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La naturaleza no ha pretendido ponernos en este mundo como un palenque

   /  28/12/2015  /  Comentar

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El dominio apabullante del neoliberalismo me ha sugerido esta pregunta: ¿Realmente somos conscientes del monstruo que estamos construyendo y tolerando?

Por si todavía algunos no fueran conscientes de esta dramática situación, con inequidad, exclusión, pobreza, desempleo, además de otras características, me parece pertinente recurrir a los testimonios de especialistas en ciencias sociales, desde historiadores, filósofos y sociólogos…

A la hora de organizar nuestra vida en sociedad las secuelas nocivas del neoliberalismo son numerosas. Una es la expansión imparable del individualismo insolidario y egoísta, que socava cualquier proyecto político colectivo. El neoliberalismo encuentra su razón de ser en una referencia común al “individuo responsable de sí mismo”, que debe prosperar por sí mismo sin esperar nada de los demás.  Boaventura de Sousa Santos en la Segunda Carta a las Izquierdas, indica que los neoliberales pretenden desorganizar el Estado democrático a través de la inculcación en la opinión pública de la supuesta necesidad de varias transiciones. Primera transición, de la responsabilidad colectiva a la responsabilidad individual. Para estos, las expectativas de la vida de los ciudadanos derivan de lo que ellos hacen por sí mismos y no de lo que la sociedad puede hacer por ellos. En la vida tiene éxito quien toma buenas decisiones o tiene suerte, y fracasa quien toma malas decisiones o tiene poca suerte. Las condiciones diferenciadas de nacimiento o de país no deben ser significativamente alteradas por el Estado.  Esto es puro darwinismo social.

Para Robert Putnam una peligrosa debilidad del tejido social de las democracias contemporáneas se manifiesta en una fuerte reticencia de los ciudadanos a identificarse, comprometerse y responsabilizarse con la vida pública. Para Putnam se ha producido un auténtico declive del capital social en los Esta­dos Unidos tras la Segunda Guerra Mundial, pero sobre todo a partir de los años setenta, lo que significa un empobrecimiento generalizado de las relaciones sociales, asociado a problemas claros de cohesión cívica y de individualización de la vida cotidiana. Todo ello lleva a la soledad y aislamiento como manifiesta en su obra Solo en la bolera; descripción de esa sociedad civil americana cada vez más fragmentada, indivi­dualizada y solitaria y, a la vez, menos interesada por las insti­tuciones de gobierno, el sistema político o la acción colectiva, al quedar encerrada en su propia privacidad. Por cierto, el modelo americano es el referente en el mundo occidental. 

            La politóloga norteamericana Wendy Brown lleva a cabo un corrosivo diagnóstico de la crisis democrática en los países occidentales o, con mayor exactitud, del proceso de desdemocratización iniciado en estos países, comenzando por Estados Unidos. En su ensayo El liberalismo y el fin de la democracia el proyecto político neoliberal viene a sustituir la normativa política y moral hasta entonces vigente en «las democracias liberales», practicando una considerable labor de destrucción de las formas normativas precedentes. Un proyecto que certifica la eliminación del sujeto democrático que fuera referente idóneo de la democracia liberal. De este modo, paulatinamente va desapareciendo la figura del ciudadano que, junto a otros ciudadanos iguales en derechos, expresaba cierta voluntad común, determinaba con su voto las decisiones colectivas y definía lo que había de ser el bien público, para verse reemplazado por el sujeto individual, calculador, consumidor y emprendedor, que persigue finalidades exclusivamente privadas en un marco general de reglas que organizan la competencia entre todos los individuos.

Frente a esta situación claramente expuesta por los especialistas citados, yo me resisto a asumir que nuestra realidad política, social, económica y cultural sea esta. Y me resisto, porque pienso que en el ser humano existen otros valores distintos al individualismo y al egoísmo. Existen valores como la solidaridad, la fraternidad, la empatía hacia los otros seres humanos. Es más, estos son los valores que nos ennoblecen como seres humanos, los otros nos envilecen.

Decía el Conde Romanones que cuando los años pasan, aprovecha más dedicarse a rumiar las lecturas pasadas, reflexionando sobre ellas, analizándolas y contrapesándolas. Labor entretenida y provechosa. Siguiendo tal consejo, un libro que acostumbro a leer y releer con asiduidad es Europa en la conciencia española y otros estudios del catedrático de Derecho Político de la Universidad de Zaragoza, Manuel Ramírez, recientemente fallecido. En uno de sus capítulos cita el prólogo que Ortega y Gasset hizo de la clásica obra de Guizot Historia de la civilización en Europa:

“Siempre ha acontecido esto. Cuando el inmediato futuro se hace demasiado turbio y se presenta excesivamente problemático el hombre vuelve atrás la mirada, como instintivamente, esperando que allí, atrás, aparezca la solución. Este recurso del futuro al pretérito es el origen de la historia misma…Y cabe decir más. La mirada hacia el pasado busca en él a mayor o menor profundidad según sea el calado del azoramiento ante el futuro, según sean más o menos básicas las cosas que se han vuelto problemáticas”. Realmente la cita tiene profundidad y calado. Y yo acostumbro a llevarla a la práctica, por lo que ahora acudo a un fragmento de la obra Discurso de la servidumbre voluntaria de Étienne le Boétie, que a todos nos debería servir de motivo para una reflexión profunda y que pude conocer en la obra de Stefano Rodotà El derecho a tener derechos.

Ahí va: Si hay algo claro y evidente en la naturaleza y ante lo cual no nos esté permitido hacernos los ciegos, es esto: que la naturaleza, ministro de Dios, gobernante de los hombres, nos ha hecho a todos de la misma forma y, según parece, con el mismo molde, a fin de que nos reconozcamos todos por compañeros o más bien como hermanos. Y si al repartir los presentes que la naturaleza nos ha dado, esta ha dado mejor parte de su bien a unos que a otros, sea al cuerpo o al espíritu, no obstante, no ha pretendido ponernos en este mundo como un palenque, y no ha enviado aquí abajo a los más fuertes ni a los más avisados como salteadores armados en un bosque para devorar a los más débiles, sino que debemos creer más bien que al hacer así a unos los miembros más grandes, a otros más pequeños, la naturaleza ha querido hacer sitio al afecto fraternal, a fin de que tuviera donde emplearse, teniendo unos el poder de prestar su ayuda y otros la necesidad de recibirla…

Cándido Marquesán Millán

 

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