios de época, cuando lo que era normal deja de serlo, y lo insólito se hace deseable.

Lo expuesto viene a cuento, al considerar que fuerzas de “orden” hasta hace poco como CDC no deberían pactar con fuerzas antisistema como la CUP. Que la CUP tenga hoy diez diputados y esté en gobiernos importantes no debería considerarse expresión de antisistema, sino una prueba de que este sistema democrático logra incorporar a fuerzas políticas que quieren modificar de raíz su funcionamiento. Un sistema democrático es más fuerte no cuanto más consenso genera, sino cuanto más disenso es capaz de contener.

Cándido Marquesán Millán

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