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La mayoría de los relatos creados son para ocultar la realidad

   /  08/02/2016  /  Comentar

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Este fin de semana ha aparecido en diferentes periódicos la esplendorosa noticia sobre el balance del año turístico de 2015. El tono ha sido triunfalista. Uno de los pilares básicos de nuestra economía. Año de récords, así pasará el año 2015 en la historia de la economía española. España ha recibido más turistas que nunca, en concreto, 68.137.000, que se gastaron, por supuesto, más que nunca, 67.385 millones de euros; y también cada uno de ellos más dinero que nunca, 1.037 euros de media por persona. Por comunidades autónomas Catalunya ha sido el destino preferido, seguida de Canarias, Baleares, Andalucía, Madrid, etc. Ni que decir tiene que se han lanzado las campanas al vuelo, que los datos del turismo sumados a los de las ventas de coches o en el comercio corroboran que la recuperación económica está plenamente consolidada. Hay datos que justifican tales incrementos del turismo, en absoluto debido a una política del gobierno estatal, como la conflictividad en le norte de África, la caída del precio del petróleo, que repercute en el menor costo en los viajes; la cotización del euro, etc. Mas, no quiero insistir en este tema. Quiero fijarme en otro aspecto, mucho más triste y prácticamente olvidado en los numerosos medios de comunicación por gran parte de los periodistas.

Estamos de acuerdo que es uno de los pilares básicos de nuestra economía. Mas, ¿a qué costo? ¿Cuáles son las condiciones laborales en los establecimientos hoteleros? De este aspecto, insisto, en los grandes medios de comunicación vinculados a los grandes poderes económicos, nadie dice nada. No obstante, existen investigadores con un gran sentido de la ética, que han denunciado las condiciones laborales de algunos de sus trabajadores, como son las limpiadoras de los hoteles que se ven sometidas  a unas condiciones laborales precarias, con sueldos miserables, horarios interminables, temporalidad, etc. A tal efecto es recomendable la lectura del libro de Ernest Cañada titulado Las que limpian los hoteles. Historias ocultas de precariedad laboral”, donde aparecen 26 entrevistas demoledoras realizadas a estas trabajadoras víctimas de las multinacionales y las grandes y medianas empresas de la industria turística. La precariedad laboral, que cada vez va a más, supone la multiplicación de los trabajadores pobres, personas ocupadas pero con salarios tan ínfimos que no pueden cubrir sus necesidades básicas. El problema es tan claro que algunos partidos políticos en todo un alarde de “sensibilidad social” ofertaron en campaña electoral propuestas paliativas, desde la renta universal desde la izquierda, a un complemento salarial de Ciudadanos. La consecuencia previsible: los empresarios bajarán más los salarios y cargarán parte de la nómina al Estado. Rafael Borrás Ensenyat en su artículo “Las que limpian los hoteles” del capitalismo turístico canalla hace referencia al libro de Ernest Cañada, valorándolo muy bien ya que  explica perfectamente la apuesta empresarial que sólo piensa en cómo maximizar beneficios, aunque sea a expensas de la máxima precarización de la ocupación. Una precarización que el autor define como “un aumento de las condiciones de explotación y vulnerabilidad que sufren las clases trabajadoras”, y añade que “las camareras de pisos son uno de los colectivos laborales que más se ajusta a este patrón”. Esta precariedad laboral provoca, incluso, un fuerte deterioro de las condiciones de salud física y psíquica de las trabajadoras, hasta el punto que casi es imposible que aguanten trabajando, con los ritmos y cargas de trabajo exigidas, hasta la edad normal de jubilación. La precariedad laboral es también la negación de los derechos democráticos en los puestos de trabajo, una realidad que Cañada define con precisión: “La dificultad de las trabajadoras de organizarse libremente, sin temor a las represalias empresariales, supone un estado de coerción que niega las bases del que puede considerarse un trabajo decente, tal como lo establece la Organización Internacional del Trabajo (OIT)”.

Como he escrito en algún artículo anterior, el neoliberalismo es muy semejante al totalitarismo, ya que en ambos no existe límite alguno. En la Alemania nazi, cualquier cosa era posible, incluido, el quemar en hornos crematorios a seres humanos. En el neoliberalismo, tampoco existe límite alguno, ya que todo es posible también, hasta firmar contratos de 8 minutos a una limpiadora, tal como Carles Francino reflejó recientemente en su programa La Ventana.

Da la impresión de que muchos trabajadores todavía no son conscientes de que estos ataques brutales a sus derechos laborales, tal como es la dinámica interna del neoliberalismo, no sólo no se van a detener, es que en el futuro se incrementarán más todavía, de no producirse una reacción contundente por la clase obrera explotada. Por ello, dijo muy bien Eduardo Galeano en el Texto leído en la sesión magistral de clausura de la VI Conferencia Latinoamericana y Caribeña de Ciencias Sociales, llevada a cabo del 6 al 9 de noviembre de 2012 en la Ciudad de México dijo: “Que una pregunta me ocupa y me preocupa como –estoy seguro– a todos ustedes: ¿los derechos de los trabajadores son ahora un tema para arqueólogos? ¿Sólo para arqueólogos? ¿Una memoria perdida de tiempos idos? Es una pregunta más que nunca actualizada en estos tiempos de crisis, en los que más que nunca los derechos están siendo despedazados por el huracán feroz –el capitalismo canalla según el libro de César Rendueles— que se lleva todo por delante, que castiga el trabajo y recompensa la especulación, y está arrojando al tacho de la basura más de dos siglos de conquistas obreras”.

Quiero terminar con unas reflexiones que me surgen sobre el comportamiento de algunos periodistas, y científicos de las ciencias sociales,  que al servicio de los grandes poderes económicos, construyen relatos para ocultar la realidad auténtica, que al ser la voz de su amo, se limitan a describir el extraordinario éxito del turismo en el año 2015, sin importarles el sufrimiento humano que hay detrás. A tal efecto me sirvo de algunas de las ideas del artículo Periodismo prostituido, del escritor colombiano Reinaldo Spitaletta, ideas que aplica a los periodistas, pero que también son extrapolables a todos esos grandes prebostes de la academia. Nos dice  que el periodismo nació en la modernidad en medio de la lucha entre las viejas y las nuevas ideas; la Ilustración le dio un carácter de servicio a los más desprotegidos, de servir de vocero de los oprimidos y olvidados de la historia. Se iba aclarando que el periodismo se destinaba para narrar las desgracias del hombre, de los explotados, de los humillados y ofendidos. La prensa se erigía como el “cuarto poder”, fiscalizador de los otros poderes y portador de cultura, transmisor de lo más avanzado y también de lo más vergonzoso del hombre. Cabían en sus trabajos desde las ideas de progreso y los descubrimientos científicos hasta las bajezas de un político y las desventuras de las víctimas de la guerra. El periodista era parte de los ilustrados. Y el periódico estaba para ser vocero de las luchas contra las injusticias y los atropellos. Ejemplos históricos abundan, como el Yo acuso de Émile Zola .

Abundan los grandes periodistas. Mas, tras desaparecer el “cuarto poder”, absorbido por los otros, y puesto en general el periodismo al servicio de los poderosos, con lo cual la esencia del periodismo se vulneró, para ser solo propaganda, el asunto ha venido de mal en peor. El periodismo, en general, ha perdido su esencia combativa, su capacidad crítica y de poner en calzas prietas al poder. Y se ha mudado a la otra posición, la de servir de mampara de los desafueros oficiales. No revela; tapa. No cuestiona; bate incienso. Se ha prostituido, en una palabra.

 

Cándido Marquesán Millán

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