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Los sindicatos pasan por el momento más difícil de su historia

   /  30/11/2015  /  Comentar

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El neoliberalismo desprestigia y trata de eliminar todo aquello que le estorba para conseguir sus objetivos, incluidas instituciones históricas plenamente asentadas en nuestra sociedad y con una larga trayectoria de lucha por la justicia social. Entre ellas están los sindicatos que han sufrido unos ataques furibundos. Cabe recordar los de Margareth Thatcher. O los de Esperanza Aguirre cuando señala “los sindicatos caerán como el muro de Berlín”, a pesar del artículo 7° de nuestra Carta Magna: “Los sindicatos de trabajadores… contribuyen a la defensa y promoción de los intereses que les son propios”. Mas les da igual, la ideología neoliberal tiene muy claro el objetivo de dinamitarlos, al ser una de las últimas barreras de defensa de la clase trabajadora frente al capital. Sorprende que todavía muchos trabajadores no se hayan dado cuenta de ello. Mas es su problema.

Desde el inicio de la crisis, como esta cuestión me ha parecido suficientemente dramática para muchos ciudadanos, sobre ella he publicado diferentes artículos con títulos muy explícitos en cuanto a su significado. El 28/6/2010, ¿Crisis sindical? El 24/3/2012, Una huelga contra España. Y el 28/9/2013, Necesidad de unos sindicatos fuertes. En el primero, explicaba la crisis por: un sindicalismo circunscrito al ámbito nacional al contrario del capital globalizado, que explica su inoperancia y de ahí el descenso de la militancia; las malas prácticas de algunos de sus dirigentes, la subordinación a las subvenciones públicas, la excesiva burocratización, etc. En el segundo, me fijé en la campaña brutal del Gobierno, la patronal, y la mayoría de medios de comunicación contra la huelga general del 29-M convocada por los sindicatos por la reforma laboral. Nos decían: “No es el momento, y menos ahora, en tiempo de crisis tan dura”. “Es lo último que España necesita”. Incluso, calcularon su costo, según La Gaceta, unos 4.700 millones, para La Razón: 7.688 millones, casi un punto de déficit. En el tercero, insistía en la necesidad de unos sindicatos fuertes, tema en el que me extenderé más adelante.

En nuestra sociedad actual a pesar de que la mayoría depende de su trabajo para subsistir, sorprende que bastantes se avergüencen de llamarse trabajadores y desprecien a los sindicatos, autocalificándose clase media. Y no pocos ni siquiera tienen trabajo, cuando debería ser un derecho. Según Johann Gottlieb Fichte, en su obra Fundamentos del Derecho Natural según los Principios de la Doctrina de la Ciencia, 1797 “Todos deben poder vivir de su trabajo. Poder vivir está, por tanto, condicionado por el trabajo, y no existirá tal derecho, si no se cumple esta condición..” Y sin embargo, a muchos esta sociedad implacable les escupe en la cara «No comerás porque tu sudor es superfluo e invendible». Quienes no pueden vender su mano de obra son considerados como un excedente y se les manda al vertedero social. Además lo que no deja de ser perverso a todos estos excluidos se les obliga a asumir e interiorizar que son culpables de su situación, acusándoles de tener pretensiones excesivas, de falta de ganas de trabajar y de espíritu emprendedor, o de poca flexibilidad y cualificación. Su destino es el de servir de ejemplo aterrador, para que los que todavía tienen trabajo sigan luchando a muerte por los últimos puestos de trabajo.

A todos esos que se avergüenzan de llamarse trabajadores, ya que se autoproclaman somos “clase media” conviene refrescarles algo la memoria. Los avances en la legislación socio-laboral que hemos disfrutado, no hubieran sido posibles sin los sindicatos de clase, que lucharon a muerte para conseguirla. Nadie les regaló nada, se alcanzaron tras luchas encarnizadas. Ahí van algunas: las vacaciones pagadas, descanso dominical, derecho a la jubilación o los seguros de enfermedad, o la jornada de ocho horas, alcanzada en España tras la huelga de “La Canadiense” en la Barcelona de 1919 iniciada el 6 de febrero, que se convirtió en una huelga general gracias a la solidaridad obrera, que duró 44 días, paralizando prácticamente toda la industria catalana, y que supuso la aceptación además de todas las demandas de los trabajadores: mejoras salariales, readmisión de los obreros despedidos, liberación de obreros detenidos. Aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, quiero recordar las huelgas de 1988 en la enseñanza pública no universitaria, siendo ministro de Educación, José María Maravall, que tras su dimisión y su sustitución por Javier Solana, supusieron una mejora sustancial de nuestras condiciones laborales, como la implantación de los sexenios, que beneficiaron a todos, independientemente que hubieran secundado o no la huelga.

