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¿Retorno al Medievo?

   /  30/05/2016  /  Comentar

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A veces tengo la impresión de que una parte importante de la sociedad española todavía no es consciente de las dramáticas secuelas actuales y futuras para la gran mayoría del dominio apabullante e indiscutido del neoliberalismo. Afortunadamente numerosos politólogos, sociólogos e historiadores no participan de este sentir general. Uno de ellos es Antonio Baños Boncompaín, autor  del libro espléndido Posteconomía. Hacia un capitalismo feudal. Título muy provocador, aunque el autor lo justifica.

En cuanto al vocablo posteconomía, nos dice que la economía, como ciencia social, es incapaz de explicar la realidad que se le había asignado. Mucho Premio Nobel de esta disciplina no da una a derechas en sus previsiones. La “ciencia económica” debería tener la obligación de parecer científica, pero no tiene nada de ello. Un “economista” nos dice que mañana saldremos de la madre de todas las crisis, otro que la crisis aún no ha llegado y un tercero que ya no estamos en crisis. La economía ha dejado ser ciencia para convertirse en una religión con sus dogmas, rituales, sacerdotes, ritos, iglesias, etc. La cuestión económica debemos dejarla en manos de expertos economistas, al estar muy lejos del entendimiento del hombre corriente, de lo que se encarga el lenguaje cada vez más arcano y matemático de la disciplina. La liturgia debe celebrarse en una lengua oscura, solo accesible a los iniciados. Para el resto, basta con la fe. Todas estas características nos remiten inexorablemente a la Edad Media. Es el momento de la posteconomía, cuando la economía ya no es ciencia y se convierte sólo en una doctrina, cuando los economistas y su brazo armado (financieros y políticos) dictan sus instrucciones sin tomarse la molestia de justificarlas racionalmente.

En cuanto Hacia el capitalismo feudal, defiende la tesis de que nos estamos dirigiendo inexorablemente hacia una nueva Edad Media, época del feudalismo, en la que la sociedad estaba dividida en tres estamentos: los bellatores (los que luchan, dominan y protegen), los oratores (los que rezan, transmiten el saber y aleccionan a la sociedad), y los laboratores (que se encargan del trabajo, de la producción, del sustento de todos). Evidentemente comparar el momento actual con otro tan lejano en el tiempo tiene que ser matizado, mas las semejanzas son muchas. Hoy, los bellatores son  ese 1% que detenta gran parte de la riqueza del mundo, el que manda, al que están subordinados los Estados; son las élites  sobre todo financieras, que se reúnen en Davos o forman parte del club Bilderberg. Los políticos son sus mayordomos, que se limitan a ejecutar sus órdenes, por lo que son recompensados. Según Rancière “La tesis de Marx, en su día escandalosa, según la cual los gobiernos son meros representantes comerciales del capital internacional, es actualmente un hecho obvio con el que están de acuerdo tanto liberales como socialistas. La absoluta identidad de la política con la gestión del capital ya no es el vergonzoso secreto oculto tras las “formas” de la democracia: es la verdad que se proclama abiertamente, mediante la cual adquieren legitimidad nuestros gobiernos”. Los oratores son los nuevos predicadores que han sabido construir un discurso para que la gran mayoría digiera la crisis. Usan una neolengua para paralizar toda crítica y toda contestación. La academia, antes se llamaba intelectualidad, tiene un nuevo papel en esta cosmovisión neofeudal -o si se quiere, neodeudal, la deuda es el mecanismo de dominio de la élite sobre la gran mayoría-: el respaldo obligado y leal de los bellatores, de los caballeros del dinero. En los nuevos cenobios se cocinan los textos que conformarán el catecismo posteconómico: son los think tanks. En ellos, se elabora una doctrina fina y destilada para alcanzar un pensamiento ortodoxo. En la Edad Media los bellatores fundaban monasterios para que los monjes además de rezar por ellos, justificasen el statu quo, con el “Bienaventurados los pobres, porque de ellos es el reino de Dios”. La gran obsesión de los oratores hoy es ingresar en un think tank. Ensalza, traga y disfrutarás de canonjías en congresos, conferencias, hoteles y canapés. El intelectual de hoy ambiciona dos cosas: dinero y reconocimiento. La mercantilización del conocimiento, la privatización de las instituciones que proporcionan el saber (la academia, la editorial, el auditorio propiedad del banco o el congreso pagado por la caja) solucionan ambos anhelos. La gran corporación crea el think thank y el intelectual se incorpora a él, sabiendo que el que le paga manda, le proporciona el público, y le acercará al político de turno para aconsejarle. Dentro de esos “intelectuales”, están muchos que se llaman periodistas. Para estos me parecen muy oportunas  las palabras del periodista argentino Horacio Verbitsky “Periodismo es difundir aquello que alguien no quiere que se sepa, el resto es propaganda. Su función es poner a la vista lo que está oculto, dar testimonio y, por lo tanto, molestar. Tiene fuentes, pero no amigos. Criticar todo y a todos. Echar sal en la herida y guijarros en el zapato. Ver y decir el lado malo de cada cosa, que del lado bueno se encarga la oficina de prensa”. Al intelectual crítico, al que se le califica de iluso y desconectado de la realidad, se le cierran muchas puertas.

