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Algunas alternativas al sistema neoliberal

   /  21/03/2016  /  Comentar

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Hoy se sigue la hoja de ruta política perfectamente marcada. Los planteamientos del neoliberalismo siguen plenamente vigentes. Dos pruebas. Como señala Fernando Luengo, después  de todas las vicisitudes teatrales que cabe pensar desembocarán en la formación de un gobierno en el Reino de España, la verdad desagradable asomará al final: el imperativo de cuadrar las cuentas por mandato de la Comisión Europea, o lo que es lo mismo, la inmutable disciplina presupuestaria, que no es otra cosa que seguir a rajatabla las políticas de la austeridad a ultranza, con los efectos nocivos conocidos para la mayoría de la sociedad. La Francia de Hollande, que pudo suponer en un principio una ilusión de cambio, plantea una  reforma laboral contenida en un proyecto de ley que “la derecha ni siquiera pudo imaginar cuando estaba en el poder”, confiesa Le Fígaro en su editorial, que como sabemos está generando muchas movilizaciones preparatorias cara a la huelga general del 31 de marzo.

En septiembre de 2013 en Bolivia, Zizek señaló: Me disculpo por los intelectuales europeos, por la forma en que los tratan a ustedes. Cuando vienen acá y supuestamente los admiran hay mucho de hipocresía. La actitud típica de este tipo de intelectuales -que seguramente tienen una buena fuente de ingresos y lo hacen bien- es tener el dinero en el bolsillo derecho y su corazoncito a la izquierda. Les gusta participar en la Revolución pero siempre que esa Revolución ocurra lejos de su vida diaria, donde pueden participar en las formas de cuidar el dinero, las intrigas del trabajo, etc. Ellos dicen que su corazón está allá, con la Revolución. La izquierda -sobre todo la izquierda europea- siempre necesitó este tipo de lugares: la Unión Soviética, China, Cuba”.  La excepción puede estar representada por el Movimiento Democracia en Europa 2025 (DiEM25), una plataforma de cohesión de las izquierdas del continente que pretende luchar contra las fuerzas centrífugas de la Unión Europea (UE), surgida a iniciativa del exministro de Finanzas griego Yanis Varoufakis, entiendo que todavía está un estado incipiente.

Para salir de este auténtico infierno al que nos conduce el neoliberalismo es imprescindible encontrar alguna alternativa. ¿Somos conscientes del cáncer neoliberal para nuestra sociedad? Abundan todavía los que piensan que tras la crisis retornaremos a los tiempos pretéritos. Mucho me temo que no, la injusticia, la exclusión y la desigualdad, no sólo no se corregirán, es que se incrementarán, ya que esta es la dinámica interna neoliberal. Cualquiera puede verlo.

