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Alea jacta est

   /  22/11/2015  /  Comentar

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Tal como señala la locución latina, la suerte está echada en las próximas elecciones del 20-D. Mariano Rajoy va a ganarlas, no por méritos propios, sino por deméritos de los contrarios. Parecía lógico hasta hace poco que un gobierno salpicado hasta las cachas por la corrupción, responsable en gran parte de una gravísima crisis institucional, ejecutor inmisericorde de unas políticas de ajustes durísimas y con un problema de vertebración territorial  enquistado en esos cuatro últimos años por su ineptitud, lo que no significa exculpar a Artur Mas, sería muy castigado electoralmente y enviado por un largo tiempo a la oposición.  Esto sería lo normal en un país normal.  Sin embargo, a día de hoy, las previsiones son muy distintas, la partida del 20-D ha dado un vuelco. A tal circunstancia han contribuido y contribuyen a conciencia los grandes poderes económicos y mediáticos con la avalancha de encuestas electorales,  sobre las que merecería la pena escribir un artículo ex profeso. ¿Qué objetivo tienen?, ¿orientar o desorientar a los ciudadanos?, ¿influir en la opinión sesgándolas, cocinándolas o inventándolas?

Mas la realidad es la que es.  A Rajoy que iniciaba la precampaña con problemas, de repente le han llegado dos botes salvavidas: la unidad de España en peligro y la inseguridad ante el terrorismo. Obviamente, la estrategia electoral del PP hasta hace poco montada con exclusividad en torno al buen funcionamiento de la economía, que fuera cierto o falso es una cuestión irrelevante, va a incorporar estos dos temas nuevos, a los que sacarán un sustancioso beneficio electoral. Quien domina la agenda, manda. Si la campaña se hubiera basado en la desigualdad, la injusticia social, desahucios, corrupción, rescates  bancarios, destrozos al Estado de bienestar,  ese campo de juego  era favorable a la izquierda, pero si es el separatismo, la prima de riesgo, el terrorismo o la emigración con la avalancha de los refugiados en un clima de miedo, eso es terreno abonado para la derecha. Por supuesto, en su discurso veremos el uso y abuso de palabras: reformismo, moderación, recuperación, claridad, seriedad, seguridad, realismo, estabilidad, sentido común, etc.  Nuestra visión de la realidad está relacionada y es dependiente de los discursos políticos.   Y esto lo saben perfectamente los que diseñan la estrategia electoral de los populares.

En cuanto al tema de Cataluña, el anticatalanismo el PP siempre lo ha considerado rentable electoralmente en el resto del Estado español, y ahora por la torpeza de Mas, mucho más todavía, por ello con gran habilidad Rajoy, como presidente, tras convocar  a los líderes de los partidos, ha conseguido un pacto, y se ha presentado como un hombre providencial para salvaguardar la unidad de España: «Mientras yo sea presidente nadie romperá la unidad de España.», sabiendo que esta idea esta muy interiorizada en la sociedad española,  que prefiere antes una España azul a una España rota. Por supuesto, Rajoy no se culpa de nada. Acaba de decirlo en Barcelona en la presentación de las candidaturas del PP para las elecciones del 20-D, donde ha defendido la unidad de España al decir: “es la nación más antigua de Europa”, que antes “cerró su unidad” y de ahí que la “responsabilidad de lo que sucede en Cataluña es de quien ha puesto en marcha un proceso contra la historia de España, contra la de Cataluña”.

En el tema catalán el PSOE se ha quedado ya prácticamente sin discurso, ya no habla prácticamente de federalismo y  ha paralizado hasta después del 20-D el recurso de inconstitucionalidad a la reforma del PP de la Ley Orgánica del Tribunal Constitucional pensada para hacer frente al soberanismo catalán. Un partido que se autoproclama socialdemócrata debería afrontar el problema catalán con valentía y no acongojarse a que la gente hable a través de un referéndum, tal como han defendido con coherencia Podemos, e Izquierda Unida  y así  se podría salir de este impasse insoportable. Podría hacerse, tal como expone Javier Cercas, mediante un instrumento que todo el mundo conoce y nadie quiere usar, la Ley de Claridad canadiense, que sirvió para resolver el problema de Quebec, mas  no la quieren los nacionalistas españoles, el PP, el PSOE y Ciudadanos, porque supondría cuestionar la unidad sacrosanta de España. Pero en democracia no hay nada sagrado, como si fuera un dogma de fe. Y tampoco la quieren los independentistas catalanes, Junts pel Sí, Esquerra y la CUP, porque no se sienten seguros de contar con una mayoría suficiente. Pero a grandes problemas, grandes soluciones. Mas para eso está la política, para solucionar los problemas de convivencia que puedan surgir en una sociedad. Pienso que lo expuesto está dotado de grandes dosis de racionalidad, mas ya sabemos que esta España nuestra no suele ser una característica de nuestro caletre. En la Velada de Benicarló, Azaña hace decir a Garcés: Percibir exactamente lo que ocurre en torno nuestro, es virtud personal rara. Las muchedumbres no la conocen. En nuestro clima de visionarios, aquella virtud personal deja de parecerlo y se convierte tal vez en un estorbo, cuando no es un defecto injurioso. Mi comprobada ineptitud política se engendra de atenerme con rigor a la demostrable. Un cartelón truculento es más poderoso que el raciocinio.