Hoy observamos que todas aquellas conquistas alcanzadas con mucho dolor, sangre y muerte se desvanecen para beneficio de las grandes corporaciones en este mundo globalizado que sacrifica todo al Mercado. ¿A qué se debe tanta pusilanimidad? Por lo menos deberíamos transmitir a las generaciones futuras la herencia recibida. ¡¡Qué menos! Existen muchas razones. El aburguesamiento de muchos; cada vez menos propensos a la militancia y a la agrupación, el individualismo exacerbado, la queja en silencio, la visión del otro como un enemigo, el miedo a perder el puesto de trabajo, la cobardía, etc. Mas estos comportamientos tienen un porqué. En las últimas décadas las clases dirigentes nos han “inoculado” que el principio básico es la competencia: entre economías nacionales, y sobre todo, entre individuos en el mercado de trabajo. La precarización laboral ha convertido la vida real en un campo minado, donde todos somos rivales. El neoliberalismo no tolera la solidaridad social, porque necesita que cada uno esté armado contra los otros, para que no vuelva la lucha de clases.

Y en esa pusilanimidad también se han instalado los sindicatos. Es verdad que la economía fabril en la que nacieron y crecieron está en declive por la deslocalización industrial a otros regímenes de semiesclavitud laboral, ante la que no hicieron nada. Según Nicolás Sartorius, los sindicatos pasan por el momento más difícil de su historia. Tienen contradicciones. Primero, entre los trabajadores de distintos países. El único que ha seguido las consignas de Marx ha sido el poder financiero, al moverse internacionalmente. Los sindicatos–lo mismo que los partidos- tienen que salir del ámbito nacional o regional y tener una visión global, porque el adversario es global. Si son incapaces de hacerlo, están perdidos. Otro problema es el enfrentamiento entre parados y los que tienen trabajo, del que se sirve el capital perversamente “a que quieres que trabaje más gente, pues entonces reduce tu salario”.

En cuanto a los sindicatos españoles, según Rafael Poch, un reciente trabajo de la Fundación Friedrich Ebert, próxima a la socialdemocracia alemana, Sindicatos en España, organización, medio y retos, indica que una larga tradición desde el fin de la dictadura, de continuo diálogo social y su implicación en el sistema político-institucional ha hecho que sean vistos por la opinión pública como “parte del sistema político”, sufriendo por ello “el mismo desprestigio que los partidos políticos, los bancos y las compañías multinacionales”. La crisis no sólo ha debilitado su base social, sino que la política antisocial de las reformas laborales del 2010 y el 2012 ha disminuido sus derechos y posiciones negociadoras. En este contexto, los tradicionales métodos de lucha sindical, como las manifestaciones y las huelgas, antes efectivas, chocan ahora contra el muro infranqueable del neoliberalismo. Ni las huelgas generales de los sindicatos, ni las protestas juveniles en las plazas han servido para cambiar las políticas. La ineficacia en la acción y el desprestigio en la calle sitúa a los sindicatos españoles ante una encrucijada: afrontar el dilema de, o romper radicalmente con la tradición de diálogo social y transformarse de nuevo en un movimiento social de protesta, o comprometerse en un difícil equilibrio entre protesta y participación institucional. No obstante, a pesar de ello, por sus afiliados, por sus votantes en las elecciones sindicales y por los 11 millones de trabajadores cubiertos por convenios, siguen siendo la organización social más importante y sin ellos los trabajadores estamos condenados a volver a las condiciones laborales decimonónicas, que en definitiva es la pretensión del gran capital.

Por ello, hoy la actividad sindical ha dejado de tener interés mediático. El 13ª Congreso de la Confederación Europea de Sindicatos, celebrado en París los pasados 29 de septiembre al 2 de octubre, un evento de gran alcance internacional que afecta a decenas de millones de trabajadores, fue condenado al ostracismo mediático más absoluto., del que también son culpables sus dirigentes, ya que si ellos no lo publicitan, ¿por qué los otros van a hacerlo?

De no mediar un cambio radical, los sindicatos pueden llegar a desaparecer, y si este hecho se produce los trabajadores seremos carne de cañón, lo usual en la historia de la Humanidad. Para revertir esta crisis sindical podría servir un nuevo modelo sindical, según varios autores del mundo anglosajón como Moody y Waterman, el llamado social movement unionism, y que podría traducirse en “sindicalismo movimentista”, cuyo equivalente en España sería “sindicalismo sociopolítico”. Tendría las siguientes características. Una concepción no institucional de la acción sindical y una mayor movilización contra las políticas neoliberales y las exigencias empresariales. Una visión amplia de la clase trabajadora, donde quepan no sólo los que tienen un trabajo fijo, sino que también otros más desfavorecidos como: madres solteras, trabajadores a tiempo parcial o con contratos temporales, inmigrantes, jóvenes sin titulación o cualificación alguna, los sin techo o sin vivienda digna, trabajadores manuales obligados a retirarse prematuramente, parados sin subsidio.. Una concepción amplia de la actividad sindical, que implique el trabajar en el centro de trabajo y en el territorio. Una visión organizativa más democrática, sustentada en una mayor participación y formación de los afiliados. Una perspectiva internacionalista de la actividad sindical. Necesidad de establecer puentes y alianzas con diferentes movimientos sociales antiglobalización y antineoliberales, lo que implicaría además que los sindicatos deberían participar en luchas sociopolíticas más amplias ligadas a la defensa del medioambiente, los barrios, los derechos de las mujeres o de los homosexuales.

Cándido Marquesán Millán

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