Por último, estamos todos los demás, los laboratores. Si en la Edad Media el siervo estaba adscrito a la tierra, hoy estamos adscritos a la deuda, el gran instrumento de dominio. También condenados a la precariedad laboral, que nos impide diseñar un proyecto vital. Hoy tengo trabajo, por la tarde me mandan a la puta calle por lo que rompo con mi pareja, mañana una entrevista aunque no se me ocurre preguntar cuánto es el sueldo, al día siguiente retorno a casa de los papas… Tengo que estar a disposición del capitalista, tengo que ser empleable y obediente. En un mercado laboral altamente competitivo, el de al lado está para quitarme el puesto de trabajo, la precarización laboral ha convertido la vida real en un campo minado, donde todos somos rivales a muerte por lo que la solidaridad no existe, y por ello Deleuze y Guattari afirman “hay fascismo cuando una máquina de matar se instala en cada nicho”; además tengo que saber idiomas, dominar las TIC, disponer de habilidades comunicativas, flexibilidad para viajar, motivación, creatividad, iniciativa, excelencia, innovación, trabajo en equipo, etc. Y si a pesar de estos dones no consigo un puesto de trabajo, puedo hacerme emprendedor, otro dogma de la teología neoliberal. El emprendedor disfruta del aplauso social. Todos los programas políticos para sacarnos de la crisis se basan en la protección, que luego es falsa, de estos santos varones. Tenemos que ser emprendedores. Es el bálsamo de Fierabrás para todos los males que nos acucian. Es claro que el espíritu emprendedor y la iniciativa es necesaria. Pero para emprender se necesita formación, estímulos, entornos institucionales y una cultura que dé sentido a estas actitudes, aspectos que no se citan. Tantos elogios del emprendedor y de la reinvención no son en absoluto inocentes. Y mucho menos si nos fijamos en su procedencia. Tras este bombardeo mediático del emprendedor se esconde una  perversa y malintencionada operación ideológica, del más estricto neoliberalismo, para convertir las desigualdades sociales en culpas personales. Lo expresa muy claro Boaventura de Sousa Santos en la Segunda Carta a las Izquierdas “Los neoliberales pretenden desorganizar el Estado democrático a través de la inculcación en la opinión pública de la supuesta necesidad de varias transiciones de la responsabilidad colectiva a la responsabilidad individual. Las expectativas de vida de los ciudadanos se derivan de lo que ellos hacen por sí mismos y no de aquello que la sociedad puede hacer por ellos. Tiene éxito en la vida quien toma buenas decisiones o tiene suerte y fracasa quien toma malas decisiones o tiene poca suerte”. De ahí, sin darnos cuenta vamos aceptando la definición de parado: el que no tiene espíritu emprendedor.

Sin negar la importancia de los emprendedores, para que un país funcione se necesitan también gente normal. Aquí no todos vamos a ser Amancio Ortega. Se necesitan agricultores, empleados, médicos, profesores. Opciones elegidas por un importante porcentaje de ciudadanos, cuya aspiración no es el ser emprendedor, pero si proporcionar un servicio con responsabilidad, profesionalidad, esfuerzo, dedicación y vocación a la ciudadanía desde una residencia, un hospital, o un colegio públicos.

Por otra parte, el mito del emprendedor encubre una gran trampa: el emprendedor del que se habla siempre es del de éxito. Muchos se quedan por el camino. Lo que de verdad está en juego es el intento de que el éxito sustituya a la justicia o al bien común como proyecto en esta sociedad.

Cándido Marquesán Millán

 

 

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