 

Si sólo fuera el tema catalán, le podría presentar una fuerte competencia el partido de Albert Rivera. Mas el  C’s lleva en su ADN una tara, al ser un partido que nació y se nutre de la tensión identitaria entre centro y periferia. Y aunque pueda suponer una tercera vía ideológica, en el tema territorial se sitúa en uno de los extremos. Su idea de igualar competencias a la baja supone dinamitar los dañados consensos territoriales y la estabilidad política. La supresión del concierto foral puede provocar un nuevo incendio en Euskadi además del ya existente en Cataluña.

Pero a la salvaguarda de la unidad de la patria se le ha unido el miedo al terrorismo. Esta doble y potente combinación propicia la inseguridad, y las sociedades para combatirla marginan lo novedoso y se decantan por el voto conservador. Esta nueva carta los populares la van a jugarla a conciencia en campaña electoral. En una reciente entrevista,  Jorge Fernández Díaz, ministro del Interior, ha dicho con gran énfasis “El Estado islámico es el gran enemigo de nuestra civilización”. Hace falta mano dura, tal como está haciendo Hollande, que está dinamitando el Estado de derecho, sacrificando la libertad por razones de seguridad, aunque esta última no está garantizada en absoluto. En el libro Pensar desde la izquierda  en una  entrevista Giorgio Agamben  afirma que estamos en un estado de excepción, en el que la seguridad se ha convertido en el auténtico paradigma de gobernación. Tras las revueltas en la cumbre del G8 en Génova, en julio de 2001, un alto cargo de la policía declaró ante los magistrados, que investigaban la actuación de las fuerzas de orden público que el gobierno no pretendía el mantenimiento del orden, sino la gestión del desorden. De ahí, todo un conjunto de medidas de control sobre los ciudadanos, considerados todos potenciales delincuentes. Por ello, estamos inmersos en un auténtico y permanente estado de excepción, con el argumento de “por cuestiones de seguridad”, que justifica cualquier medida aunque coarte las libertades de la ciudadanía. En consecuencia, el estado de excepción en Agamben, paradójicamente, no se caracteriza por su anormalidad y provisionalidad, y sí por su permanencia. La conclusión es clara. Debemos preguntarnos por la verdadera naturaleza de la democracia actual. Una democracia limitada a disponer como único paradigma de gobernación, y como único objetivo, el estado de excepción y la búsqueda de la seguridad, deja de ser una democracia.   Parte de la izquierda sumisa, acepta tal estado de excepción por razones electorales. No es el caso de Podemos que ha planteado 7 medidas para la paz y por la derrota del terrorismo de ISIS; ni el de Izquierda Unida ya que Alberto Garzón acaba de señalar “Al terrorismo hay que combatirlo con contundencia, pero desde la legalidad internacional. Combatamos al ISIS desde instrumentos que no nos lleven a una espiral del miedo y a la aniquilación de la población civil. Esas tácticas bélicas sólo benefician a los terroristas. Bush estuvo bombardeando países durante años y sólo provocó una intensificación del drama social, inestabilidad internacional, ejecuciones extrajudiciales y la creación de monstruos como el ISIS”.

Me resulta complicado entender la torpeza del PSOE, que está haciéndole el juego y regalándole en bandeja el triunfo al PP, a no ser que ya se esté fabricando entrambos la “Gran Coalición”. A los grandes inversores, o grandes empresarios, les da prácticamente igual que gobierne el PP o el PSOE, ya que en las grandes cuestiones no existen prácticamente diferencias. Las reglas ya están marcadas a sangre y fuego. En la cuestión territorial, el pago de la deuda, la reducción del déficit público, la lucha antiterrorista, la política exterior o la permanencia en el euro, la postura de los dos grandes partidos es la misma.

Haciendo un pequeño inciso, sorprende que precisamente en unos momentos en los que  los ataques desalmados de una descarnada y crecida derecha van a más, en lugar de un frente unido de izquierdas para contrarrestarlo, estas se presenten más fragmentadas. No aprenden nunca, aunque por lo expuesto el calificar de izquierdas al PSOE de hoy es excesivo.

El desenlace de esta batalla electoral es claro. Ganará el PP envuelto en la bandera y la mordaza,  sin mayoría absoluta, pero podrá contar con el apoyo parlamentario de Ciudadanos, que en definitiva representan lo mismo. No en vano,  el presidente del Banco de Sabadell, Josep Oliu, en junio de 2014 dijo públicamente que tenemos que crear un Podemos de derechas, ya que el existente nos asusta un poco. Según Carles Castro, con C’s España cuenta con una flamante, impoluta y dinámica alternativa de centro liberal que evita que el desgaste del PP por las políticas de austeridad, la crisis institucional y los escándalos de corrupción lo capitalice íntegramente el principal partido de la oposición o la izquierda radical populista.

¡Vaya futuro que nos espera! Continuarán los recortes sociales, que ya los están exigiendo desde las instituciones europeas, y, además el tema catalán cada vez más grave. Ese es el futuro. ¡Vaya estrategas que tiene el PSOE!

Cándido Marquesán Millán

 

 

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