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La Europa alemana

   /  28/03/2016  /  Comentar

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Me limitaré en este artículo en presentar de una manera resumida dos versiones, en gran parte coincidentes de la nueva Europa alemana.

Rafael Poch en 2013 publicó el extraordinario libro La Quinta Alemania. Un modelo hacia el fracaso europeo. La 1ª fue la fragmentada hasta su unificación en 1870-71 tras la Guerra franco-prusiana. La 2ª desde Bismarck hasta la caída de la República de Weimar, con la llegada de Hitler. La 3ª  el III Reich desde 1933 hasta 1945. La 4ª tras el fin de la II Guerra Mundial hasta 1990, dividida en dos: la RFA, con capitalismo y democracia, y la RDA con dictadura y socialismo. La 5ª  se inicia con la reunificación en 1990, en la que estamos inmersos. La  historia de las  4 primeras, salvo algunos breves y fallidos movimientos emancipadores, como las revoluciones de 1848 y 1918, y los de 1968 en la RFA y de 1989 en la RDA, se ha caracterizado por haber sido la vanguardia de la contrarrevolución y un exacerbado belicismo.

La actual contrarrevolución política, social y económica es clara. Alemania llegó más tarde a lo que se ha llamado la Gran Divergencia, aquí bautizada como Gran Desigualdad, con la implantación del neoliberalismo. El mundo anglosajón perdió ya el miedo en los años 70, Alemania occidental fue con más cautela, inmersa en la guerra fría, tenía delante la RDA, “la alternativa”. Con la reunificación, mejor absorción de la Alemania oriental por parte de la occidental, Kohl también la practicó en el Este: una gran privatización de la economía popular. “En 1991 se vendieron mil empresas de la RDA en cuatro meses”. Alemania del Este fue el campo de pruebas para el Oeste. Los sindicatos alemanes, como los británicos, claudicaron. Se les chantajeó con los bajos salarios del Este y la deslocalización. Cedieron y perdieron la mitad de su afiliación. En el contexto de la estrategia de Lisboa de la UE, del año 2000, el canciller socialdemócrata Schröder dio el salto y aplicó por fin, en el 2003, la gran reforma neoliberal en Alemania, la Agenda 2010. Hubo una excusa, al neoliberalismo nunca le faltan: los 2 billones de euros de la reunificación. Por ello en junio de 1999 The Economist habló del enfermo de Europa, de una Alemania endeudada. Cuando Merkel llegó al poder el trabajo sucio estaba hecho, lo que hizo fue exportar e imponer la Agenda 2010 a toda Europa, corregida y aumentada con el pacto fiscal europeo y del tope de deuda, con ataques a los derechos sociales, reformas laborales, reducción prestaciones de desempleo y de impuestos a los ricos. Los españoles lo sabemos bien.

Que su economía es modélica, con menos paro, de haber soportado mucho mejor la crisis, es cuestionable. Según Heleno Saña, la Alemania que deslumbra por su nivel de empleo y por apenas estar afectada por la crisis “en los últimos veinte años, ha visto aumentar los índices de pobreza, la desigualdad distributiva, el deterioro de las prestaciones sociales y el endurecimiento de las condiciones de vida. Con la crisis financiera y el gobierno democristiano-liberal, “crecieron el descontento y las voces críticas”. La doctrina económica dominante, con el consenso político del CDU, FDP, SPD, y verdes, la monopolizan el consejo de los cinco sabios que asesora al gobierno; el Bundesbank, el Instituto de Economía de Kiel y el diario Frankfürter Allgemeine Zeitung, que imponen la dictadura de la austeridad para pagar la deuda a los países periféricos. Txipras le recordó al ministro de finanzas que en 1953 más de 20 países le condonaron a Alemania las deudas en un 60%. Pero claro, la RFA tenía que despegar, al tener delante la Otra Alemania, la comunista.

