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Ni siquiera los muertos estarán seguros si el enemigo vence

   /  17/04/2016  /  Comentar

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EL PP la ha parado en seco La Ley de la Memoria Histórica, al negarle todo tipo de recursos. Era comprensible, ya que esta norma dirigida a la reparación a aquellos que fueron perseguidos durante la guerra civil y la dictadura, les incomodó desde el principio. El Gobierno de Rajoy ha hecho caso omiso a las 42 recomendaciones que la ONU le hizo en el 2014 tras denunciar la “privatización de las exhumaciones, que delega esa responsabilidad a las víctimas y asociaciones”,  la permanencia de símbolos de la dictadura y la necesidad de creación de una comisión de la verdad para tener datos públicos sobre el número de desaparecidos. 

Baltasar Garzón por haber abierto la causa penal contra los crímenes del franquismo fue apartado de la carrera judicial. Cerrada la vía judicial en España, varias familias con muertos tuvieron que recurrir a tribunales foráneos. ¡Vergonzoso! Ascensión Mendieta, una señora de 88 años, se tuvo que pagar con su dinero un billete a Argentina para poder encontrar a su padre. Como ejemplo  de la actuación indigna del PP son las palabras del desalmado y deslenguado portavoz del PP, Rafael Hernando “Los familiares de las víctimas del franquismo se acuerdan de desenterrar a su padre solo cuando hay subvenciones”. Lo que piden los familiares es que el Estado asuma las exhumaciones de sus familiares y que tengan una tumba digna.

Que un numeroso conjunto de personas quieran dar a los cuerpos de sus ascendientes, que reposan todavía en cunetas, descampados o junto a tapias de cementerios, una digna sepultura, y un legítimo reconocimiento, les parece inadecuado a determinados sectores de la derecha española. Estos presentan diferentes argumentos: que se reabrirán heridas, que en ambos lados se cometieron desmanes; o que hay que mirar hacia adelante. Que los dirigentes de un partido que ha sido el más votado el 20-D, que se quiere equipar a la derecha europea, muestren tal animadversión hacia la Memoria Histórica, a todos los que nos sentimos demócratas nos debería producir una honda preocupación.

Entiendo que si nuestra democracia está plenamente asentada, tras un período de transición, que hemos pretendido presentarlo como modélico y exportable a otras latitudes, no debería tener problema alguno para digerir nuestro pasado por duro y tenebroso que este haya sido. La verdad por encima de todo. Sudafricanos, chilenos, argentinos, rusos, por poner ejemplos, nos han dado una contundente lección.

Parece muy oportuno recordar ahora a Montse Armengol, que en su libro Les fosses del silenci hi ha un holocaust espanyol?, partiendo de la experiencia de Nicaragua, se hace la siguiente reflexión: “En Guatemala hemos visto como nos pasaban la mano por la cara por el esfuerzo institucional para localizar las fosas, para obtener ayudas internacionales, para hacer un banco de ADN, para tener un psicólogo a pie de fosa que atendiera a los familiares de las víctimas en aquel momento, a la vez esperado y doloroso, en que surge el primer hueso, una bota o una chaqueta, que confirma la pérdida violenta de un ser querido. El momento en que una pala abre la tierra y se rompe el silencio; el momento en que, por fin, puede comenzar el duelo, el personal, el del familiar del desaparecido y el colectivo: el de la sociedad que ha padecido la tragedia. Nada de eso”- acaba diciendo Montse Armengol- hemos visto en esta España que presume de dar lecciones de transición o de perseguir a los dictadores criminales”.

La respuesta a esta actuación del PP puede que nos la proporcione la Tesis VI de las Tesis de la Filosofía de la Historia de Walter Benjamín “.

Articular históricamente lo pasado no significa conocerlo «tal y como verdaderamente ha sido». Significa adueñarse de un recuerdo tal y como relumbra en el instante de un peligro. Al materialismo histórico le incumbe fijar una imagen del pasado tal y como se le presenta de improviso al sujeto histórico en el instante del peligro. El peligro amenaza tanto al patrimonio de la tradición como a los que lo reciben. En ambos casos es uno y el mismo: prestarse a ser instrumento de la clase dominante. En toda época ha de intentarse arrancar la tradición al respectivo conformismo que está a punto de subyugarla. El Mesías no viene únicamente como redentor; viene como vencedor del Anticristo. El don de encender en lo pasado la chispa de la esperanza sólo es inherente al historiador que está penetrado de lo siguiente: ni siquiera los muertos estarán seguros si el enemigo vence. Y este enemigo no ha cesado de vencer.”

Reyes Mate en su extraordinario libro Medianoche en la historia. Comentarios a las Tesis de Walter Benjamin “Sobre el concepto de Historia”, argumenta sobre esta Tesis VI que existe un peligro al que puede verse sometido el historiador que se atreva a articular el pasado. ¿En qué consiste ese peligro? En ser reducido a instrumento de la clase dominante. Ir contracorriente no es fácil. No se puede dar vida a un pasado muerto si no se da antes la batalla a aquellos que nos han hecho creer que el muerto muerto está y no hay nada que hacer. Ahora bien, si uno tiene respeto por los muertos, si no está dispuesto a que, después de la muerte física les sobrevenga también la insignificancia hermenéutica, que es una segunda muerte, tiene que descubrir en el pasado la chispa de esperanza, es decir, tiene que buscar en el pasado la luz que dé sentido a lo que aparece inerte. El que esta operación sea tan peligrosa, es señal inequívoca de que el enemigo que mató una vez, anda suelto.

