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¿Servir o servirse?

   /  18/02/2016  /  Comentar

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«Quien no vive para servir, no sirve para vivir»

Papa Francisco en la Misa de La Habana

20/09/2015

 

Dice el gran maestro del periodismo Luis María Ansón que: “El gran problema de la clase política española no es la corrupción, sino la mediocridad”. Y no le falta razón, aunque yo le añadiría, la falta de amor a España.

En un tiempo de nuestra historia reciente hubo tres hombres que se lo jugaron todo por su deseo que construir una España nueva, en la que en paz, tuviésemos cabida todos los españoles, fuésemos de la ideología que fuésemos.

Esos tres hombres fueron el Rey emérito Juan Carlos I de España, Torcuato Fernández Miranda y Adolfo Suárez González.

A pesar de la amistad que les unía, el Rey no había pensado en Adolfo Suárez como posible sucesor de Arias hasta que, en febrero, Torcuato le convenció de sus cualidades como hombre de acción, sin las enraizadas ideas o convicciones de Areilza o Fraga, pero fiel, dispuesto y hábil en el trato con los demás, dones adecuados para la tarea. «La personalidad de Areilza o la de Fraga darían lugar a un Gobierno Areilza o a un Gobierno Fraga», mientras que «Suárez garantizaba un Gobierno del Rey». Y de Torcuato, obviamente.

Mientras bastantes políticos vacilaban ante las responsabilidades derivadas de encarrilar un cambio inevitablemente complejo y arriesgado, Suárez aceptó con la mayor naturalidad.

En marzo de 1976, cenando Torcuato Fernández Miranda en casa de Suárez, le insinuó que él podría sustituir a Arias, y «no dijo, ni por cortesía, “Hombre, no.” (…) Me impresionó su mirada, como si en el fondo de ella estallara un sueño siempre acariciado.

«¿Cuánto había de visión de futuro y de voluntad de servicio y cuánto de encadenamiento con el pasado y de ambición política?»; «¿Qué primaba, la voluntad de servir o la de mandar?»

Al final Torcuato Fernández Miranda, ideólogo de la Transición, se decidió por Suárez porque la influencia y poder que creía ejercer sobre él eran indudables. Efectivamente la inteligencia de Torcuato superaba con mucho la del Rey y la de Suárez y esa autoridad intelectual habría de ser decisiva.

Además, su condición de «hombre del Movimiento» serviría para no levantar sospechas entre los recalcitrantes del régimen y para contener a Fraga en sus aspiraciones.

Cierto es que el Rey siempre se había mostrado más inclinado por los deportes que por los libros y sus tutores así se lo habían trasladado a Franco en repetidas ocasiones. Y no es menos verdad que Adolfo Suárez, que había estudiado derecho en la Universidad de Salamanca, acostumbraba a reconocer que nunca había sabido estudiar, y que se limitaba a subrayar y memorizar un montón de absurdas definiciones que recitaba como un papagayo sin entenderlas. Pero estas carencias no fueron obstáculo para que estos tres hombres asombraran al mundo con una obra en la que nadie creía, porque suplieron sus menguas intelectuales con el valor que les proporcionó su firme voluntad de servir a España y de dar un paso atrás, cuando ambos, cada uno en su momento, fueron conscientes de que ya no podían hacerlo.

César Valdeolmillos Alon

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