 

Y el otro aspecto, el militarismo alemán va a más, hoy está en Afganistán, en Mali, el tabú del fuego fue roto en 1999 en Kosovo, además de ser el tercer país que vende más armas, incluidas las que obliga a comprar a Grecia, a cambio del rescate. La canciller justifica la intervención internacional del Bundeswehr mencionando la “necesidad de garantizar el acceso a recursos energéticos y vías comerciales.

Por ende, la Quinta Alemania tiene muchas semejanzas con las anteriores, al querer imponer su dominio al resto de la UE, aunque ahora por  la vía económica, lo que genera un sentimiento de animadversión en el resto de los países miembros, algo que ya advirtió Helmut Schmidt, excanciller alemán en un memorable discurso “Alemania en y con Europa” ante el Congreso del SPD el 4 de diciembre de 2011 en Berlín. Le recordó a Merkel que  los alemanes, hemos hecho sufrir a otros pueblos, por lo que es probable que nos sigan teniendo recelo durante generaciones. Alemania a finales del año 2011, desde hace una década, provoca malestar y, también inquietud política, por una especie de matonismo. ”Los alemanes debemos rechazar el egoísmo nacional”. Nuestros superávits son, en realidad, los déficits de otros países. Para Heleno Saña “El problema del egoísmo alemán dentro de Europa es que detrás de él late el “instinto de poder”, la mentalidad de que han nacido para mandar, que ha caracterizado la política de este país desde su unificación por el canciller Bismarck.

En el artículo Liberar Alemania de Europa Michel Feher comenta que en unas declaraciones a la radio australiana ABC Yanis Varoufakis explica el proyecto que hay detrás de la rendición de Tsipras. Según él, mientras que la mayoría de los dirigentes del Eurogrupo no saben a dónde van, Wolfgang Schäuble tiene muy claro un proyecto, cual es la constitución de una entidad, lo más federal posible en torno a Alemania y su hinterland (Polonia, Eslovaquia, Finlandia y países bálticos);  Europa sólo debe integrar a pueblos dispuestos a seguir las reglas fijadas por Berlín. Por ello Schäuble tiene la intención de conseguir al final la exclusión definitiva de Grecia; convencido de que las condiciones de prórroga dadas a Grecia serán insostenibles en unos meses; y así mientras tanto se les hace ver a los dirigentes de Francia, Italia y España que no sólo tienen que obedecer para que no les echen, ya que quien piense tener derecho a quejarse al final lo pagará muy caro. Como señaló Ulrich Beck la Europa alemana está más predispuesta a la exclusión que a la anexión. Schäuble en absoluto pretende servir a los países vecinos, muy al contrario se limita a reclutar naciones, cuyos dirigentes como los alemanes, cumplan a rajatabla el objetivo de unas cuentas públicas equilibradas. Quien no esté dispuesto a cumplir estas normas no tiene sitio en la Unión Europea diseñada por Berlín. Los pueblos dignos de permanecer en la UE de Schäuble, son aquellos que son honorables a sus acreedores. Así  sus gobernantes ejercen de auténticos patriotas, ya que flexibilizando el mercado laboral, achicando los presupuestos sociales y privatizando los servicios públicos, mantienen la confianza de sus prestatarios.

El nuevo imperio germánico en principio es ajeno al nacionalismo, a diferencia de los reichs anteriores; lo que no quita que Merkel y Schäule se hayan habituado a los estereotipos racistas sembrados por la prensa alemana respecto a los pueblos del sur de Europa como holgazanes y despilfarradores; frente a los de trabajadores y ahorradores de Europa septentrional. Schäuble de acuerdo con los principios de Hayek, manteniendo la democracia formalmente considera que a los gobernantes para evitar que satisfagan a su clientela y no velen por el interés general de preservar el mecanismo de los precios, hay que arrebatarles las políticas presupuestaria y monetaria del estado y descargar a este último de una parte importante de sus funciones productiva y reguladora. De ahí hay que constitucionalizar la austeridad presupuestaria, confiar la gestión de la moneda a una institución independiente con la sola preocupación de mantener a raya la inflación, transformar a los usuarios de bienes y servicios públicos en clientes de empresas privadas, y, por último, convertir los problemas sociales y medioambientales en títulos negociables. Con estas reformas en marcha la democracia representativa ya no puede hacer nada a la hora de señalizar los precios.