Mas los efectos nocivos para nuestra convivencia no solo radican en la no reparación de las víctimas del franquismo.  Hay otro aspecto muy grave para la sociedad española actual, que describo a continuación y extraído del libro Desenterrar las palabras. Transmisión generacional del trauma de la violencia política del siglo XX en el Estado español de Clara Valverde Gefaell.

Es importante, ético e imprescindible para nuestra democracia el conocer los hechos ocurridos a nuestros abuelos y nuestros padres en la Guerra Civil, la dictadura y la posdictadura, para saber quiénes somos y cómo somos. Es una obviedad. Pero el libro de Clara Valverde no trata de los hechos históricos, sino de las razones por las que no se habló de ellos y las secuelas de ese silencio en la tercera generación, la de los nietos. Lo que no se pudo decir por el miedo, la represión o el desbordamiento psíquico, fue transmitido por nuestros abuelos a nuestros padres, y a nosotros de una forma no verbal, a través del inconsciente. Los silencios son frecuentemente mucho más explícitos que las palabras. Esto es la transmisión generacional. Hemos heredado aspectos nocivos del impacto negativo de nuestros ascendientes sin apercibirnos de ello. Los expertos en la transmisión generacional, cuestión no estudiada en nuestro país, señalan que si una sociedad no elabora los traumas causados por la violencia política del pasado, sus efectos nocivos interfieren en futuras generaciones, efectos como la necesidad de tener enemigos, polarización, vergüenza, victimismo, venganza y miedo a denunciar el poder.

En buena parte de nuestro siglo XX han estado presentes la represión, la violencia y el terror desde las instancias del Estado, que marcaron implacablemente el vivir y el sentir de nuestros ascendientes. De ahí el miedo, y el silencio que provoca el miedo que sintieron, y que  nos han transmitido, y que no ha desaparecido hoy de nuestras vidas. Miedo  que puede servir para explicar muchos de nuestros comportamientos actuales ante la crisis que nos invade.

Un miedo infundado es una de las secuelas más comunes de esa transmisión generacional de la violencia política, y que no somos conscientes del miedo que hay detrás de frases como: “Ten cuidado con lo que dices”, “No te signifiques”, “No hay nada que hacer”, “Es lo que hay”, etc.

El miedo a la autoridad está en muchas de nuestras actitudes. Por ejemplo, si estamos disconformes con el funcionamiento de un servicio público, en lugar de reclamar ante la persona responsable, nos quejamos interiormente, o a una persona que también tiene miedo de enfrentarse al poder. Perdemos mucho tiempo hablando sobre lo que diríamos al poder, pero poco hablando directamente al poder. Numerosas ocasiones afirmamos, con rabia, otro sentimiento heredado: “le hubiera dicho… y cuando te dijo tal cosa, yo le hubiera dicho”. Ese le hubiera dicho, que no lo decimos ni lo diremos nunca, es una prueba concluyente de nuestro miedo contra el poder.

Dejamos pasar, sin oponernos a injusticias y malos tratos en el mundo laboral, social, familiar por miedo. No solo nos callamos ante el poder ( y sin embargo nos desahogamos con los amigos en la barra del bar), sino que, cuando alguno tiene el coraje o las agallas de enfrentarse al poder, sobre todo desde el ámbito familiar, aduciendo que lo hacen por nuestro bien, intentan impedírnoslo para evitarnos problemas. Las frases “No te signifiques” o “No te des a notar” recuerdan y son una herencia de la dictadura. Muchos de nuestros abuelos por haberse significado políticamente fueron represaliados brutalmente ellos y miembros de su familia. Y en el sumo de la perversidad perfectamente organizada les hicieron sentirse culpables.

Al pretender que no nos signifiquemos, lo que se nos está diciendo es, no te metas en política. Es obvio que la represión no es la misma que en la dictadura, pero vivimos con miedo de manifestar nuestras ideas, por decir lo que pensamos. Ahora no necesitan reprimirnos. Lo hacemos nosotros mismos. Nos autocensuramos y censuramos a la gente en nuestro entorno. Con el “ten cuidado”, frenamos a los demás y a nosotros mismos de ser libres y de luchar contras las desigualdades y los privilegios. Ese miedo extendido y heredado como una plaga en muchos de los españoles, lo conocen y lo usan desde el poder para imponernos tantas y tan dañinas injusticias como estamos sufriendo en la actualidad. Y si alguno tiene la osadía de enfrentarse al poder, conocemos todo el aparato legal instaurado por parte del gobierno actual para castigarlo, reprimirlo e infundirle de nuevo el miedo.

Cándido Marquesán Millán

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