Por ello, la reacción ante la barbarie neoliberal hay que buscarla fuera de Europa. Sobre todo en el continente sudamericano.  Hoy los proyectos políticos progresistas antineoliberales están en Bolivia, Ecuador y Venezuela, o en la Selva Lacandona, aunque están siendo maniatados por la hidra neoliberal. Así como también los creadores de pensamiento. Uno de ellos es John Holloway, de origen irlandés, aunque impartiendo clases hace ya tiempo en la Universidad Autónoma de Puebla en México. Tiene una amplísima bibliografía, de la que he podido consultar 2 libros de títulos sugerentes: Cambiar el mundo sin tomar el poder del 2002; y Agrietar el capitalismo. El hacer contra el trabajo del 2011. Ambos han sido muy polémicos y criticados desde la izquierda ortodoxa y bien acogidos en ambientes libertarios. En el primero, su tesis resumida brevemente es que no se puede hacer la revolución tomando el poder del Estado, vistos los fracasos de una socialdemocracia domesticada ante el capital; y del socialismo real, tras la descomposición de la URSS con la caída del muro de Berlín, o en China o Camboya.  Además aquí hay una cruel paradoja, las luchas de miles de personas en el siglo XX para  romper el capitalismo y crear una sociedad diferente, al final sirvieron más para fortalecerlo que para debilitarlo. La principal crítica recibida a su primer libro es que no señalaba el cómo para llevar la revolución, para subsanar esta carencia escribe el segundo Agrietar el capitalismo, que es, según el propio autor, hijo del primero. Propone que la única forma de concebir una revolución anticapitalista  es en términos de la creación, expansión, multiplicación y confluencia de grietas o rupturas en el tejido de la dominación capitalista. Es un rechazo, una rebeldía, una dignidad. Un No, pero un No que va abriendo otro hacer. Una negación-y-creación. Todo el tiempo nos estamos rebelando, creando grietas, contra la lógica agresiva del capital, tratando de crear espacios o momentos donde hacemos lo que nosotras o nosotros consideramos necesario o deseable, y no lo que nos impone la lógica del dinero. El levantamiento zapatista es un ejemplo, pero también fue el movimiento de los indignados, donde las personas trataban de crear otra forma de hacer las cosas, de pensar la democracia, desde abajo, colectivamente, o en las luchas contra la privatización del agua, o en las simples luchas cotidianas para vivir con dignidad. Otras grietas están por construir. Por ejemplo, el sacar todos el dinero de los bancos o no comprar productos a empresas que con pingües beneficios despiden a trabajadores. Está en nuestras manos poder crearlas.  El mundo está lleno de estas grietas.  Es importante una confluencia entre ellas. Que se conecten. Podemos entender la idea de las grietas imaginando un lago congelado: estamos intentando romper el hielo, arrojando piedras al lago. Se crean agujeros y grietas, rajaduras. Y del otro lado también están arrojando piedras y por otro lado también, que es un poco lo que está pasando hoy. Va formándose una multiplicidad de grietas que a veces se expanden y otras veces se regeneran, de manera que el agujero puede congelarse otra vez. Pero si las grietas se juntan, se hacen mayores, más potentes podremos romper el hielo del capitalismo. Ese es el objetivo.

 En Europa los franceses Cristian Laval y Pierre Dardot partiendo de Michel Foucault, en La nueva razón del mundo. Ensayo sobre la sociedad neoliberal, profundizan en la esencia del neoliberalismo, señalando que es mucho más que un tipo de capitalismo. Es una forma de sociedad e, incluso, una forma de existencia. Pone en juego nuestra manera de vivir y las relaciones con los otros. No sólo es una ideología y una política económica, sino también un verdadero proyecto de sociedad (en construcción) y una cierta fabricación del ser humano. “La economía es el método, el objetivo es cambiar el alma”, decía Margaret Thatcher. En el neoliberalismo, la competencia y el modelo empresarial gobiernan nuestras conductas e incluso establecen una forma de vida. No sólo los salarios de los diferentes países, sino que todos los individuos establecen relaciones “naturales” de competición entre ellos. Se trata de hundir al máximo de gente posible en un universo de competición y decirles: “¡que gane el mejor!”. O sea, somos conducidos a vivir en continua rivalidad y competitividad, intentado ir más allá siempre para alcanzar objetivos, resultados…

Pero Dardot y Laval no se limitan a realizar un análisis en profundidad del neoliberalismo, necesario por otra parte, sino que presentan una alternativa en un nuevo libro Común. Ensayo sobre la revolución en el siglo XXI. Formulan la hipótesis de que hoy se está construyendo una racionalidad alternativa, que han denominado ‘racionalidad del común’. Lo común se ha convertido en el principio efectivo de las luchas y los movimientos que, desde hace dos decenios, han resistido a la dinámica del capital y han producido discursos originales. Las reivindicaciones en torno a lo común surgieron en los movimientos altermundialistas y ecologistas. En el Reino de España, algunos concejales de Ahora Madrid prometieron sus cargos con la fórmula “Omnia sunt communia” (“todo es común”) y la palabra “común” está en el nombre de diferentes iniciativas municipalistas en Zaragoza, Barcelona, Cádiz, La Coruña… Tomaron como referencia el antiguo término de  commons (comunes), buscando oponerse a lo que era percibido como una nueva ola de enclosures (cercamientos), merced a las privatizaciones de lo público, tanto recursos (minas, tierras, energía, telefonía, ferrocarriles, agua, conocimiento, etc.) como servicios (sanidad, educación, cultura, etc. ).  Esta expresión (enclosures) remite al proceso histórico antiguo de acaparamiento para explotación privada de tierras comunales en las campiñas europeas mediante el cercamiento de los campos. Esto supuso en Inglaterra que los campesinos se quedaron sin tierras y no tuvieron otra opción que vender su trabajo para sobrevivir a la industria incipiente.