Sobre esos 4 pilares Schäuble se propone fundar la integración de sus administrados en la Europa alemana, ya que, a diferencia del estado-providencia keynesiano de antes, la UE, no tiene la misión de preservar a la población más frágil de la agresividad de los intercambios comerciales, sino todo lo contrario el proteger los frágiles mecanismos del mercado de la impaciencia de las masas y de su explotación por los demagogos. Este programa hayekiano para Schäuble puede producir un número importante de refractarios, entre los cuales las ideas socialistas y los sentimientos nacionalistas es factible que cobren actualidad. Por ello, el político alemán considera inevitable y necesario en orientar hacia la salida a todos los países de la eurozona que no adopten el programa expuesto.

En cuanto a la política económica y social que el Gobierno de Berlín impone en su zona de influencia es menos tributario del neoliberalismo de la Escuela de Chicago que de la más comedida defendida en la primera posguerra por los ordoliberales de la Escuela de Friburgo. Más allá del placer del sufrimiento impuesto a los pueblos endeudados con los programas de austeridad, también para Schäuble es el interés inmediato de su país lo que le lleva a imponer a sus socios un yugo de disposiciones que les priva de cualquier margen de maniobra, incluso de tipo neoliberal, para reactivarse, como, por ejemplo las puestas en práctica por sucesivas generaciones de dirigentes neoliberales que sólo han podido superar las recesiones apoyándose alternativamente en el cruce del déficit público y la incitación al endeudamiento privado. Alemania sigue siendo una gran potencia industrial exportadora del mundo desarrollado, por lo que mantener el statu quo de Europa le permite mantener sus ventajas comparativas en términos de competitividad. Las naciones integradas en Europa a pesar de sus esfuerzos no pueden ponerse al día en materia de potencia industrial y balanza comercial. Además, si el previsible empobrecimiento de las regiones meridionales de Europa priva a Alemania de una parte de sus clientes, tanto las necesidades de los países emergentes como el mantenimiento de los bajos salarios en todo su hinterland de la Europa central y oriental le auguran un futuro bastante bueno. Todo lo expuesto significa que las decisiones de Schäuble tienen una racionalidad innegable. Las condiciones impuestas fuera de Alemania pronto se mostrarán como insostenibles. A los gobernantes de los países más frágiles de la zona euro cada vez les resultará más difícil el que sus compatriotas sobrevivan en una atmósfera de austeridad irrespirable. Por ello, la exclusión de Grecia que persigue Schäuble es probable que sea la primera fase de un proceso de desmembración de la Unión Europea.

¿Ante tanto dolor, los imitadores de Schäuble, si no se atreven a dar marcha atrás, tratarán al menos de suavizar ese programa tan duro de esa Europa alemana? Termina Michel Feher dudando de ello y no sólo por la rigidez ideológica de Schäuble, ya que todas las vías de suavizar las condiciones de participar en el Eurogrupo conducen inevitablemente a la ruina del modelo friburgués del que Alemania ha obtenido su hegemonía actual. Si en lugar de persistir  en la gestión ordoliberal de las finanzas públicas, Berlín se dejará llevar por la relajación fiscal de los seguidores de Milton Friedman, Alemania pronto perdería su carácter de superpotencia industrial. Evidentemente que no entra ni en Schäuble ni en sus seguidores tal hipótesis. De ahí que el futuro de la Unión Europea es muy negativo.

Sería mejor el liderazgo de una Francia más revolucionaria, republicana y patria de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, mas hoy es un país inseguro y en declive. Al ser Alemania, no es impensable que estalle la UE, lo acaba de expresar el estudio “Escenarios de futuro para la eurozona”, de la Fundación Friedrich Ebert asociada a la socialdemocracia.

Cándido Marquesán Millán

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