Frente al descrédito de la democracia representativa, lo común es un principio político basado en una democracia real y participativa que permite a los ciudadanos participar en la toma de decisiones. Principio que se puede aplicar a todos los ámbitos de la sociedad, incluidos los partidos o la empresa, y que es la base de una concepción de la democracia en su sentido más puro y radical, el de una democracia que implique la coparticipación de los individuos en una misma actividad.

En los últimos 30 años de neoliberalismo se ha producido la revolución de las clases dominantes de la sociedad. Ahora es otra: la de restituir las actuales instituciones a la sociedad y transformarlas según el principio de lo común.   Revolución que no significa insurrección violenta; aunque  si tensión, enfrentamiento, ya que tocar los intereses de los clases dominantes y las formas políticas que las sustentan crea inevitablemente un conflicto, pero lo importante es que la sociedad retome el control sobre su organización política y social.  La revolución está ya iniciada. De las protestas y las manifestaciones en la calle han surgido según el principio de lo común a nivel local huertos urbanos compartidos, cooperativas de autoconsumo, que fomentan la transformación de la sociedad. Son formas de autogestión y de autoorganización social que están transformando el tejido de la sociedad, aunque son aún muy difusas y hay que articularlas en otros niveles de la sociedad. Lo común no significa ni la desaparición del Estado ni del comercio privado, pero tendrán un papel diferente. No es comunismo, ni socialismo real.

Otro aspecto de lo común es la distinción entre lo público-estatal y lo público-común. Lo público-estatal reposa sobre dos aspectos contradictorios: por un lado, pretende garantizar la universalidad del acceso a los servicios públicos; por otro, reserva a la administración estatal el monopolio de la gestión de esos servicios reduciendo a los usuarios a consumidores, excluidos de participar en la gestión. Lo común debe poner fin a esa división entre “funcionarios” y “usuarios”. O sea, lo común debe garantizar la universalidad del acceso a los servicios mediante la participación directa de los usuarios en su gestión.  Uno de sus objetivos es convertir los servicios públicos en instituciones de lo común, para impedir su privatización por el político de turno, como ha ocurrido en España, que ha supuesto el expolio de un patrimonio de todos los españoles para beneficio de empresas privadas, con la consiguiente secuela de corrupción, nepotismo y clientelismo. ¿Con qué derecho un gobierno vende un patrimonio que pertenece a todos los españoles? Lo que es de todos tiene que ser decidido por todos. Tales opciones no son utópicas. Hay ejemplos.  La guerra por el agua en Cochabamba en Bolivia en el año 2000, donde los pobres y los indígenas se opusieron a la privatización del agua. Se levantaron contra el presidente Banzer que defendía los intereses de la Bechtel Corporation-la empresa líder mundial en ingeniería que estaba detrás del conglomerado de Aguas de Tunari– y que acababa de ganar en subasta pública la provisión del servicio de agua en Bolivia.

En Italia tras el  triunfo del referéndum contra la privatización del agua en junio de 2011, el alcalde de Nápoles Luigi de Magistris y su adjunto “delegado para los bienes comunes y la democracia participativa”, Alberto Lucarelli, llevaron a cabo la remunicipalización de la gestión del agua, un ejemplo paradigmático de creación de comunes locales o, más exactamente, de servicios públicos locales gobernados  como comunes.

 

Cándido Marquesán Millán

 

 

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